Personas de esperanza

Ante la muerte hay esperanza, Jesús sabe muy bien que ya está cercana su muerte. También sabe Jesús que su muerte va a significar un trauma para sus discípulos.

Por esta razón, antes de que suceda lo peor, quiere darles un mensaje de esperanza: la muerte le va a llegar, pero será transformado, transfigurado, resucitará (Mc.10,34). Lo van a clavar en una cruz; pero necesitan saber que Él es el “Hijo Amado de Dios” (Mt.17,5) y la cruz no va a ser lo último. 

Jesús va a ir como “oveja muda al matadero” (Is.53,7); pero Él es la voz auténtica del Padre a quien es necesario que “escuchen” (Mt.17,5).

La Transfiguración de Jesús en el Tabor solo tiene como telón de fondo el que los discípulos se mantengan firmes en la fe y la esperanza, a pesar de que le vean colgado de una cruz.  La fe es la fuerza más poderosa que opera en la humanidad. Cuando se encuentra en lo más profundo de tu ser, nada puede derrumbarte, nada.

La verdad es que muchas veces la vida es un Tabor: la vida es lucha. La vida conlleva sudores y lágrimas. En la vida tropezamos con muchos ratos difíciles y contradicciones.

La vida se hace muchas veces difícil y penosa. Son muchos los problemas políticos, sociales, económicos, familiares, de salud… que nos amenazan. Es más, la vida es una ininterrumpida e intermitente sucesión de problemas que solo se acaban con la muerte. No todo en la vida es de color de rosa; y, aunque lo sea, siempre tenemos que saber que cada rosa lleva sus espinas.

Por eso, la vida sin esperanza no es vida: una comunidad  con tantos problemas de toda índole sin gente de esperanza está llamado al fracaso, al caos y al desastre. 

Unas familias, con tantos problemas como los nuestros hoy, sin que sus miembros sean gente de esperanza, fácilmente se desintegrarían y morirían. Unos jóvenes con tantos problemas por los que hoy día pasan, si no tienen esperanza, fácilmente tiran la toalla, pierden sus sueños e ilusiones y muere su juventud.

Por eso, ni hoy ni nunca podemos permitirnos el lujo de vivir sin esperanza. No podemos decir, como Pedro: “¡Qué bien que estamos aquí! Hagamos tres tiendas y… ¡a vivir!” (Mt.17,4). 

Tengamos presente que por muy larga que sea la tormenta, el sol siempre vuelve a brillar entre las nubes. Ser cristianos es ser gente de esperanza: Jesús, a pesar de sentirse abandonado hasta de Dios (Mc.15,33) siempre mantuvo la esperanza en su Padre. Por eso, le decía: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc.23,46).  

Abraham fue hombre de esperanza: “Esperó contra toda esperanza” (Rom.4,18). Nosotros, a pesar de todos los problemas que estamos sufriendo, y precisamente por eso, tenemos que ser personas de esperanza: porque sabemos que más allá de la cruz está el Tabor, la resurrección.  (1Tim 1,8-10).

Porque sabemos que la transfiguración, la transformación, la realidad en la que soñamos, solo llega con la fuerza de la esperanza, único motor que nos empuja a seguir luchando. Solo las personas de esperanza son capaces de transfigurar, de transformar los problemas en retos y las cruces en resurrección. 

La vida es dura, se hace muchas veces muy difícil, pero, precisamente por eso, nuestra esperanza ha de ser más fuerte, más perseverante, más confiada. 

El autor es sacerdote católico.

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