¿Por qué nos pasa lo que nos pasa?

¿Estaremos los nicaragüenses castigados por el destino? ¿Seremos, como tituló su libro José Román, un Maldito país? Si nos comparamos con el resto de Latinoamérica el nuestro parece, indudablemente, uno de los más golpeados por el infortunio. Desde una perspectiva sociopolítica, solo el primitivo Haití es más pobre y disfuncional que nosotros. Desde los ojos de la historia, somos la nación con más sucesión de guerras civiles y dictaduras de la región.

Esto hace que cuando veamos alrededor sintamos dolor y tendamos a preguntarnos ¿por qué no somos como Costa Rica, seis veces más próspera e infinitamente más pacífica y democrática? ¿Por qué, en nuestros doscientos años de independencia, no hemos logrado crear un Estado de derecho estable? ¿Por qué nuestros periodos de paz y relativa libertad no duran, sino que son sucedidos por grandes retrocesos institucionales?

Es importante tratar de responder estas preguntas. Sin una idea realista del origen de nuestras tristezas difícilmente enmendaremos el camino. Los mejores países no lo son por casualidad ni los peores tampoco. Detrás de cada historia de éxito o fracaso hay causas. La suerte, el azar, pueden jugar algún papel. Pero a la postre lo que más determina los resultados, tanto de las historias personales como de las naciones, son las conductas y decisiones de sus individuos.

La búsqueda de respuestas no es fácil. En parte porque nunca los desenlaces políticos o sociales son producto de una sola causa sino de una multiplicidad de ellas. El tema es muy vasto y ha sido objeto de numerosos libros. Uno de los mejores fue el del escritor nicaragüense Salvador Mendieta, La enfermedad de Centroamérica. Escrito a inicios del siglo 19, fue rescatado del olvido por Lawrence Harrison en su obra El subdesarrollo es un estado mental, uno de los clásicos en el esfuerzo por entender las causas del atraso. También abordó el tema el doctor Emilio Álvarez Montalván en su Ensayo sobre los valores y contra valores de la cultura política nicaragüense.

En las siguientes reflexiones destacaré en forma muy resumida solo algunos de los muchos factores que, a mi juicio, siguen dificultando el salir del marasmo. Comenzaré por algunos propios de nuestra cultura.

EL EXTREMISMO. “El todo o la nada”. Eso parece ser la divisa de muchos nicaragüenses ante las encrucijadas políticas. Aunque es un país con una larga tradición de amnistías, en las negociaciones no es muy propenso a ceder terreno; tiende a ser alérgico a las rutas intermedias o a no castigar al adversario. “Mejor que Somoza cualquier cosa”, se gritaba al final de los setenta, cuando era visible —para quien quisiera ver— la filiación comunista del FSLN. Nadie quiso negociar con él, aunque era más que factible hacerlo, y se prefirió la ruta del aplastamiento total. Fórmulas de compromiso, donde él salía de la escena, pero subsistían aspectos del régimen, eran vistas como “somocismo sin Somoza” y anatemizadas como traición. Los resultados cosechados están a la vista.

Hoy día el síndrome sigue vivo. Cualquier político que ofrezca una escalera de oro para la salida de Ortega se expone a quemar su reputación. La reacción parece ser moralista, pero en el fondo hay un importante elemento emocional que dificulta ver las consecuencias de cerrar cualquier puerta de escape al adversario. Esto nos lleva al siguiente síndrome asociado:

LA EMOTIVIDAD. La razón, la inteligencia fría, serena, no suele guiar tanto los actos y decisiones de gran parte de la ciudadanía, y de aún de las élites. El nicaragüense no carece de inteligencia, pero ante emociones o ilusiones intensas prefiere no usarla. El orador que arranca aplausos no es el que expone serenamente sus ideas sino el que exaltado levanta el puño y anuncia la destrucción del adversario. Un derivado es el maniqueísmo; la tendencia a ver el mundo en tonos blancos o negros, sin grises. El líder amado no tiene defectos. El detestado los tiene todos.

El sacrificio de la inteligencia a la emotividad nubla entonces la capacidad de ver la realidad, y produce fácilmente costosos errores. Le va de la mano el romanticismo, que lleva a abrazar utopías o soluciones simplistas, como la marxista, que hizo que tantos idealistas suspendieran el juicio crítico y a creyeran que botando a Somoza entrarían al paraíso socialista. ¡Qué decepción, y qué costo humano tan terrible el que se pagó!

Seguiremos…

El autor fue ministro de Educación y es sociólogo e historiador aficionado. Publicó el libro “Buscando la Tierra Prometida; historia de Nicaragua 1492-2019”, disponible en librerías locales y en Amazon.

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