China pretende disputar a EE.UU. el liderazgo de la democracia

La lucha entre Estados Unidos y China por la nueva hegemonía política mundial se libra también en el terreno de la democracia. Pero sus gobernantes no entienden ni practican este sistema político de la misma manera.

Esta batalla política entre las dos superpotencias se ha intensificado con la realización esta semana de la II Cumbre de la Democracia, coauspiciada y convocada por EE.UU., Costa Rica, Zambia, Corea del Sur y Países Bajos (Holanda). Mientras que en la semana anterior fue escenificada una supuesta “cumbre de la democracia” convocada y manejada por China.  

En estos días, miércoles 29 y jueves 30 de enero, líderes gubernamentales democráticos de 120 países han participado en la segunda edición de la Cumbre de la Democracia, la misma cantidad más o menos que participó en la primera, que se realizó en diciembre de 2021 auspiciada solo por EE.UU.

 Por su parte, el régimen comunista de China —que desafía a EE. UU. en todos los terrenos posibles—, se adelantó a celebrar la semana pasada su propia “cumbre por la democracia”, con la participación de líderes comunistas, socialistas extremistas y nacionalistas radicales de más o menos cien países.

La democracia, como un sistema de gobierno en el cual la soberanía nacional reside en el pueblo y es ejercida por los ciudadanos de manera directa o por medio de representantes escogidos en elecciones libres y competitivas, se conoce desde los tiempos de la antigua Grecia donde fue instituida originalmente.

Al pasar el tiempo la democracia se enriqueció con la incorporación de la institución Estado de derecho —que significa ante todo sometimiento a la ley de los gobernantes y los gobernados— y más adelante con el componente de la justicia social, que dio sentido al moderno Estado social de derecho. Dicho todo esto de manera sucinta.

 Los comunistas que tomaron el poder en Rusia en 1917 y después en diversos países de Asia y Europa, y en Cuba en América Latina, manipularon el concepto de la democracia añadiéndole epítetos incongruentes con el propósito de  convencer que sus regímenes totalitarios también eran democráticos. Para eso crearon conceptos como “democracia de nuevo tipo”, “democracia revolucionaria”, “democracia popular”, “democracia socialista”, y hasta “democracia ciudadana” como hiciera Rafael Correa en Ecuador.

En algunos casos llegaron al extremo absurdo de que el caudillo o líder revolucionario fue erigido como encarnación y representación suprema de la soberanía popular. Un  despropósito que más parece una versión actualizada de la regla “el Estado soy yo”, de Luis XIV, el monarca francés de la segunda mitad del siglo 17 y primera parte del 18 que reinó en forma absolutista 72 años y 110 días.

En la “cumbre” de la semana pasada  en China se planteó que la democracia en su versión occidental es una manipulación de EE.UU. para dominar el mundo, y que cada país debe seguir su propio modelo de sistema democrático. Al respecto el ideólogo del Partido Comunista de China, Li Shulei, aseguró que “la democracia es un valor humano compartido, un objetivo universal perseguido por todos los países que buscan la modernización. La de China —aseguró— ha ido desarrollándose sobre la base de nuestras particularidades nacionales, después de que fracasaran los intentos de aplicar varios modelos occidentales de democracia desde 1840”.

En realidad, la democracia que funciona en América del Norte, Europa Occidental, partes de Asia, de África y de América Latina, así como en Australia y Nueva Zelanda, en Oceanía, tiene muchos defectos que deben ser corregidos.

Pero esa democracia es el sistema de gobierno que mejor garantiza los derechos individuales, el respeto a los derechos humanos, la libertad de expresión y de prensa, la libre organización política y social, las elecciones libres y competitivas, el cambio pacífico de gobierno y tantas otras virtudes que no existen en la falsa “democracia” de China, Rusia y los países que los siguen e imitan sus regímenes autocráticos.

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