Dos sorpresas. Primero, la noticia feliz, inesperada, que arrancó gritos de “¡Bendito sea Dios!”; “gracias virgencita por haber escuchado nuestros ruegos”: el traslado a los Estados Unidos de 222 presos políticos.
No era para menos. Aun cuando el destierro es un castigo infamante e inmerecido, es mucho más llevadero que la existencia en jaulas lúgubres, sin lecturas, lápiz, noticias, ni el calor de seres queridos. Era, para muchos un verdadero milagro por el que miles venían ofreciendo incontables rosarios. Me cuentan de un trío de reos, encerrados en la misma celda, lo que hacían tres veces al día.
Segundo, la noticia dolorosa, igualmente inesperada, que arrancó gritos de indignación: el súbito traslado del obispo Rolando Álvarez a la cárcel común y su condena a 26 años de cárcel, por su decisión heroica de rechazar el exilio. Una de cal y otra de arena. Dos hechos contradictorios que me llevaron a suspender temporalmente mi serie de artículos sobre las causas y remedios de nuestras desgracias políticas.
El primer acontecimiento ha sido esperanzador. Es cierto que decisiones como estas no suelen brotar de la compasión sino del cálculo político. Pero desde cualquier ángulo que se le analice constituye una concesión importante. Los Ortega Murillo pudieran haber prolongado a sus enemigos el martirio del calabozo. Pagaban un costo político por ello, pero no parecía importarles. Si ahora los han liberado es porque concluyeron que les convenía. Tanto que tuvieron que arriesgar el malestar de sus militantes que, embebidos del lenguaje de odio estaban convencidos de que los presos merecían cadena perpetua y que ahora, al verlos desembarcar en Estados Unidos, la meca que anhelan millones, podían sentir que salían premiados.
No debe extrañar, por tanto, que los Ortega se hayan apresurado en declarar traidores y apátridas a los desterrados. Pero el resultado neto es que decidieron cambiar las penas absurdas de diez o más años de cárcel por el exilio. “Gesto positivo”, dijo el secretario de estado norteamericano Blinken, y junto con él muchos otros diplomáticos. Pues ha sido una decisión aplaudida, favorable al gobierno, y capaz de generar esperanzas de apertura.
El segundo acontecimiento, el de monseñor Álvarez, ha sido de signo contrario. Uno donde la acción del gobierno no fue una decisión meditada, producto del cálculo político, sino una reacción hija del enojo, intempestiva y vengativa. Contraproducente, además, pues la ganancia política, cosechada con la liberación de los reos, se ve ahora empañada por algo que vuelve a dar al gobierno un cariz irracional, despótico y cruel.
¿Mata lo anterior toda esperanza? No, aunque la disminuye, pero con la posibilidad de restituirla aumentada si el gobierno rectifica. La apuntala el hecho que antes ya se había dado algunos buenos pasos: ampliar las visitas a los reos y permitir procesiones multitudinarias antes prohibidas. No es que la pareja haya renunciado a permanecer indefinidamente en el poder, pero puede ser que esté siendo más inteligente; que esté sopesando la conveniencia de conservarlo a través de formas menos extremas. Pues si bien es cierto que ellos podrían prolongar su dominio como déspotas, no lo es menos que esto expondría a sus hijos y nietos, y a su propia burocracia, a una existencia más cerrada, aislada, y hasta peligrosa. La dureza y la represión cultivan los odios y estos sugieren planes siniestros.
Ojalá los Ortegas no empañen la esperanza que se venía gestando; que prefieran cultivar la aprobación y la buena voluntad en lugar de multiplicar enemigos y resentimientos. Ojalá den más bien otro gran paso adelante mostrando clemencia (y justicia) hacia el heroico e inmolado obispo Rolando Álvarez.
Devolverlo a su parroquia no sería un acto de debilidad sino la muestra de un gobierno suficientemente seguro de si como para permitir que le reclamen desde algunos púlpitos. Solo los gobernantes cobardes tiemblan ante cualquier voz disidente. La tolerancia es señal de fortaleza. Igual: mantener la esperanza es señal de fe en Dios.
El autor fue ministro de Educación y es sociólogo e historiador aficionado. Publicó el libro “Buscando la Tierra Prometida; historia de Nicaragua 1492-2019, disponible en librerías locales y en Amazon.