Doña Violeta (1990-1997)

Ningún presidente en la historia de Nicaragua ha enfrentado desde sus inicios una situación tan complicada como la que enfrentó Violeta Barrios de Chamorro. El país acababa de pasar la guerra civil más cruenta de su historia. En el país subsistían dos bandos armados llenos de odios y deseos de venganza.

La economía estaba en ruinas. La inflación era la más alta del mundo, superior al 11,000 por ciento anual. La deuda externa, que al caer Somoza era US$1,200 millones, ahora pasaba los diez mil, mientras las exportaciones se habían reducido a la tercera parte y el nivel de ingresos de la población a la cuarta. Habían cerrado millares de empresas y el capital se había ido con sus dueños. Cerca de medio millón de nicaragüenses habían emigrado. Lo que había crecido espectacularmente era el Estado. Los 65,000 empleados dejados por Somoza hoy eran 285,000.

Ante este panorama tan desolador doña Violeta tenía el reto de reconciliar el país y traer la paz, o la convivencia pacífica, a una sociedad profundamente dividida, sin ninguna experiencia o cultura democrática, pero con mucha tradición de violencia y sectarismo. El FSLN había perdido las elecciones, pero controlaba el ejército y la policía y había entregado a sus militantes millares de armas. Daniel Ortega, por su parte, había anunciado amenazante que ahora gobernarían “desde abajo”. Para complicar las cosas, en las semanas entre su derrota y la toma de posesión de doña Violeta los sandinistas repartieron entre ellos millares de propiedades que habían confiscado, robo colectivo denominado “la piñata”. Esto creaba la dificultad adicional de satisfacer los justos reclamos de sus propietarios.

¿Cómo iba a poder, la nueva presidenta, una mujer llena de intuición femenina, pero sin preparación académica ni experiencia política, lidiar con semejantes desafíos? Uno de sus principales aciertos fue poner como su principal operador a su yerno, Antonio Lacayo, ingeniero de gran inteligencia y espíritu conciliador. Delegó en él considerable poder y juntos promovieron una modalidad política nada tradicional: evitar antagonizar o condenar a nadie, tratar de acercar las partes a través del diálogo, perdonar los agravios y hacer importantes concesiones a sus adversarios.

En una sociedad polarizada y con muchas heridas este nuevo enfoque conciliador le creó adversarios entre sus propias filas. Ella se declaró “presidente de todos los nicaragüenses” y buscando cómo sortear los antagonismos otorgó varias amnistías, incluyendo una que cubría a los beneficiarios de la piñata. Su más controversial decisión fue dejar en su puesto al jefe del ejército, Humberto Ortega.

 Pronto el bloque electoral UNO, más la jerarquía católica, Arnoldo Alemán, y algunos legisladores norteamericanos, denunciaron al nuevo gobierno de cogobernar con los sandinistas. Por el otro lado Daniel Ortega lo acusaba de somocista y le montaba distintas asonadas que paralizaron el país en tres ocasiones. Peor aún, aparecieron en el campo grupos armados de la Contra, llamados “recontras”, y otros del lado sandinista llamados “recompas”, que también coincidió con la reticencia del Congreso norteamericano en desembolsar ayudas a un gobierno demasiado amigable con el FSLN.

En medio de estas aguas turbulentas, alabados por unos, criticados por otros, el dúo Chamorro-Lacayo siguió navegando hasta lograr muchos de sus objetivos. Uno de ellos fue la paz. Durante su administración reinó la más total libertad de prensa y asociación, dejando el poder al final de su período sin ningún preso político. Nadie fue perseguido jamás por sus creencias o acciones políticas y ella nunca esgrimió el micrófono para agredir o insultar a nadie.

Otra fue la profesionalización del ejército y la policía. Doña Violeta estableció la renovación del mando militar cada cinco años y mandó a retiro en 1995 a Humberto Ortega. Se detuvo la inflación, se redujo considerablemente el Estado y a más de la mitad la deuda externa. La economía comenzó a crecer y los nicaragüenses a regresar.  

Al final de su período, el FSLN quedó sumamente debilitado. De los doce magistrados de la Corte Suprema solo cuatro eran sandinistas. En el Consejo Supremo Electoral no había ninguno. Las siguientes elecciones fueron absolutamente limpias y enrumbaban al país en una nueva dirección. La tragedia fue cuando la siguiente administración (Alemán) oxigenó a los enemigos de la democracia y les allanó el camino de su regreso.

En el panorama de nuestra historia la administración de Violeta Barrios de Chamorro seguirá siendo tanto un destello de esperanza en las posibilidades de entrar en la tierra prometida de la libertad, como una advertencia sobre los peligros que corren los mejores frutos si no se encuentran ciudadanos dignos de preservarlos.

El autor es sociólogo e historiador, fue ministro de Educación y es autor del libro Buscando la Tierra Prometida, historia de Nicaragua 1492-2019, disponible en librerías locales y en Amazon.

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