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La pianista Katherine Espinal dejó de lavar trastes a inicios de los noventa, cuando tenía unos ocho años. Estaba dando sus primeros pasos en la música y pasaba tocando ocho horas diarias en su casa en el barrio Venezuela, en Managua. “Era muy rigiosa”, recuerda a sus 35 años.
Su pasión por el piano y la música la ha llevado a vivir hoy en Noruega, en donde se ha ido abriendo camino y dando a conocer entre artistas de distintas nacionalidades.
Su carrera empezó a los siete años. Un viernes recuerda que a ella le tocó lavar una gran cantidad de platos, vasos, pailas y demás que habían quedado sucias después de la cena. Si no los lavaba, su mamá no la dejaría ver su programa favorito: El chavo del ocho.
Tuvo que lavarlos, y el día siguiente sus dedos amanecieron con resequedad y lesiones alrededor de las uñas. Cuando llegó a su ensayo de piano, le dolían mucho los dedos y la directora del conservatorio la vio quejándose.
–Mi amor, ¿qué te pasó en las manos?
–Mi mamá me puso a lavar trastes – respondió Katherine suelta en llanto
Cuando su padre llegó a recogerla a medio día, la directora lo llamó a su oficina. “Que sea la última vez que Katherine lava trastes porque sus manos no nacieron para lavar trastes, si no para tocar piano”, le dijo.
Desde entonces, sus padres no la pusieron a lavar trastes otra vez, cuenta la pianista que ha compartido escenario con otros artistas nicaragüenses como Carlos Mejía Godoy, Katia Cardenal o Juan Solorzano y que se ha abierto camino para seguir tocando por Europa.

Baldes y perchas
Creció en medio de una familia evangélica y trabajadora. Su padre, don Manuel Espinal migró en 1989 a Estados Unidos para trabajar. Ella tenía dos años en ese entonces y cuatro años más tarde, su padre regresó para darse cuenta que su hija tenía dones artísticos.
La pequeña Katherine empezó en la música tocando los baldes con las perchas de madera de su mamá, doña Yolanda Meléndez. “Mi mamá se ponía muy molesta porque yo quebré todos los baldes que teníamos”, cuenta.
Su padre fue quien la inscribió en el Conservatorio Bautista de Música y ahí descubrió que había nacido para tocar el piano. Tenía siete años y desde que llegó se destacó por aprender rápido y ejecutar las melodías y acordes en el piano clásico casi a la perfección.
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Además de la música, Katherine llevaba sus estudios de primaria y posteriormente secundaria, hasta que el piano se convirtió en algo cotidiano para ella. A los 15 años vio a un profesor tocando un ritmo caribeño utilizado en las salsas cubanas y colombianas llamado montuno y desde entonces se interesó más por los ritmos latinos.
“Yo ese día me divorcié totalmente de la música clásica y empecé a estudiar por mi cuenta”, recuerda, por lo cual se salió del conservatorio y empezó a juntarse y trabajar con otros músicos para aprender de ellos.
No vivía en una familia de ricos, pero tampoco le faltó nada, detalla Katherine. Sus padres son comerciantes e hicieron muchos esfuerzos para sacar adelante a sus cuatro hijos. La pianista es la tercera de ellos y asegura que, tocando, ha destruido 19 pianos. Cada uno de ellos valorados entre 400 y 500 dólares, y su padre nunca dejó de comprarle uno nuevo cada vez que lo necesitaba.
A los 17 años entró a estudiar Mercadeo y Comercio Internacional en la universidad American College y actualmente dice que es muy buena para hacer negocios. “Según mis amigos soy más bisnera que pianista”, comenta.

Cerca de la muerte
Tenía 22 años cuando le comenzó una extraña enfermedad que casi termina con su vida. Parecía inofensiva. Primero eran fiebres que trataba con medicinas, pero empezaron a ser más intensas y se extendieron hasta cinco semanas.
Después le salieron ganglios en el cuerpo, una infección en la garganta y bajó de peso de manera estrepitosa. Su peso normal rondaba las 125 libras, y llegó a pesar 80. Fueron ocho años en que los médicos no podían darle un diagnóstico certero.
Primero le dijeron que era cáncer linfático, después de tiroides. Luego le dijeron que padecía lupus y nuevamente le cambiaron el diagnóstico porque aseguraban que tenía VIH. “Un médico me hizo ocho pruebas porque él decía que yo tenía VIH”, relata Katherine.
Llegó un momento en que aprendió a convivir con la extraña enfermedad, aunque era tormentoso porque no podía caminar por su cuenta, las articulaciones se le inflamaban, le pronosticaron dos años de vida, y lo peor, no podía seguir tocando piano.
La familia se gastó todos sus ahorros y hasta lo que no tenían en exámenes. Era un vaivén entre hospitales, clínicas, doctores hasta que finalmente un médico naturista acertó con el diagnóstico. Katherine estuvo conviviendo con una bacteria en su cuerpo que absorbía todos los nutrientes y proteínas de los alimentos que consumía.

La pianista tuvo que cambiar por completo sus hábitos alimenticios. Pasó de comer fritanga, sopa de mondongo y todo lo que le encantaba de la gastronomía nica, a alimentarse de batidos, frutas, vegetales y yerbas.
El tratamiento tardó seis meses. Hasta el 25 de diciembre de 2017 cuando finalmente mejoró y poco a poco fue retomando su vida, sobre todo el piano. Actualmente, dice, ha cambiado por completo la manera en que se alimenta y acostumbra a beberse cómo mínimo medio litro de batido de frutas y yerbas diario.
Piano en Noruega
Tras su recuperación, Katherine volvió a tocar el piano. Tenía contratos para dar recitales de piano clásico en embajadas, eventos privados, culturales, entre otros, pero con el estallido de la crisis política en abril de 2018, todo eso se vino abajo.
“Fueron días bastantes grises y me golpeó mucho la situación del país”, recuerda Katherine, y por eso decidió salir de Nicaragua rumbo a España, donde quería explorar oportunidades como migrante. “No tenía ningún plan. Mi mente iba para limpiar inodoros”, cuenta.
Antes de irse, un amigo le recomendó hablar con un músico británico que estaba en Noruega y que podía ayudarle si ella algún día llegaba a ese país, pero por el momento su destino seguía siendo Madrid, la capital española.
Llevaba dos días en Madrid cuando Katia Cardenal la invitó a conocer Oslo, la capital noruega, así que compró un boleto de avión y se fue con Cardenal, quien por tres días le mostró la ciudad.
Katherine cuenta que Cardenal la impulsó para que hablara con el músico británico. Ella tenía temor porque no sabía quién era y porque no hablaba inglés. Finalmente se decidió y un día antes de regresar a Madrid le escribió al británico, que era un cantante llamado Edward John.
Quedaron de verse en una cafetería y el británico le propuso ir a una iglesia donde él trabajaba y donde había un piano para que lemostrara lo que podía hacer. Cuando el británico la escuchó tocar, dijo que necesitaba que ella se quedara trabajando, pero necesitaba la aprobación del pastor de la iglesia.
Cinco minutos después, el pastor llegó y el británico le pidió que la escuchara. Katherine cuenta que tocó un himno viejísimo que le encantó al pastor quien le pidió que se quedara, que trabajara en la iglesia y que la iban a acomodar en un apartamento.

Lleva cinco años viviendo en Noruega y ya es residente en ese país. Está trabajando como pianista en un centro para personas con capacidades diferentes haciendo música terapia en una ciudad llamada Gjovik. Eventualmente toca en asilos de ancianos y en recitales con músicos noruegos, ingleses y latinos.
Según Katherine, lo que gusta mucho de su manera de tocar es el toque latino que le da. Ella particularmente sigue encantada con la riqueza de los ritmos latinos.
Le gusta escuchar conciertos en vivo y cocinar. En su familia, nadie más se dedica a la música, sin embargo, su hermana menor ha mostrado talento para la percusión. “No ha estudiado nada, pero tiene buen ritmo, buen oído”, valora la pianista.
Aunque vive lejos de Nicaragua, no se ha olvidado de su país y está trabajando en la grabación de un disco de folclore a piano llamado Con amor a Nicaragua y en el que participan artistas como Eduardo Araica en la guitarra, Carlos Mejía Godoy grabará el acordeón en un mix de la misa campesina y su hijo Carlos Luis interpretará las marimbas.

Katherine ahora usa las uñas cortas porque no puede tocar piano si las tiene largas y aunque está lejos de su familia, se siente bien, en paz y feliz de estar abriéndose camino en la música y compartiendo con músicos de distintas nacionalidades. Como ahora vive sola, le ha tocado volver a lavar los trastes.
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