Los humanos celebramos lo que consideramos momentos estelares de nuestra historia. Los pueblos festejan las fechas de independencias o de sus reales o supuestas liberaciones. Como Francia el 14 de julio, Estados Unidos el 4 de julio, o Nicaragua el 19, también de julio.
Sin embargo, dentro de este enjambre inconmensurable de celebraciones, ninguna se aproxima remotamente en trascendencia e importancia a la que celebramos ayer 25 de diciembre. Séase creyente o ateo, nadie puede ignorar el tamaño o significado de un acontecimiento que justamente ha partido la historia en un antes o después. El día en que un niño hebreo nació en un pesebre oscuro y no perfumado en Belén de Judá, y que sin rodearse de ejércitos o espadas —a diferencia de Mahoma— cambió la historia y a la humanidad como no lo ha hecho nadie. Sin embargo, no todos celebramos lo mismo.
¿Qué exactamente celebramos ayer? La respuesta depende de quién es para nosotros Jesús. Desde su más temprano inicio el tema fue objeto de furiosos debates. La razón no fue el contenido ético de su mensaje de amor y perdón, sino de lo que sonaba como una pretensión escandalosa: proclamarse hijo de Dios y epicentro de la salvación. Expresiones como: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Juan 14.6), “quien me ha visto a mí ha visto al padre” (Juan 14,9) “el padre y yo somos uno” (Juan 30,32) escandalizaron a muchos, sobre todo los más influyentes quienes terminaron crucificándolo por blasfemo.
Unos cuantos pescadores de Galilea, en cambio, le creyeron y dejaron todo por seguirlo. Sobre todo, cuando tras su muerte ignominiosa afirmaron haber presenciado a Jesús ¡resucitado! Tan fuerte fue su convicción que, a pesar de amenazas, cárceles y persecuciones, se proclamaron siempre testigos de su resurrección y divinidad, al punto de derramar su sangre.
A partir de entonces hubo quienes creyeron a estos hombres y quienes los rechazaron. La firmeza y testimonio de sus primeros discípulos logró que a pesar del ambiente hedonista hostil y de brutales persecuciones, terminaran propagando la fe a la Roma pagana y luego a las tribus bárbaras. Su influjo humanizó las costumbres, realizó la revolución ética más profunda de la historia humana y creó una nueva civilización; la occidental cristiana, cuya influencia llegaría a todos los rincones del planeta.
Pero siempre, a través de la historia, la multitud siguió dividida entre los que veían en Cristo a Dios y quienes lo ven como mero hombre. A diferencia de lo que ocurrió en Israel, hoy muy pocos claman ¡crucifíquenle! a excepción de los comunistas del siglo XX, que trataron de borrarlo del mapa junto con sus seguidores bajo pretextos políticos. Pero son muchos, y crecen cada día más, los que reconocen en Jesús un hombre excepcional con un mensaje ético muy hermoso. Pero no más.
A estos muchos ya no les indigna que Jesús se proclamase divino o que los cristianos lo crean. Sencillamente lo ven como una ingenuidad piadosa, tolerable. Lo importante dicen ellos, es su mensaje humanista, con el cual dicen estar de acuerdo. Creer en Jesús como hijo de Dios no es necesario. Lo único que importa y basta es amar y servir al prójimo. Coinciden en esto con los teólogos de la liberación que decían que la ortopraxis (conducta correcta) era más importante que la Ortodoxia (creencia correcta) y que por eso los socialistas ateos eran cristianos inconscientes.
Pero hay varios problemas con esta visión. Una es que, si Jesús era no más que un moralista excepcional y valiente, su pretensión de ser algo más, y en lo que Él insistió hasta el sacrificio de su vida, debería merecerle el título de pretencioso o lunático. Porque, qué otra cosa se puede llamar a quien exclame “Quien cree en mi tendrá la vida eterna” (Juan 6,47) “Yo soy la resurrección y la vida” (Juan 11,25). Otra alternativa es creer que Jesús no utilizó tales expresiones, sino que le fueron atribuidas por seguidores fanáticos. El problema de esto último es que al dar sus apóstoles sus vidas por proclamar su divinidad y resurrección, dificulta creer que lo hacían por un invento manufacturado, y solo deja en pie la improbable hipótesis de haber sido víctimas de una severa neurosis colectiva.
Otro problema con la ortopraxis es que Jesús atribuyó la ya citada importancia de creer en Él, al igual que la importancia que San Pablo, y con él toda la Iglesia, han dado siempre a conservar la fe y su doctrina sin adulteraciones. Porque el cristianismo no es una moral, sino la fe en una persona, Cristo, conceptuado como Dios y hombre verdadero y puerta de la salvación.
¿Qué celebramos pues ayer? ¿La encarnación de Dios en la historia? ¿El cumpleaños de un gran moralista? ¿o la reunión con los parientes? Cada uno conoce la repuesta.
El autor es sociólogo e historiador fue ministro de educación y es autor del libro Buscando la Tierra Prometida, historia de Nicaragua 1492-2019”, disponible en librerías locales y en Amazon.