Esperemos al Señor como se merece

Ayer como hoy se nos anuncia la Buena Nueva: “La virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel que significa Dios con nosotros”. (Is 7,10-14)

No podemos pedir más, el Dios creador, el Dios todopoderoso va a hacerse uno como nosotros, donde está el miedo o el temor, a partir de ahora solo cabe la fidelidad, el seguimiento y la confianza más absoluta. Dios no tiene ningún reparo en abajarse y compartir todo lo nuestro, lo que somos y lo que tenemos.

Sin embargo, en algunos momentos de nuestra vida, recurrimos al Señor para presentarle nuestras peticiones de ayuda, pero lo hacemos a menudo desde la desconfianza; en otras ocasiones lo culpamos de nuestros fracasos, porque cuando algo va mal es porque Él se ha olvidado de nosotros.

Ya, a pocos días de la celebración de la Navidad, se nos plantea una invitación a cuestionarnos si realmente confiamos en que nuestro Dios es un Dios que actúa pensando en nosotros, o si nuestra aparente fe oculta en realidad una profunda desconfianza.

Cada vez que nos dirigimos al Señor desde el enojo, porque no nos concede lo que le rogamos con insistencia cada que vez que nuestra vida se carga de angustia por el qué pasará sin acordarnos de que para el Señor somos los más importantes, o cuando siempre olvidamos abrir los ojos a la realidad, a lo que es nuestra vida de cada día, para descubrir en ella las huellas del Señor caminando a nuestro lado, en todo lo que hacemos y en las personas con las que convivimos.

Tenemos una invitación a revisar nuestra forma de relacionarnos con el Señor y por si descubrimos debajo de nuestra apariencia de personas de fe, unas formas o ritos que esconden la desconfianza más absoluta.

Dios cumple siempre su promesa. Pueden pasar siglos, generaciones y generaciones, pero el Señor no se olvida de lo que ha prometido. Y cumple aquella promesa de estar cerca del hombre, tan cerca, que se hace uno de ellos. (Rom 1,1-7)

Y por eso, decide encarnarse, aunque eso signifique hacer un auténtico milagro. ¿Cómo vivir angustiado sabiendo que tenemos un Dios que está dispuesto a hacer tanto por nosotros? ¿Cómo negar esa evidencia de que Él siempre cumple lo que promete? ¿Cómo sentirnos perdidos, si Él ya ha venido a salvarnos?, son estas unas preguntas muy relacionadas con el Adviento, unas preguntas para hacérnoslas en nuestro interior.

En un mundo difícil, complicado, la luz va a volver a brillar, la esperanza vuelve a renacer.

Un camino se nos presenta en la figura de José. Era bueno y no quería denunciarla… ¡Qué cosa más simple y a la vez qué importante! Todos sabemos lo que significa que alguien sea conocido como una persona buena. (Mt 1,18-24).

Tras esa afirmación se esconde toda una cantidad de virtudes: sencillez, humildad, disponibilidad, entrega, cercanía, simpatía, quizá incluso algo simple, pero con una simplicidad necesaria para poder vivir desde la confianza y para poder siempre tener un corazón lleno de esperanza.

Las figuras de María y José hablan bien de todo esto. En nuestra vida tan cargada de cosas, y de proyectos, y en estos días tan ajetreados ante las celebraciones navideñas, un poco de sencillez, tranquilidad y sosiego no nos viene mal.

Señor, cuando tu llegada es inminente danos un corazón que sepa esperarte como te mereces. Haz que no nos despistemos con cosas que duran solo quince días, para volver luego a la cruda realidad. Que tu llegada sepa despertar en mí toda la esperanza y la ilusión que significó tu nacimiento.

El autor es sacerdote católico.

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí