La primera universidad erigida por los españoles en el Nuevo Mundo fue la de Santo Domingo, en la Isla Española (28 de octubre de 1538). La última fue la de León de Nicaragua, creada por decreto de las Cortes de Cádiz del 10 de enero de 1812. Entre ambas fechas sumaron 32 las fundaciones universitarias, si bien algunas, como la de la Plata o Charcas (Bolivia); la de Mérida (Yucatán, México) y la de Buenos Aires (Argentina) solo existieron de Jure, pues no llegaron a funcionar plenamente antes de la conclusión del período colonial.
La mayoría de las universidades coloniales fueron a la vez pontificias y reales. Las creadas por las órdenes religiosas, autorizadas por el papa para otorgar grados, gozaron de este carácter en virtud del privilegio general conferido a la orden. En muchos casos, la bula pontificia precedió a la real cédula, especialmente en el caso de universidades fundadas por iniciativa de las órdenes religiosas. En otros, la Corona tomó la precedencia, naciendo así las universidades de carácter real, siendo después que adquirieron los privilegios pontificios. Tal sucedió con las universidades de San Marcos de Lima y México (1551), San Carlos de Guatemala (1676), San Cristóbal de Huamanga y Caracas.
Una universidad, la de León de Nicaragua, fue autorizada por las Cortes de Cádiz, aunque la Corona la confirmó, después de la restauración, por real cédula Pertenecen al siglo XVI las universidades de Santo Domingo (1538), Lima (1551); México (1551); La Plata o Charcas (1552); Santiago de La Paz.
El acceso a la universidad colonial
Las reales cédulas de erección expresaban el propósito de ofrecer la enseñanza universitaria a todos los habitantes de los Nuevos Reinos Sin embargo, la realidad fue bastante distinta y, en definitiva, las aulas de la universidad colonial estuvieron reservadas, salvo escasas excepciones, a los hijos de los peninsulares y criollos También fueron admitidos los hijos de los caciques e indios principales, que de alguna manera formaban parte de la clase dominante de la sociedad colonial, para quienes también fundaron colegios especiales. Creada, como vimos, dentro del contexto de la política cultural trazada por la Corona, la misión de la universidad colonial fue servir los intereses de esta, de la Iglesia y de las clases altas de la sociedad, a la vez que reforzar los lazos de dependencia a la metrópoli.
Si bien indios y mestizos tuvieron algún acceso a los niveles inferiores de enseñanza, y varios lograron culminar estudios, principalmente eclesiásticos, esta posibilidad no se daba para el indio del común ni para los otros componentes de las clases bajas de la sociedad. Las constituciones generalmente excluían, en forma expresa, a los negros, chinos, morenos, mulatos y los que tuvieran padres o abuelos que hubiesen sido penitenciados por la Inquisición. Todavía en 1775 era necesario presentar certificado de pureza racial para entrar a los colegios y para poder graduarse en las universidades. Los hijos ilegítimos, aun blancos, tampoco eran admitidos.
Para los criollos la situación era distinta. El criollo formaba parte del sector «español» de la sociedad. En consecuencia, disfrutaba del complejo cultural trasplantado a las nuevas ciudades por los primeros pobladores. «España no le dio su cultura a los criollos; ellos poseyeron la cultura española en todo momento, porque la recibieron de los conquistadores y la conservaron con base en el poder económico que también heredaron de aquellos primeros españoles llegados a la colonia. Los primeros criollos eran españoles por raza y por cultura, y su conducta de clase es un ejemplo notable de cómo esos dos factores, aun hallándose juntos, no compactan a los hombres si los intereses económicos no les son también comunes». Las contradicciones con la monarquía, en el campo económico, fueron las que, posteriormente, definieron a los criollos como clase distinta.
La universidad colonial fue una institución aristocrática y señorial: para ingresar en ella era menester probar la «legitimidad y pureza de sangre»; para graduarse era preciso presentar una información de vita et moribus y cumplir un ceremonial tan pomposo como caro. De ahí que, salvo excepciones, «ser rico e hidalgo eran condiciones necesarias para vestir capelo y usar borla»… El grado de doctor «antes que un título científico, era un blasón nobiliario que venía a aumentar la lustre de la persona que lo tenía, que por necesidad debía ser de ilustre prosapia».
Otra forma de controlar y limitar el acceso a la universidad surgió cuando se exigió, como requisito de ingreso a la universidad, la necesidad de cursar de previo los estudios del «Collegium», en el momento en que los antiguos estudios propedéuticos de la Facultad de Artes (el trivium) se separan de la universidad y pasan a impartirse en los colegios, antecesores de nuestra actual enseñanza secundaria. Pronto los jesuitas lograron el dominio de este nivel de enseñanza, con lo cual quedó en sus manos el acceso a la universidad colonial. Naturalmente, quienes acudían a los colegios eran los hijos de las clases dominantes, acentuándose así el carácter clasista de la universidad.
Al examinar la interacción social de la Universidad de México durante el virreinato, Lucio Mendieta y Núñez señala que esta influyó de diversas maneras sobre las distintas clases sociales: “Así, el contingente de civiles de la clase acomodada que respondió al llamado de la Universidad de México fue siempre reducido. Mayor fue el contingente juvenil de la clase media compuesta de clérigos españoles, criollos y mestizos, y por uno que otro indio favorecido por circunstancias especiales. En general, la gran masa indígena, heterogénea, desvalida y miserable, quedó al margen de la alta cultura».
En esta forma, y sin perder por ello su esencia aristocrática, la universidad colonial favoreció en algo la movilidad vertical de individuos de talento provenientes del sector medio, económicamente acomodados. Las posibilidades de obtener el doctorado eran remotas para los que carecían de suficientes recursos, dado el costo del ritual.
Organización de la universidad colonial
La primera universidad fundada en el Nuevo Mundo, la de Santo Tomás de Aquino, en Santo Domingo, se inspiró en la Universidad de Alcalá, cuyos estatutos adoptó, aun cuando la bula que autorizó la erección, la In Apostulatus culmine de Paulo III (28 de Octubre de 1538), le reconoció los mismos privilegios de Alcalá y Salamanca. Esta universidad respondió más al modelo de «convento-universidad» que antes he mencionado. El modelo del studium generale, propio de las escuelas reales y de la Universidad de Salamanca, cristalizó en La Española en la otra universidad del siglo XVI, la de Santiago de La Paz, fundada en 1558 sobre la base del colegio Gorjón, extinguida en 1767, y que estuvo dirigida por los jesuitas.
Aunque en lo medular la estructura de Alcalá difería poco de la de Salamanca, sus distintos esquemas o concepciones se avenían mejor a los propósitos de las órdenes religiosas o de la Corona, según vimos antes. De ahí que las «universidades imperiales» siguieron la tradición salamantina, cuyo modelo adoptaron fielmente. Tal fue el caso de las dos más importantes universidades coloniales creadas por iniciativa real: las de Lima y México. La Universidad de Santo Domingo, por su misma situación insular, quedó un poco en la periferia de la vida colonial del Nuevo Mundo y su proyección a otras regiones fue escasa, salvo la zona del Caribe Hanns-Albert Steger, en la obra que hemos mencionado, dedica una sección especial a esta Universidad describiendo su organización, régimen académico, naturaleza de los estudios y ceremonias de graduación, considerándola como un ejemplo de universidad latinoamericana del último período la escolástica, a la luz de los estatutos redactados en 1751.
Las dos fundaciones universitarias más importantes del período colonial fueron las de Lima y México, ambas del año 1551. Fueron creadas por iniciativa de la Corona y tuvieron el carácter de universidades mayores, reales y pontificias. Su influencia en las restantes universidades del Nuevo Mundo fue decisiva. Sus constituciones y estatutos, inspirados en la tradición salamantina hasta en los menores detalles, fueron adoptados o copiados por muchas otras universidades del continente. En su trayectoria evolucionaron hasta constituirse en «Universidades del Virreinato», y son las precursoras de las «universidades nacionales» de América Latina Santo Domingo, en cambio, puede considerarse como el antecedente de las universidades católicas o privadas.
El autor es educador, académico, escritor, exrector universitario y exministro de Educación.