¿Por qué estamos como estamos?

La pregunta se la hizo el genial Chale Mántica (q.e.p.d.) creando, al contestarla, una frase ya célebre: “Estamos como estamos porque somos como somos”. La expresión encierra una verdad profunda: la situación política, social, humana, que padecemos, está íntimamente relacionada con la forma en que nos comportamos. En esta línea abordaba el lunes pasado (¿Por qué nos pasa lo que nos pasa?) el tema de los factores culturales que contribuyen a producir los males que lamentamos. Mencioné entonces el extremismo, enemigo de la búsqueda de salidas intermedias, y la emotividad excesiva, enemiga del análisis racional.

Hoy abordo otros síndromes más:

La cultura de la impunidad

Podría titularse también como la tolerancia o falta de indignación ante los delitos.

Alrededor de 1868 visitó Nicaragua un destacado geógrafo francés, Pablo Levy, quien en 1871 publicó un libro extraordinario: Notas Geográficas y Económicas sobre la República de Nicaragua. (Puede ser leído en la biblioteca virtual legada por don Enrique Bolaños). En él se encuentran observaciones sorprendentemente actuales:

“Lo que hace que ciertas faltas contra el honor comercial, contra la lealtad en los pleitos, se cometan demasiado frecuentemente, es la indulgencia inmensa e increíble que se tiene para esas mismas faltas. La opinión pública habla un momento y aún critica; pero olvida pronto, y por cierto no estigmatiza. Se ve en Nicaragua circular en todas las calles, y ser recibidos en todas las familias, individuos en cuyo pasado hay manchas indelebles, y que, en cualquier otro país, se hubieran visto obligados a desaparecer”.

Suena familiar, ¿verdad? Como he dicho antes, dos de nuestros principales líderes políticos contemporáneos han incurrido en manchas indelebles que en cualquier otro país los hubieran encarcelado o, al menos, sacado de la política: Ortega, por la acusación de Zoilamérica, su hijastra, y Alemán, por malversación de fondos. Sin embargo, ambos siguieron contando con los abrazos de casi todos sus correligionarios. Enrique Bolaños Geyer fue el primer presidente que quiso romper esta tradición de impunidad. Pidió el arresto de Byron Jerez, y luego el de Alemán. Pero sabemos que esto no prosperó debido a las negociaciones políticas de las mafias dominantes. Jerez, incluso, fue premiado con una diputación.

En Nicaragua sigue habiendo muy poca indignación, pero si mucha tolerancia, ante conductas que merecen rechazo y condena unánime. Pero no es tanto porque el nicaragüense sea perdonador, sino porque tiende a ser indiferente al delito. Y esto es así porque sufrimos de otro síndrome estrechamente relacionado:

Corrupción

Es muy común en nuestro medio la actuación fraudulenta o deshonesta. Lo grave es que no se limita a los gobernantes o a las élites de poder, sino que se extiende a toda la sociedad, de abajo arriba y de arriba abajo. La ejerce el estudiante que trampea en los exámenes, el obrero que engaña al patrón y el patrón que engaña al obrero, el taxista que cobra más de la cuenta o el mecánico que miente para sacarle más al cliente, el marido infiel que engaña a su mujer o viceversa. ¿A qué nicaragüense no le han dado vuelta alguna vez?

Pertenece al síndrome la propensión al robo y la mentira. Igualmente, a la desconfianza mutua. Escasean los hombres y mujeres de palabra; los que no mienten cuando les es conveniente hacerlo. Una vez me maravillé al abordar un autobús en Inglaterra, y ver que a uno le cobraban de acuerdo con el trayecto que declaraba. Era un sistema basado en la confianza de la integridad ciudadana, pues era extremadamente fácil mentir. “Esto jamás funcionaría en Nicaragua”, me dije. Aquí, al que dijese la verdad probablemente se le consideraría “pendejo”. Porque nuestra cultura admira más al vivito que aprovecha las circunstancias para salirse con la suya sin ser detectado.

Es natural entonces que, en semejante medio cultural, corramos el riesgo de que cuando uno de nuestros ciudadanos adquiere poder y manejo de fondos públicos, caiga en la corrupción. Más cuando sus familiares posiblemente le soplen al oído “no seas baboso, aprovechemos”, y más aún, cuando sabe que no enfrentará castigo ni desprecio social por practicarla. Si somos así, ¿es extraño que estemos como estamos?

Seguiremos.

El autor fue ministro de educación y es sociólogo e historiador aficionado. Publicó el libro “Buscando la Tierra Prometida; historia de Nicaragua 1492-2019, disponible en librerías locales y en Amazon.

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