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Dervin Hernández: secuestrado, preso, ciego y deportado

Secuestrado, preso, ciego y deportado: la historia de un nica que quiso migrar a Estados Unidos

La apuesta de Dervin Hernández para cambiar su vida salió mal. Cuando por fin llegó a Estados Unidos, el infierno apenas estaba por comenzar

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Redacción Domingo

En catorce años de oscuridad, Dervin Francisco Hernández, reconoce que la migración solo le ha dado días tristes y, por circunstancias que más adelante conoceremos, este nicaragüense pasó de estar secuestrado a ser sentenciado como un contrabandista de personas en una prisión estadounidense. Perdió la vista, intentó quitarse la vida y sufrió deportación.

“¿Qué hubiera ganado si no me hubiera ido mojado?: Podría ver a mis hijos, pero no los conozco, la última vez que vi al mayor tenía once meses y ya va para los diecisiete años. Me fui viendo y regresé ciego”, dice.

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En 2007, Hernández, de 26 años entonces, vendió su carnicería en Estelí y decidió emigrar de modo irregular a Estados Unidos.

“Cuando llegué a la frontera de México el coyote me vendió a otro coyote. Yo llamé a unos familiares y les pedí que me enviaran el dinero para que me cruzaran al otro lado. Pero, me dejaron morir. Ni el teléfono me contestaron”.

En la casa de seguridad donde los mantenían se sentía presionado y preocupado junto a otros migrantes porque el “mero guía” le había advertido que de no conseguir el dinero “aquí mismo te perdemos güey”.

“Si yo voy a entregar productos salgo con mis hijos porque ellos son mis ojos”, dice Dervin Hernández al momento que posa junto a su suegro y el menor de sus hijos. FOTO Cortesía

A Dervin se le ocurrió que iba a sobrevivir con lo que mejor sabía hacer: cocinar. Pasó un mes cocinando y limpiando la casa, mientras ganaba tiempo para que le contestaran el teléfono sus familiares radicados en Estados Unidos.

Un día el guía lo llamó y le dijo: “Hagamos una cosa nica, voy a hablar con el mero jefe y le voy a preguntar a ver qué piensa, si él dice que te cruce yo te cruzo para ver qué pasa contigo”.

Los coyotes cumplieron. Luego de soportar tres noches de bajas temperaturas, sed y hambre en el desierto de Arizona, llegó al suroeste de Estados Unidos. Se presentó con el “mero jefe” quien ya había escuchado de él porque “se había portado bien” y le dijo que esperara su día de liberación.

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“Me pusieron otra vez al cuidado de la casa, pero de lado de Estados Unidos, A toda persona que iba llegando le tenía que dar de comer, a los “pollos” que iban llegando, ellos le dicen pollos a los migrantes. Había un muchacho que tenía un mes de estar ahí, yo escuché cuando le dice el mero jefe a otro: llamá y pedí la feria. Si a este bato no le responden ya, mátalo y lo tiras al desierto que se lo coman los buitres. El broder se metió en miedo y llorando llamó a un hermano. El hermano pidió que lo llamaran en una hora y esa llamada fue rastreada por La Migra”.

De pollo a pollero

Dervin tiene 40 años en la actualidad, fue diagnosticado con diabetes hace diez años y no oculta emocionarse al recordar que en 2007 cayó en manos de la justicia norteamericana. Mientras cuenta su testimonio a la Revista DOMINGO, hace pausas para tomar agua porque siente que se le baja la presión.

“Yo lo recuerdo como si fuera ahorita: ‘Nadie se mueva’. ‘Nadie se mueva’, los gringos lo repetían en inglés y español. Para entonces yo miraba, tenía buena mi vista y, como yo andaba con mis zapatos, con mi faja y los otros no porque allá le dicen a uno quítale los zapatos, quítale la faja, entonces se echa de ver quién es el que cuida y quién no. Me agarraron y me dijeron que yo era pollero. Y me acusaron de pollero”.

El Instituto Nacional de Migración en México mantiene que en el primer semestre del año 2022 han rescatado a más de cinco mil migrantes en al menos 49 operativos relacionados con tráficos de personas que viajaban a Estados Unidos, pero solo han sido detenido 67 personas. FOTO ilustrativa de Stefani Reynolds / AFP

Este nicaragüense dice fue capturado una madrugada de lunes junto a cuatro contrabandistas mexicanos, sin embargo, resalta que “los meros polleros” no fueron atrapados porque su rutina consistía en llegar por la mañana, pedir a los coyotes los números de los “clientes secuestrados” para exigir el dinero de rescate de la liberación y se iban.

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“Fui sentenciado a dos años de cárcel en la ciudad fronteriza de Phoenix. Según el abogado de oficio me estaba liberando de 16 años preso por siete cargos acumulados: secuestro, traficar personas, tenencia ilegal de arma y no sé cuáles más. La jueza me mandó a decir que si yo me declaraba culpable de terrorismo me tumbaba seis, para ellos quedé como un gran terrorista”.

Una vez más, Dervin Hernández se sintió acorralado y dice que aceptó declararse culpable porque fue la única propuesta que recibió en un país extraño. Aunque, desconoce si realmente en su expediente le eliminaron los otros cargos “porque a mí, papeles, no me entregaron”.

Perdió la vista en prisión

Cuando Dervin tenía once meses prisionero perdió la vista.

“El 17 de marzo de 2009 fue el último día que yo vi lo bonito del mundo”.

Como todas las mañanas, ese día le tocaba realizar labores en la cocina de la cárcel, pero cuenta que tenía planes y necesitaba una excusa para asistir al estadio a ver un juego de beisbol con otros compañeros y se hizo pasar por enfermo.

Dervin reconoce que hace catorce años el sueño americano se le convirtió en una pesadilla. “Mis días son tristes. Yo hubiera preferido perder mis pies y no la vista”. FOTO ilustrativa de Stefani Reynolds / AFP

Primero, se dirigió a Enfermería para que le dieran un reposo porque supuestamente le dolían los ojos y luego pidió permiso al capitán de la prisión para ausentarse.

“Eran casi las cuatro de la tarde cuando yo estaba de regreso en mi celda y llegaron unos policías a sacarme para hacerme una primera revisión a otra prisión en una ciudad llamada Albuquerque, Nuevo México, después me regresaron a mi celda anterior”.

Cuando son cerca de la siete de la noche, Dervin Hernández estaba siendo examinado de la vista en Enfermería. La revisión se suspende ante el sonido de la alarma y a la doctora le piden que se regrese rápido a la celda porque en segundos iniciará el conteo de los presos y todos deben estar acostados.

“Me dice váyase para su casa (celda) y aplíquese una gota en cada ojo. Yo me voy rapidito, custodiado, sabiendo que era una mentira mía no pude leer el gotero porque las letras estaban en inglés. Me lo apliqué y los ojos se me cocieron”.

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Sintió ardor y pateó del dolor. Gritó por auxilio. Los reos acudieron al llamado y presionaron un botón de emergencia que estaba en la pared y llamaba directamente a la sección de Enfermería:

  • ¡Auxilio, es una emergencia! Está un reo caído.
  • ¿Está tumbado en el suelo?
  • No, pero tiene mucho dolor.
  • ¿Está sangrando?
  • No, pero…
  • Entonces que se aguante.
  •  

Soportó una hora con dolor hasta que el conteo de prisioneros finalizó y los custodios llegaron a traerlo. “Lo único que me dijeron fue que me lavara la cara con agua y me dieron unas pastillas de ibuprofeno para desinflamar”.

Intentó suicidarse

Dervin no volvió a ver y en los primeros días cayó en depresión. Recuerda que dormía en una segunda planta y pensó lanzarse para acabar con su vida.

“Yo ya no sirvo para nada, mejor me voy a matar, pensé. Cuando en eso me vio el mexicano con el que fui a ver el juego y me agarró y me detuvo. ‘¡Hey nica! ¿Qué estás haciendo?’, me preguntó. Yo le dije: ¿para qué le voy a dar lástima a mi familia? ‘No lo hagas nica, piensa en tu morra y piensa en tu niño’. Me hizo reflexionar para no volverlo a intentar”.

Doce años atrás Dervin emprendió en la venta de chicharrones porque no quería ser carga para su familia. Confiesa que este negocio le ha dado la posibilidad de sentirse útil y le sirve de terapia. FOTO/ Cortesía

En total fueron diez meses los que pasó en cautiverio después de perder la vista. En ese período conoció que su caso no era único en la cárcel y algunos reos que fueron sentenciados como “polleros” les habían puesto inyecciones para no caminar o les cortaban un pie en la misma prisión, otros al igual que él habían perdido la vista.

“Yo me ponía a platicar en la cárcel con varios discapacitados y les preguntaba por qué estaban así y me decían que por pollero: ‘crucé una gente güey’, entonces yo saqué la conclusión que como me agarraron por pollero me castigaron. Lo hacen para que uno supuestamente no siga pasando gente. Yo lo comprendí demasiado tarde”.

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Este nicaragüense también buscó resolver sus inquietudes entre el personal médico quienes ocupaban a un traductor para explicarle, pero dice que solo reforzó su teoría que, perdió la vista adrede. “Me dijeron que fue por desprendimiento de retina, luego que agarré una infección por una garrapata y no lo creo porque esas prisiones son aseadas y así se sacaron el tiro”.

Deportado

Dervin Hernández volvió a Nicaragua el 17 de diciembre de 2009. Llegó deportado a Managua en un vuelo expreso. En el aeropuerto le entregaron 190 córdobas, para movilizarse a Estelí de donde es originario y recuerda que no reconoció el dinero.

“Cuando me fui no existían esas monedas ni los billetes porque me fui con una idea de cómo era mi país, mi ciudad y al volver ciego todo es diferente”.

El choque también fue para su familia. Su madre se desmayó al verlo.

Dervin entrenó a sus suegros Josefa y José para elaboración del producto que toma entre cinco y quince días de elaboración. Cuenta que la técnica está en secar bien la piel del cerdo para que cocinada resulte crujiente. FOTO/ Cortesía

A los dos años de estar en Nicaragua dijo que no se convertiría en una carga para nadie y emprendió en la elaboración y venta de “chicharrón” o “charrasca”, la piel del cerdo frita.

Ya son doce años de esfuerzo y trabajo en equipo que le han permitido gozar de fama local y espera algún día expandirse a otros municipios.

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Dervin Hernández entrenó a su suegra, doña Josefa Pérez, como freidora de pellejos para darles el punto hasta dejarlos crujientes y a su suegro don José Talavera le delegó el empaque, mientras él junto a sus hijos distribuyen el producto en mercados y pulperías de Estelí.

“Dios me ha dado la inteligencia de decir: ‘no te sientas menos que los demás porque estás ciego’. La tristeza de Dervin regresa cuando recuerda que la última vez que vio a su hijo primogénito, Maycol, tenía once meses y a Juran de once años no lo conoce. “Muchas veces me pongo a pensar: maldito el día que me fui. Perdí demasiado, pero Dios me da fuerzas para seguir”.

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