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Máximo Cáceres en los años noventa, cuando fundó el Museo de la Revolución Salvadoreña. CORTESÍA

El guerrillero nicaragüense que fundó un museo en El Salvador

Una promesa que se hizo a sí mismo llevó a Máximo Cáceres a combatir con los guerrilleros del FMLN en El Salvador, después de luchar con los sandinistas en Nicaragua. En tiempos de paz, fundó un museo para preservar la memoria de los ochenta.

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Un día de julio de 1979, en el barrio Don Bosco de Managua, una tanqueta de la Guardia Nacional de Somoza tiene acorralados a tres jóvenes guerrilleros junto con el jefe de su unidad. Están refugiados en una trinchera, pero no tienen escapatoria.

“Si salimos vivos de acá, nos vamos para El Salvador”, bromeó uno de ellos mientras miraba a William Pascacio, el jefe de la unidad de nacionalidad salvadoreña. Así lo recuerda Máximo Rolando Cáceres, quien más que broma, tomó aquello como una promesa.

De repente, los cuatro se dieron cuenta que las balas de los Guardias ya no eran para ellos, si no para otro grupo de guerrilleros que llegó a atacarlos para ayudar a sus compañeros.

Días después, el 19 de ese mes, llegó el ansiado triunfo. Los cuatro guerrilleros sobrevivieron y llegaron con fusil alzado a celebrar la victoria en la Plaza de la Revolución. Habían liberado a Nicaragua, decían, y estaban dispuestos a cumplir con su promesa: ir a liberar El Salvador.

El 14 de febrero de 1980, Máximo Cáceres emprendió el viaje hacia El Salvador para integrarse al Frente Farabundo Martí por la Liberación Nacional (FMLN). Allá lo esperaban Fran y Rodolfo, los otros dos nicaragüenses que también hicieron la promesa y se fueron en diciembre de 1979. Pascacio fue el último en llegar.

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Su familia no se sorprendió por la noticia de su ida a El Salvador porque ya les había comentado sobre su disposición. La noche que partió, estaba en la puerta con una maleta en mano y su padre le preguntó:

–¿Para dónde vas?

–Usted ya sabe – respondió

–Cuidáte mucho

Lo último que vio antes de subirse al carro que lo llevaría hasta la frontera con Honduras, fue a su familia despidiéndose con la mano y solamente regresó a Managua 12 años más tarde, cuando la guerra en El Salvador había terminado.

El exguerrillero Máximo Cáceres en la actualidad. CORTESÍA

El “Chocho”

El triunfo de la Revolución Sandinista el 19 de julio de 1979 marcó un antecedente para la guerrilla salvadoreña. “Si Nicaragua venció, El Salvador vencerá y Guatemala seguirá”, era una de las consignas en aquellos años para las guerrillas de izquierda que enfrentaban a las dictaduras que azotaban la región.

Cuando llegó a El Salvador, Cáceres fue ubicado por el FMLN en el sector rural, le asignaron el seudónimo de “Mario”, y recién llegado, supo del asesinato de Monseñor Óscar Arnulfo Romero.

El hombre recuerda que se sintió acogido desde el inicio por los campesinos salvadoreños, además del agradecimiento que sentían por el rol de entrenador que estaba desempeñando debido a su experiencia en la guerrilla de Nicaragua. Sin embargo, también tuvo que soportar los celos de algunos lugareños que expresaban su rechazo por el hecho de que un extranjero estuviera entre ellos.

Pero él no era el único nica en la guerrilla salvadoreña. Cuenta que conoció a varios compatriotas que también combatieron con el Frente Sandinista, algunos de ellos querían conseguir el control de El Salvador a través de las armas, otros desertaron y regresaron a Nicaragua, y algunos murieron en combate.

“¡Chocho!”, exclamaba Máximo Cáceres cada vez que se asombraba de algo en El Salvador. Era una expresión demasiado nica como para que los salvadoreños la entendieran, de manera que sus compañeros de la guerrilla lo apodaron “Mario Chocho”. Hoy, a sus 63 años, lo sigue utilizando.

Cuando acabó la guerra en El Salvador, en 1992, tras la firma de Acuerdos de Paz, él se dio cuenta que la situación política en Nicaragua era distinta. Él había salido hacia El Salvador con una victoria encima y doce años después, la Revolución había derrotada en elecciones, de manera que regresó a su país solamente a visitar a su familia, pero él sentía que su vida ya no estaba más en esta tierra.

Guerrilleros del FMLN en la casa donde hoy se ubica el museo que dirige Cáceres en El Salvador. CORTESÍA

Después de la guerra

Tras la firma de los Acuerdos de Paz, el 16 de enero de 1992, Cáceres estaba sentado en una casa de campaña junto a un excapitán del Ejercito de El Salvador, que había desertado en 1981 para integrarse a la guerrilla. La plática iba en torno a qué hacer ahora que se había acabado la guerra y cómo mantener viva la memoria de los muertos.

Cáceres recuerda que tenía la idea vaga de lo que era un museo, pero jamás había visitado uno. Con la idea que tenían, hablaron con otros excombatientes y casi todos coincidieron en que debían fundar uno.

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Los hombres le plantearon la idea a la División Política de las Organización de las Naciones Unidas (ONU), la cual solo les puso una condición: la inauguración tenía que realizarse antes del 15 de diciembre de 1992, de manera que solo tenían un par de meses para poder materializar la idea y abrir el museo al público.

Naciones Unidas ayudó al acopio del armamento que forma parte del museo, luego que pasaran por la fase de inutilización, y a pesar de tener el tiempo encima, pudieron cumplir. El museo está ubicado en Perquín, Morazán, y la casa donde está fue el centro de combate del FMLN en esa región.

Restos de un helicóptero que fue derribado por el FMLN en la zona y que se encuentra en el museo. CORTESÍA

El lugar fue fundado con el nombre de “Museo de la Revolución Salvadoreña: Homenaje a los Héroes y Mártires. Testimonio Vivo de la Memoria Colectiva”. Con el tiempo, los demás miembros fundadores del museo se fueron retirando.

“Muchas de las personas que iniciaron en el comité del museo tenían que rehacer sus vidas. Buscar a sus familias y la conexión social, poco a poco se fueron desprendiendo hasta que en 1993 solo éramos cuatro y por último solo yo me quedé”, relata Cáceres.

Actualmente, este lugar forma parte de la red de Museos de América Latina. Cáceres se ha vinculado con otros grupos de excombatientes para la realización de proyectos puntuales, pero siempre respetando la decisión que el museo no tenga ninguna relación con la política partidaria.

“Contamos nuestra parte de la historia. Aquí vino un integrante de la Fuerza Aérea de El Salvador a conocer el museo, estuvimos platicando muy duramente y organizamos una charla para un colegio donde los dos contamos nuestra visión de la historia”, comenta.

El museo

El museo está dividido en cinco diferentes piezas: la vida en los campamentos, la solidaridad internacional, armas convencionales, acuerdos de paz, y la Radio Venceremos.

La sala de la solidaridad internacional, como su nombre lo indica, está destinada a darle el agradecimiento a todos los gobiernos y países del mundo que durante la época armada extendieron su apoyo a la guerrilla.

Cuenta con recortes de periódicos, afiches y pósteres de la época que fueron vendidos en los diferentes países y el dinero recolectado era administrado por el FMLN, que era utilizado para la compra de medicinas, alimentación, avituallamiento, armas y municiones.

Parte del armamento que se conserva en el museo. CORTESÍA

La vida en los campamentos guerrilleros incluye una presentación de los medicamentos de la época acompañadas con retratos de cómo era practicada la medicina en condiciones no aptas. Se detalla los entrenamientos que recibían los combatientes, cómo era la siembra y la cosecha para la subsistencia, la alfabetización de la población, el deporte y el ocio.

En estas salas, también se conservan los primeros modelos de armas que llegaron desde Nicaragua. Carabinas, el FAL y AK47.

En la pieza dedicada a recordar las armas convencionales y los Acuerdos de Paz, se detalla la manera en que fueron conseguidas, los modelos que utilizaron y las armas artesanales que eran fabricadas por el pueblo. La sala recopila la memoria fotográfica de las capacitaciones para integración el ejército salvadoreño y la fundación de la nueva Policía Nacional Civil de El Salvador.

El museo es visitado por estudiantes, turistas e historiadores. CORTESÍA

Además, incluye los restos de cinco helicópteros, que fueron derribados en operativos claves para el fin del enfrentamiento armado del país. Una de las piezas fue recuperada en el ataque conocido como “El caballo de troya”, donde la guerrilla hizo creer que la radio del FMLN había cedido. Asimismo, esta sección incluye los dos carros blindados que fueron utilizados por excombatientes para la operación.

La última sala es donde se conservan los restos originales de Radio Venceremos y otros equipos de comunicación utilizados en la época. Los radios fueron extraídos de barcos viejos y posteriormente modificados para que funcionaran como transmisores. Luego de la firma de los acuerdos se transmitió desde la locación donde se encuentra el museo.

También se conserva la tumba del guerrillero Rodrigo Cifuentes Carmona “José Luis, El Chileno”, jefe de las Fuerzas Especiales. Aunque los restos quisieron ser enviados a su natal Chile, la madre decidió en 2010 que tenía que descansar en el Museo de la Revolución para que represente a los extranjeros que entregaron su vida por la libertad del pueblo salvadoreño.

El recorrido finaliza con el cráter de una bomba de quinientas libras que cayó durante el bombardeo a Perquín por primera vez el 17 de agosto de 1981. La dimensión es de siete metros de profundidad por siete de ancho, y el radio fue 500 metros. A la par, se expone un ejemplar de esta bomba desactivada.

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COMENTARIOS

  1. Hace 11 meses

    Pobre iluso e ingenuo usado como carne de cañón por Cuba, Venezuela y Costa Rica en esa época. Le lavaron completamente el cerebro. Me pregunto que dira actualmente al observar al Frente Sandinista ladrón y criminal liderado por Ortega y Murillo. ¿Se va a levantar en armas contra este despotismo y tiranía que existe actualmente en Nicaragua?

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