Del poderoso, líbrame Señor

Una de las realidades más desconcertantes de la historia es el poder extraordinario que unos pocos hombres tienen para decidir la vida y el destino de millones. Un ejemplo contemporáneo es Putin. Es claro que, como cualquier gobernante, tiene asesores que lo aconsejan. Pero en última instancia fue él solo quien, hurgando en su cerebro, tomó la decisión final de lanzar su país a la guerra.

Ni los 143 millones de ciudadanos rusos, ni los 44 de Ucrania, tuvieron algo que ver en una decisión que iba a afectar decisivamente sus vidas. Ellos trabajaban, comían y dormían inocentemente, mientras Putin, a espaldas de ellos, aunque con la complicidad de sus generalotes, urdía en su confortable despacho un plan que trastocaría sus vidas y llevaría a muchos de ellos a la muerte.

No juzguemos las intenciones de Putin. Quizás venía rumiando desde hace años el dolor de haber visto a su ex Unión Soviética perder territorios valiosos que él consideraba parte del imperio ruso. Quizás creía que su decisión era patriótica. Lo que debe llamarnos la atención es el hecho de cómo un solo hombre, movido por buenas o malas intenciones, puede desde las alturas decidir la vida o muerte de millones totalmente ajenos a su decisión; figuras como Alejandro Magno, Julio César, Napoleón, Hitler, Stalin, Castro, y otras tantas más, que con su poder avasallador han llevado a sus pueblos a guerras o a grandes tragedias.

Sin irnos tan largo tenemos ejemplos en nuestra historia nacional reciente. Uno de ellos fue cuando el FSLN llegó al poder en 1979. Lo que la mayoría del pueblo quería era simplemente reemplazar la dictadura somocista con un sistema democrático y libre. Lo que los dirigentes del partido querían era convertir a Nicaragua en una nueva dictadura socialista, como la cubana, y extender la revolución a Centroamérica comenzando por El Salvador.

Hacerlo era arriesgado, pues podría llevar, como efectivamente llevó, a confrontación con los Estados Unidos y a la gran insurrección campesina llamada Contra. Pero nada detuvo a que nueve comandantes, sin consultar al pueblo, se lanzasen a la gran aventura y sacrificaran a miles de jóvenes en una guerra tan sangrienta como innecesaria e inconsulta.

Esta desproporción entre el poder extraordinario de uno o muy pocos, y la absoluta falta de este en la mayoría, ha sido una de las constantes más sonadas y preocupantes de la historia y ha sido, y sigue siendo, la marca distintiva de los regímenes autoritarios, ya sean de izquierda o derecha.

Proporcionar un antídoto a esta calamidad es hoy una preocupación central de la democracia. Su objetivo es que ninguna decisión importante sea tomada por los gobiernos sin el conocimiento y consentimiento de la mayoría de sus ciudadanos. El ideal democrático es que todo poder sea otorgado por el pueblo a sus gobernantes con el único propósito de que estos sirvan a sus deseos y bienestar. Si no lo hace cesa su legitimidad y debe ser reemplazado.

 Esta preocupación del ideal por proteger al individuo de las tiranías o del colectivismo, tiene su inspiración más profunda en la dignificación cristiana del hombre —que no debe ser tratado como número o cosa por nadie— y en su conciencia de su peligrosidad —por nacer pecadores— empeorada cuando acumula poder.

 Desafortunadamente la democracia compite con la tendencia ancestral de los gobernantes a incrementar su poder. ¿Acaso abundan quienes prefieran disminuir su poder que aumentarlo? Si el sistema democrático no tiene frenos institucionales bien arraigados y respetados, y si la población carece del suficiente ethos, o espíritu cívico, aquellos aprovecharán las menores rendijas legales para desvirtuar el sistema. Dejarán quizás su caparazón, pero debajo volverá a surgir el líder, o el grupito de poderosos, dispuestos a imponer su agenda sin reparar en lo que opine el resto del país.

Es pues el reto, actual y futuro, luchar por democratizar las decisiones, educar a las nuevas generaciones en el odio al autoritarismo, y buscar que quienes ostenten poder adquieran un sano temor de Dios. Pues como dice la escritura: “Rigurosa será la sentencia para la gente que tiene un alto puesto” y “los poderosos serán juzgados estrictamente” (Sab.6, 5-6).

El autor fue ministro de Educación y es sociólogo e historiador aficionado. Publicó el libro Buscando la Tierra Prometida; historia de Nicaragua 1492-2019, disponible en librerías locales y en Amazon

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