Vuelvo a retomar con este artículo la serie sobre el porqué de nuestras recurrentes desgracias políticas (“¿Por qué nos pasa lo que nos pasa?”, ene.16; “¿Por qué estamos como estamos?”, ene. 23; “Familismo amoral”, ene,30; y “¿Cuál es nuestro peor déficit?”, feb.6). Una de las conclusiones es que la maldición de Sísifo, el personaje mitológico que apenas subía una roca a la cima esta volvía a rodar cuesta abajo, y que en Nicaragua se manifiesta en la reaparición de tiranías, tiene gran parte de su origen en un serio déficit de valores positivos y ciudadanos virtuosos.
¿Cómo superarlo? No es fácil. No hay atajos y transformar culturas toma tiempo. Algunos científicos sociales piensan que períodos sostenidos de crecimiento económico aumentan la clase media y facilitan el florecimiento de valores modernos y ciudadanos. Pero esto no elimina el riesgo de nuevos naufragios. Las sociedades necesitan un sustrato cultural y espiritual adecuado. Tres son sus principales pilares: educación, familia y leyes. Comencemos con el primero.
Educación
Al ser humano alguien le debe enseñar, guiar, corregir, enseñarle a respetar al prójimo, ayudarle a diferenciar el bien del mal, etc. La moral o el buen comportamiento son aprendidos, aun cuando todos tenemos una conciencia natural, esta necesita ser educada y orientada pues es susceptible de oscurecerse o pervertirse. Ángeles y demonios luchan por conquistarla soplándole al oído sus mensajes.
No hay educación neutra. Es una falacia la idea moderna de que el educador debe limitarse a que el pupilo descubra “sus valores”. Esto solo invita a recetarse uno mismo los valores que más gustan, aunque sean falsos o perjudiciales. La enseñanza moral no tiene más remedio que tomar partido. Aunque pueda sonar confesional decirlo, la enseñanza en la futura Nicaragua debería estar fundamentada en la ética o valores de la tradición judeocristiana. Aún en la educación pública.
El principio del laicismo, cuyo propósito es que el Estado no imponga inconsultamente una visión particular sobre los alumnos, podría satisfacerse respetando el derecho inalienable de los padres de familia a escoger para sus hijos enfoques alternativos. Para estos el Estado podría ofertar currículos totalmente laicos, e incluso ateos, a la usanza moderna. Estoy seguro que, en Nicaragua, la mayoría de los padres preferirían una educación de inspiración cristiana, en lugar de una arreligiosa o implícitamente atea. Si queremos cambiar Nicaragua el primer paso es cristianizarla.
Esta no es una afirmación producto del sectarismo sino de un examen objetivo de la historia. Fue precisamente el cristianismo quien logró civilizar Europa, humanizar sus costumbres y crear las mejores sociedades del planeta. Desde el punto de vista estrictamente sociológico, no existe influencia cultural más moralizadora y defensora de la dignidad del hombre que la religión cristiana, verdad que desgraciadamente muchos cristianos ignoran. Alguien podría argumentar en contrario; que Nicaragua, a pesar de ser una sociedad tan cristiana es un fracaso en lo social y lo político.
Pero la premisa es equivocada: Nicaragua no es tan cristiana como aparenta. Uno de los observadores más agudos del alma nacional, Pablo Antonio Cuadra, concluía que “el pueblo nicaragüense en su mayoría tiene sentimientos cristianos, pero no moral cristiana”. Esto es más que manifiesto en el predominio del abandono paterno, la acostumbrada mentira y la propensión al robo. Si se escarba detrás de la fachada de las diversas manifestaciones de religiosidad popular, como las procesiones, la Gritería y el culto a los santos, se descubre, además, aunque con excepciones notables, un sustrato de mucha frivolidad y supersticiones; a veces, incluso, un pretexto para el bacanal y el guaro, como las fiestas de Santo Domingo.
Lo más grave es que se viene acentuando un proceso de rápida secularización —antes de inicios de los 60 los bailongos de Semana Santa se suspendían el jueves y el viernes— que quizás afecta más a las élites que al campesinado, y que ha venido privando al país de liderazgos verdaderamente cristianos.
Queda pendiente explorar los medios para recristianizar el país. Confinados al área educativa adelantamos algunos: priorizar la enseñanza de la moral cristiana y las virtudes. Apoyar y subsidiar el trabajo de órdenes religiosas e iglesias cristianas. Dotar de una Biblia a cada hogar. Seguiré.
El autor, expatriado, fue ministro de Educación y es sociólogo e historiador aficionado, (nicaragüense aunque algunos no quieran). Publicó el libro “Buscando la Tierra Prometida; historia de Nicaragua 1492-2019”, disponible en librerías locales y en Amazon.