Herodes resucitado

Recién celebramos este pasado 28 de diciembre el día de la horrible masacre de los inocentes ordenada por Herodes. Fue un acto espeluznante que resulta difícil imaginar: los soldados, convertidos en frías máquinas de matar, arrebatando a las madres sus bebés para degollarlos, los gritos desesperados de ellas y, sobre todo, la visión de los pequeños cadáveres ensangrentados. Porque nada hace a un crimen más odioso que la inocencia e indefensión total de la víctima.

Su origen fue, como tantas veces ocurre, la lujuria del poder; el temor de Herodes de que alguien, en el futuro, pudiese amenazar su corona. Pero esta escena, que solo puede evocar repulsión y espanto, se reproduce a diario en países tenidos como los más civilizados del mundo. En muchas de sus higiénicas clínicas, profesionales de bata blanca, con total frialdad y profesionalismo, destrozan, por succión o desmembramiento a millares de niños por nacer para luego echar al basurero sus restos sanguinolentos.

Lo extraño es que este holocausto, que inmola no a pocos sino a millones, no produce, ni de cerca, la repulsión o condena que inspira la acción de Herodes. Debemos preguntarnos porqué: ¿por qué una ciudadanía que se indigna ante la injusta agresión de Rusia a Ucrania, y manifiesta una particular sensibilidad a las violaciones de los derechos humanos, no reacciona igual ante esta masacre contemporánea de vidas inocentes?

Hay excepciones, generalmente circunscritas a minorías cristianas tenidas como retrógradas o fundamentalistas, pero la mayoría no solo la tolera, sino que incluso la apoya, a veces con ardor. Una de las razones es vieja como la historia: la negación o subvaloración de la humanidad de las víctimas. Como cuando grandes sectores de occidente, incluyendo intelectuales y políticos destacados, defendían la esclavitud. Porque precisamente negaban, ignoraban, o no les convenía reconocer, la calidad humana de los esclavos.

El maltrato o eliminación masiva de grupos enteros siempre ha ido precedida del intento mental de conceptuarlos como inferiores o como virus infecciosos. Lo hicieron los nazis con los judíos y los Stalin con los burgueses. Pero lo niños por nacer, si bien son más jóvenes y dependientes que los apuñalados por los sicarios de Herodes, no por ello son menos humanos. No son meros tumores ni órganos de la madre, como puede ser su pelo o una muela, sino criaturas distintas, de la especie homo sapiens —no lo dice la Iglesia sino la ciencia— con su propio ADN, corazón, cerebro, brazos y piernas. Niños que un día hubiesen podido gozar del don precioso de la vida exterior, pero a los que ahora nadie les cantará feliz cumpleaños. Niños que no tendrán, como nosotros, la oportunidad de ver, pensar, sentir, amar y ser amados, de conocer las maravillas de vivir.

También contribuye a la tolerancia dominante el silencio y privacidad con que operan las clínicas herodianas. Un poco como sucedía en la Alemania nazi, cuando el grueso del pueblo no se inquietaba por el exterminio de judíos porque las cámaras de gas funcionaban, calladas, en los campos de concentración. Se combina esto con el silencio de las víctimas. Hay evidencia que algunas gritan, pero no se escuchan. Sus muertes o agonías no salen en Youtube, aunque en los ultrasonidos puedan revelar las patadas y gestos de las criaturas buscando impotentes salvarse de la succión. Pero esto solo lo pueden ver los ejecutores.

Tampoco se escuchan los gritos de las madres. Si acaso es para reclamar su sagrado derecho a matar sus engendros, con el beneplácito de muchos políticos “compasivos”, que les prometen financiar los centros de exterminio. La verdad es que la protección de la vida de los niños por nacer no suele ser prioritaria en la agenda del mundo. Ni siquiera en algunos círculos eclesiales o de derechos humanos, más preocupados por el cambio climático y la pobreza. Quizás algunos piensen disminuir el número de los pobres impidiendo que vivan las criaturas que esperan turno en el seno de madres pobres.

 Desde que se aprobó el fallo Roe vs. Wade se ha evitado que la población negra de Norteamérica añadiera más de cuarenta millones a su censo. ¡Qué logro más irónico para los supuestos enemigos del racismo! Triste es hoy que los Herodes deambulen con saco y corbata, o con impecables batas blancas, mientras tantas voces, de arriba y abajo, no repitan las palabras de Santa Teresa de Calcuta: “Las naciones menos civilizadas son las que promueven el aborto”. “El aborto es el peor destructor de la paz”.

El autor es  sociólogo e historiador, fue ministro de Educación y es autor del libro Buscando la Tierra Prometida, historia de Nicaragua 1492-2019, disponible en librerías locales y en Amazon.

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