Puedo construir mi vida, escogiendo a Dios y renunciando a todo lo demás: al pecado, al egoísmo, a los vicios del mundo, o nos preferimos a nosotros mismos hasta negar y rechazar a Dios.
Esta es la enseñanza de las tentaciones de Jesús en el desierto. Jesucristo nuestro Señor, a pesar de ser Dios, no quiso verse libre de las tentaciones porque quiso experimentar en su ser todas las debilidades de nuestra naturaleza humana y poder, así, redimirnos: “Se hizo semejante a nosotros en todo, excepto en el pecado, para poder expiar los pecados del mundo”. (Heb 4,15)
Además, padeciendo la tentación, quiso darnos ejemplo de cómo afrontarlas y vencerlas. Nos consiguió la gracia que necesitábamos y nos marcó las huellas que nosotros debemos seguir para derrotar a Satanás, como Él, cuando se presente en nuestra vida.
Ante todo, el demonio es un hábil oportunista que sabe sacar el mejor partido de las ocasiones peligrosas y de nuestras debilidades.
Después de que nuestro Señor había ayunado cuarenta días y cuarenta noches (Mt 4,1), el demonio lo tienta por el lado débil: “Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan”. (Mt 1,3) Siempre juega con premeditación, alevosía y ventaja.
Y, además, quiere que Jesús use sus poderes divinos para satisfacer sus propias necesidades personales, quiere que cambie e invierta el plan de Dios para poner a Dios a su servicio y comodidad.
Pero nuestro Señor no se deja vencer. Él no dialoga ni un instante con el tentador ni se pone a considerar si esa propuesta es buena o interesante… No. Jesús rompe enseguida, y usa como único argumento la Palabra de Dios: “Está escrito: No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. (Mt 1,4).
La segunda tentación es la vanagloria, la ostentación, la búsqueda de triunfos fáciles y rápidos. El demonio quiere que Jesús use ahora su poder para impresionar y apantallar a toda la gente. Si se tira del pináculo del templo y los ángeles de Dios lo recogen en sus manos, todo el mundo sabrá que de verdad Él es el Hijo de Dios y quedará conquistado en un instante. (Mt 1,5).
Pero Jesús vuelve a ser tajante con el tentador y de nuevo usa como arma la Palabra de Dios: “También está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios”. (Mt 1,7). Está claro que Dios puede hacer lo que quiera, porque es omnipotente, pero Cristo sabe que no debe “obligarle” a actuar de determinada manera haciéndole peticiones inoportunas que no están dentro de su plan de salvación.
La tercera tentación es la ambición del poder, la apostasía, el tratar que Jesús renuncie a la total dependencia de Dios. El demonio lo lleva ahora a una montaña altísima y le muestra todos los reinos del mundo y su esplendor, y le dice: “Todo esto te daré si te postras y me adoras” (Mt 1,9). ¡Esta tentación era mucho más terrible, insolente y descarada que las dos anteriores!
Así es siempre Satanás. Primero se insinúa y provoca con una hábil y sutil estratagema; luego es un poco más atrevido; y después, cuando ve que Jesús ha resistido los primeros intentos, se vuelve tremendamente avasallador y descarado. Ahora pretende que Jesús se postre a sus pies y lo adore. Si algo no podía hacer Jesucristo era precisamente eso: ir en contra de Dios, sucumbir al pecado de idolatría.
Pero nuestro Señor tampoco va a ceder esta vez. Si ahora es más descarado y frontal el ataque del enemigo, Jesús también se vuelve ahora mucho más enérgico y radical con el tentador: “¡Vete, Satanás, porque está escrito: al Señor tu Dios adorarás y a Él solo darás culto!” (Mt 1,10). Nuestro Señor pone por tercera vez el argumento de la palabra de Dios y no se hace sofismas ni fáciles razonamientos para engañar su conciencia. Dios no se equivoca.
El demonio siempre usa la mentira y el engaño para tratar de seducirnos, y desafía nuestro orgullo y amor propio para que nos rebelemos. Las tres veces comienza la tentación con esta provocación: “Si eres hijo de Dios…” y promete unos reinos que no son suyos ni le pertenecen.
Esta es siempre la táctica de Satanás. Fue lo que hizo con nuestros primeros padres en el paraíso. (Gen 2,7-9; 3, 1-7). Y esta es la “psicología” de la tentación y de la caída. Aprendamos muy bien la lección y no permitamos jamás que el demonio nos aparte de Dios. Vigilemos y oremos para no caer en la tentación. (Mt 26,41; Mc 14,18).
No juguemos con el tentador. Seamos tajantes. Y con el arma segura de la palabra de Dios no nos engañaremos y venceremos al enemigo. Permanezcamos al lado de Cristo y aprendamos de Él para ser buenos discípulos suyos.
El autor es sacerdote católico.