No se necesita tener dos dedos de frente para darse cuenta de la crisis profunda por la que está atravesando en estos momentos la dictadura de los Ortega-Murillo. De ahí las incoherencias y las contradicciones que caracterizan a su bifronte gobierno que ya tiene al borde del precipicio a la nación.
Hace algún tiempo, el dictador Ortega dijo que “los mercenarios que habían intentado darle un golpe de Estado se iban a podrir en la cárcel” y hoy gozan de buena salud, respirando felizmente en la gran nación del norte, aires de libertad. Razón tenía entonces el escritor ruso y Premio Nobel de Literatura 1970, Alexsandr Soljenitsin, quien basado en su vasta experiencia de lucha contra una dictadura nos advierte en sus Memorias que “los cazadores saben que el animal herido puede ser peligroso”.
Y lo son. Fíjense ustedes, que después de las atrocidades que han cometido los Ortega-Murillo, con los 222 ciudadanos (as) recién liberados, y con los 35 que aún quedan en prisión, incluyendo a monseñor Rolando Álvarez, arremetió contra otros 94 distinguidos compatriotas con la trillada acusación de que son “traidores a la patria”, como si la patria fueran el dictador y su familia y no el sentimiento de amor que todos debemos de tener por la tierra que nos vio nacer.
El Héroe Nacional y Mártir de las Libertades Públicas, doctor Pedro J. Chamorro Cardenal, como ahora su familia, también fue acusado de “traidor a la patria” por otra dictadura muy parecida a la que hoy tenemos, con jueces banales y venales al servicio de los bastardos intereses de la tiranía. Y esto fue lo que escribió en aquella ocasión: “Nada ha cambiado en estos dos años, salvo que la patria está más prisionera que nunca, y los modernos filibusteros que se han apoderado de su cuerpo, la exhiben como en un mercado de prostitución, manoseando su nombre y calumniando de traidores a quienes pretenden defenderla”.
Consecuentemente, nuestro pueblo debe estar claro de que la puesta en libertad de esos 222 compatriotas, que estaban injustamente encarcelados, no se debe a un gesto de buena voluntad de algún personero o personera del gobierno, sino que es el resultado de la tenaz lucha emprendida por los familiares de las víctimas; por las organizaciones y gobiernos democráticos del mundo; por la gran mayoría de nuestra población que en distintas encuestas exigió la libertad de los detenidos; y por los periodistas, que día y noche han estado informando a la comunidad internacional, sobre la tremenda injusticia que se estaba cometiendo con esos compatriotas.
Este trascendental acontecimiento que sorprendió a moros y cristianos nos coloca a los nicaragüenses frente a un nuevo escenario que debe de ser aprovechado indefectiblemente, si queremos convertir en realidad nuestros patrióticos anhelos.
En primer lugar, debe hacerse efectiva la unidad de todo el sector democrático en el exilio. Formar una sola organización que nos represente nacional e internacionalmente a todos los nicaragüenses que propugnamos por vivir en democracia y libertad. Ésta organización pluralista deberá elegir un directorio, mediante el voto secreto de los delegados o representantes (preferiblemente 2 con sus respectivos suplentes) de las organizaciones que forman parte de la unidad.
En segundo lugar, la unidad o como se la llame, deberá elaborar el programa de gobierno que se ejecutará durante la transición hacia la democracia. El pueblo de Nicaragua quiere saber por qué y para qué lucha.
Y en tercer lugar, debe buscar el reconocimiento y posible apoyo de gobiernos y organizaciones democráticas, tanto en la Unión Europea (UE) como en el continente americano.
Hago estas breves sugerencias firmemente convencido de que por la vía cívica, aún es posible derrotar a la dictadura. Debemos quitarnos la idea o la ilusión, de que algún gobierno extranjero, por sí solo, como caído del cielo, va a venir a rescatarnos de la dolorosa situación por la que estamos pasando los nicaragüenses. La oposición democrática unida debe demostrar que no solo está en capacidad de hacer presión para liberar a nuestros presos políticos, sino que también es capaz de liderar al pueblo de Nicaragua, en el arduo y difícil camino que le espera en su transición hacia la democracia.
El autor es periodista y secretario general de la Asociación de Nicaragüenses en el Extranjero (ANE).