Las migraciones y el asilo a refugiados

Cuando los pueblos migran, los gobiernos sobran. 

José Martí, el Apóstol de Cuba.

Desde que el hombre puso plantas sobre el planeta ha estado en proceso de movimiento y cambio. La naturaleza toda es precisamente movimiento y cambio, y el hombre es parte de la naturaleza, como lo es un meteorito, una ameba o un reptil. Las fuerzas que empujan al hombre a tomar el camino son múltiples. Muchas veces dependen de las condiciones ambientales y sociales, otras por la demografía, las conmociones telúricas, las pandemias, la hambruna, la política y las guerras. Esas calamidades, a como son ocasionadas por la fuerza de la naturaleza, también son obra deliberada del hombre, como el más brutal depredador sin conciencia ni precaución ante los daños y perjuicios del medio ambiente.

En este punto hay que distinguir entre migración y refugio, pues estos dos conceptos tienen una connotación diferente, aunque a veces se usan indistintamente: migrante es aquel que cambia de lugar de manera natural y voluntaria, como es el caso no solo de los pueblos nómadas, sino también de aquellos grupos que buscan nuevos horizontes o aventuras, descubrimientos y conquistas. En cambio, refugiado es aquel que huye de manera no-natural y forzada de su lugar de origen por razones específicas, sea por la represión de regímenes dictatoriales, sea por el temor a perder la vida y la de los suyos de manos del crimen organizado, sea por desastres o epidemias, rupturas sociales y resquebrajamiento económico, o una combinación de todos estos factores.

Las sociedades desarrolladas, regidas por normas y leyes, han estado siendo copadas por multitudes de seres humanos desesperados que huyen en busca de refugio o asilo, puesto que en sus países de origen no encuentran seguridad para sus vidas o para trabajar con posibilidades de progreso. El fenómeno migratorio se complica cuando la irrupción imprevista o desordenada trasgrede la ley por más que las Naciones Unidas obliga a los Estados miembros a respetar el derecho de asilo.

En estos tiempos el miedo al extraño por la mezcolanza de razas, etnias y culturas, obnubila la visión humana del ciudadano por falta de información y pensamiento crítico que políticos inescrupulosos, oportunistas e inmorales aprovechan para derrochar los dineros públicos, corrupción de por medio, en muros y vallas y difusión de noticias falsas, en un intento de detener las olas migrantes. En contrario, no hacen el mejor esfuerzo para hacer que las leyes se adapten al nuevo escenario, impulsar la inversión en planes de adaptación y educación de los recién llegados, encauzar sus habilidades hacia actividades de enseñanza y obras productivas, creadoras de empleo y desarrollo humano. Esta es una manera para que cada país acoja a una migración ordenada y legal, lo cual evita además la explotación criminal de las bandas de traficantes de personas que conducen a la prostitución y la esclavitud, toda vez que el sujeto ilegal, que no existe legalmente, forma parte de una economía gris o sumergida que facilita de explotación sin penalización y nadie asume responsabilidad alguna.

Los primeros grandes poderes del mundo surgieron de la migración cuando aún no existían leyes, fronteras, opresión ni represión que rechazara o eliminara al peregrino. Las murallas y fortalezas eran para entonces solo una defensa contra ejércitos enemigos invasores. La cristiandad, desde sus inicios, instauró el derecho de asilo al interior de sus iglesias y conventos, como una forma de protección en beneficio de los más vulnerables por causas injustas, además de ayudar a los menesterosos. La Iglesia y varias organizaciones benéficas defendieron el derecho de refugio del extranjero, inspiradas en la solidaridad contenida en el relato del “buen samaritano”. El asilo es una obligación y un derecho humano, una regla moral que hoy pocos quieren entender o aplicar.

Desafortunadamente en América Latina, por un lado, la mayoría de su población urbana y especialmente la rural es frágil en muchos sentidos: educación, salubridad, trabajo, organización, etc., en razón de que subsiste el pensamiento mágico en nuestros pueblos, en lugar del pensamiento crítico que levante su conciencia y reclame sus derechos: a la tierra, la vivienda y las oportunidades. La otra cara de la moneda la constituyen la oligarquía, los militares y los mercenarios de la política que viven espléndidamente en estos países subdesarrollados, desperdician los recursos del estado, negocian con la vida de la gente más necesitada, criminalizan al que se opone y obligan al éxodo, alejando así la posibilidad de forjar una democracia con prosperidad para todos y retener a nuestro recurso más valioso: los migrantes o refugiados.

Los prejuicios sociales, raciales y religiosos han llegado a tal grado de intolerancia que, como un virus, infectaron y propagaron por el mundo sentimientos de odio, rechazo, hostilidad, marginación y asesinatos en masa por ser, como trashumante, gente diferente por su color, por su raza, incluyendo al raro, al foráneo, al no creyente. Mientras no se encuentre una solución al desafío migratorio por una autoridad supra nacional, los países con gobiernos militaristas, despóticos, corruptos y en permanente opresión para sostenerse en el poder, sin que les importe el bienestar de sus habitantes, antes bien continuarán expulsándolos, sin tregua ni remordimientos, solo porque el que huye no tiene nada para exprimirle. Aun así, los migrantes son fuente de recursos monetarios por medio de las remesas que benefician a sus familiares, cierto, pero también a los gobiernos, participando de un porcentaje relevante del producto interno bruto, razón inequívoca para que los migrantes, en retribución, accedan al voto en las elecciones generales de sus respectivos países.

Ya es tiempo que, en este siglo XXI, se afiance la ética, la libertad, el diálogo, la paz, la solidaridad en democracia y que, por el contrario, se proscriba la ignorancia, el racismo, el terrorismo, la intolerancia, el caudillismo, las dictaduras, el populismo, la xenofobia, la corrupción, la hipocresía y la doble moral en la política. Esto como condición para dejar paso a gobiernos democráticos a cargo de estadistas ilustrados que dirijan al país en función de sus proyectos de crecimiento y desarrollo, en donde el ciudadano aprenda a respetar y a ser respetado, y que perciba que todos tienen oportunidades en igualdad, conforme a la constitución y las leyes. La gente que tiene trabajo y seguridad pública en su propio país no querrá abandonarlo por el sacrificio que significa renunciar a su familia, su entorno, sus hábitos, dejando un vacío entre sus más allegados difícil de llenar, exponiéndose además a los riesgos de la travesía. Es otra cruel manera de desangrar a una nación. 

 Toda vez que la función de la política es la búsqueda del bienestar común, los gobernantes deben estar persuadidos de la importancia de respetar los derechos humanos y procurar todos los medios disponibles para evitar la fuga de cerebros, por ser el recurso más valioso para que un país, Nicaragua, por ejemplo, rompa los moldes asfixiantes y abandone el denigrante lugar como el más pobre del continente, y emprenda el ansiado despegue a la prosperidad, sin obviar que su soberanía es ciertamente relativa, no es absoluta, ya que no somos autónomos y más bien somos un país dependiente. La realidad no se oculta con un dedo.

Acostumbrados los países del primer mundo a explotar los recursos ajenos y mantener sometidos a los pueblos, contando con un sector empresarial acomodado, indiferente e ineficiente, y la colaboración expresa de los militares y los políticos demagogos, de izquierda o de derecha, es de suponer como muy difícil que los cambios estructurales puedan modificarse sin violencia. 

Resulta que, si no se dan las transformaciones necesarias, aumentarán las conmociones civiles y las oleadas de migrantes, dejando socavones en el camino por la brutalidad de los traficantes de personas y la indiferencia de los gobiernos por donde transitan los migrantes. De ahí se desprende que lo urgente es establecer un nuevo orden mundial en el que los millonarios paguen más impuestos y el gasto en armamentos se reduzca drásticamente. El uso benéfico y compartido, no el abuso, de la ciencia y la tecnología deberá servir para perfeccionar la condición humana, nunca para su envilecimiento y sumisión. Y así declarar un rotundo NO a la guerra, porque es cruel, inmoral y ninguna se justifica. Aunque todos sabemos esto tan sencillo, no existen todavía gobiernos u organismos locales e internacionales que hagan algo relevante de inmediato, ni que resuelvan al menos lo que es obvio, pese a tantos foros y congresos con sus recomendaciones y conclusiones.

Oponerse al extranjero, expulsarlo o devolverlo a casa es una actitud inhumana, odiosa y reaccionaria. No debemos olvidar que en estos tiempos hemos pasado a ser una aldea global y que los movimientos migratorios, pese a todos los sacrificios del caminante, continuarán tal como lo atestigua la historia en los más disímiles escenarios. Son movimientos que nos dan la ocasión para reconocer en “el otro” a un ser humano, y que sirven de catalizador para resaltar en el mundo un nuevo rostro. Es el futuro desafiante pero posible. Hay que dar la bienvenida al cambio, a lo nuevo, a lo positivo, en fin, en este punto, al mestizaje mundial. Nadie ha dicho que será una tarea como la de ir a recoger fresas. Se trata de la fusión de razas, etnias y culturas, no de la supremacía de un grupo sobre los demás.

Por de pronto, observemos, analicemos y hagamos algo en favor de las minorías migrantes en donde se encuentren para ser aceptadas y reconocidas en pie de igualdad, abriendo un nuevo mundo de oportunidades para todos. Hay que perder el miedo a los extraños y más bien pensar que ellos, así como nosotros, constituyen un recurso humano valioso que no debemos desperdiciar. Un recurso que, como muchos en nuestra cultura, no hemos sabido apreciar, educar y formar para hacerlo partícipe, en democracia, de los frutos del trabajo digno y como agente activo del desarrollo humano integral.

El autor es economista.

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