Hace cinco años entrevisté a Jonathan Loáisiga por primera vez cuando se recuperaba de la operación Tommy John. Lo conocía desde pequeño: ambos nacimos en 1994, somos originario de Las Sierritas de Santo Domingo y durante la infancia y juventud compartimos algunos partidos jugando beisbol en “perreras” en el campo del colegio de la comarca. A ese Jonathan que entrevisté hace cinco años lo vi lleno de motivación por convertirse en alguien, pero a la misma vez rodeado de incertidumbre porque no sabía cómo estaría su brazo en el futuro. Ese Loáisiga ganaba entre 300 y 500 dólares en Ligas Menores y su bolsillo casi siempre estaba vacío.
Luego estalló en Ligas Menores e hizo erupción a su llegada a las Grandes Ligas. El pasado viernes conduje de Miami a St. Petersburg alrededor de cinco horas para cubrir la serie entre Tampa Bay y los Yankees que se realizaría en el Tropicana Field. Llegué al estadio un poco tarde por el tráfico, faltaba una hora para iniciar el juego y no sabía si tendría acceso a conversar con él. Para mi sorpresa me encontré con el mismo Jonathan: tranquilo y amable, a pesar de haber pasado cinco años de aquella entrevista, aunque con algunas diferencias.
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El Loáisiga del presente tiene claros sus objetivos. Su futuro no es incierto porque trabaja en sentar las bases de su presente. Me sorprendí con la claridad de sus ideas y la madurez de sus reflexiones. Hablamos de su sacrificio, de su economía, de sus lanzamientos, de su fama, de sus lesiones y sus caídas. Aunque ahora goza las mieles del éxito, él es consciente que tocó fondo en algún trayecto de su vida y tuvo que batallar con demonios internos y externos para levantar cabeza.
Conversé con él en los tres juegos de manera formal e informal y hasta bromeamos, con la diferencia que ahora su bolsillo no está vacío, su mente está muy amueblada. Tiene la sabiduría de la experiencia, de resbalarse solo una vez en la misma cáscara de banano, no dos veces. Tiene 27 años y es joven, probablemente cometerá muchos errores como todos, pero el valor de donde está parado y el significado de la sencillez inculcada por sus abuelos lo tiene tatuado en la mente y corazón.