“Vi a mi amigo destrozado en los rieles”

Reportaje - 03.07.2022
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Esta es la historia de dos amigos que buscaban llegar a Estados Unidos cuando se les cruzó la tragedia. A uno de ellos el tren conocido como La Bestia le trituró las piernas y el otro saltó y se quedó socorriéndolo a costa de su propio sueño

Por Redacción Magazine

En noviembre de 2016, dos amigos salieron del norteño pueblo de Mozonte, a cinco kilómetros de Ocotal, rumbo a Estados Unidos en busca del llamado “sueño americano”. Dos meses mas tarde estarían regresando, uno sin sus dos piernas, con tres dedos de la mano menos y en los “puros huesos”, y el otro decidido o no volver nunca a tomar ese camino después del infierno que vivió.

A Dimas Figueroa un tren le cortó las piernas cuando cruzaba México. Miguel Ángel Landero, se tiró de ese mismo tren en marcha, corrió tres kilómetros y se quedó acompañando a su amigo herido y renunció al sueño americano.

Vamos a los personajes de esta historia. Dimas Figueroa bien podría ser el protagonista de aquel popular corrido de los Tigres del Norte que dice en una de sus partes: “La Migra a mí me agarró trescientas veces digamos, pero jamás me domó, a mí me hizo los mandados…”

Figueroa registra, no 300, pero si una decena de idas y venidas a Estados Unidos. Comenzó en viajar de forma irregular en 2005. La primera vez lo abandonó el coyote. Intentó avanzar solo, pero Migración mexicana lo obligó a regresar al país. A los seis meses se enrumbó con un amigo y llegó hasta Georgia donde se estableció por seis años. Volvió a Nicaragua para construir su casa. Pasó algunos meses en su pueblo y se devolvió a trabajar en campos agrícolas de Estados Unidos. Y así iba y venía, en por lo menos diez viajes en ocho años. “Todas las líneas crucé, de contrabando y mojado, pero jamás me rajé, iba y venía al otro lado…”.

Dimas Figueroa. FOTO/ CORTESÍA

Todo mundo sabía de las andanzas de Dimas Figueroa en Mozonte. Y vamos al segundo personaje. Miguel Ángel Landero era un joven soñador que vivía en Quisulí, una comunidad de Mozonte, y cada vez que Dimas estaba en el pueblo, Miguel Ángel aprovechaba para hacerle pregunta y oír sus historias. “Conozco todas las líneas, caminos, ríos y canales, desde Tijuana a Reynosa, de Matamoros a Juárez, de Piedras Negras a El Paso y de Agua Prieta a Nogales…”

Así comenzó entre ambos una larga amistad. Dimas le contó que a veces con cien dólares en la bolsa fácilmente emprendía el viaje sin problema. Conocía las rutas de cabo a rabo y no necesitaba contratar a ningún coyote. Oyendo esos relatos, Miguel Ángel se sentía animado de intentar migrar por primera vez.

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Cuando Miguel Ángel cumplió los 29 años supo que era momento de abandonar su comunidad. Tenía la ilusión de una mejor vida para él y su pequeña familia. Era padre de un niño que para entonces tenía seis años. Se presentó ante Dimas quien le aseguró que ya estaba listo para conquistar el sueño americano.

Ambos amigos pactaron salir del Nicaragua en noviembre de 2016, considerando que, para el 20 enero de 2017, Donald Trump tomaría posesión de la presidencia de Estados Unidos y conocían su política antinmigrante. Los planes de estos segovianos eran llegar antes del juramento del nuevo presidente para evitar ser afectados.

“Nosotros salimos un domingo 13 de noviembre. Salimos a eso de las once de la mañana, con dirección a Honduras, cruzamos Guatemala y después llegamos a México”, dice Miguel Ángel vía telefónica a la Revista MAGAZINE desde Quisulí.

Para avanzar por el país azteca, Miguel Ángel y Dimas, como muchos otros migrantes, se apostaban en trechos donde los trenes cargueros con rumbo al norte tienen que marchar a baja velocidad, para, corriendo a la par, subirse a esas enormes máquinas de hierro que bien merecido tienen el nombre de La Bestia.

Migrantes a la espera de abordar a La Bestia, en su esperanza de llegar a Estados Unidos. FOTO/ TOMADA DE INTERNET

Una de las técnicas usada por los migrantes antes de abordarlo es ocultarse para evitar que los maquinistas o conductores de la locomotora los vean. Asimismo, Miguel Ángel narra que dejaban pasar los primeros vagones y aprovechaban a subirse en los últimos. “Ellos cuando ven mucha gente lo que hacen es acelerar la máquina, entonces a uno le toca correr y montarse escondido”.

Viajaron sin coyote. Todo marchó bien, los primeros diecinueve días. Ninguno de los dos cargaba dinero solo el necesario para movilizarse. Ambos se las ingeniaban para dormir en casas de apoyo a migrantes centroamericanos. “Hay momentos que uno llega cansado y ya no quiere ni caminar y la verdad que esta gente brindan bastante apoyo”, reconoce Miguel Ángel seis años más tarde.

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Fue el 1 de diciembre de 2016, a las 12:30 del mediodía. Los segovianos viajaban en recostados en el techo de los últimos vagones de La Bestia. Habían viajado cuatro días sin descanso. Estaban hambrientos, desvelados y exhaustos. Al pasar por una pequeña localidad de nombre Pozo Blanco del Capulín, en el estado de Guanajuato, justo en el centro de México, el cansancio venció a Dimas. Se durmió y resbaló del lomo de “La Bestia”. Cayó en las ruedas.

“El tren comenzó a molerme un pie, después me agarró la punta del otro zapato y, como que me enredé. Me dio vueltas y me empujó con fuerza hacia afuera”, dijo Dimas a medios locales. Agregó que se encontraba soñando que lo estaban metiendo a un molino cuando despertó, el tren lo tenía a pocos centímetros.

Miguel Ángel se lanzó del tren sin pensarla dos veces. En ese momento la desesperación y la angustia se apoderó de su cuerpo en forma de adrenalina y volvió por su amigo. “Yo corrí como tres kilómetros hasta llegar donde estaba él”.

Mientras, el tren continuó su marcha. El cuerpo de Dimas yacía sobre las vías ferroviarias desangrándose. “Vi a mi amigo destrozado en los rieles, los maquinistas no se detienen, por nada del mundo y pase lo que pase. Creo que ni cuenta se dieron del accidente. Simplemente, yo no podía dejarlo abandonado allí y seguir sin él”.

La imagen era de terror. Miguel Ángel se impresionó tanto que se desmayó. Recuperó el conocimiento y esperaron casi un par de horas para recibir atención médica. Dimas, en cambio permaneció consciente.

Dimas, cuando regresó a Nicaragua tras sufrir el accidente en La Bestia. FOTO/ ARCHIVO

Dimas fue movido a un lado de los rieles. Pidió a Miguel Ángel que le comunicara a su familia en Mozonte sobre el accidente. A seis años de la tragedia, Miguel Ángel Landero aún recuerda que marcó el teléfono con miedo. Estaba angustiado. Las manos le sudaban y la boca le temblaban. Temía que al momento de hablar no le saliera la voz y buscó ayuda porque él no reunió valor. “Lo peor para mí, fue avisar a la familia de Dimas. Yo era el único con Dimas y tenía pocas probabilidades de vida”.

La ambulancia de protección civil llegó una hora más tarde y fue trasladado unos 80 kilómetros al hospital San Luis de La Paz, en la ciudad de Guanajuato, donde a lo inmediato lo intervinieron quirúrgicamente. Los médicos le anestesiaron para amputar sus piernas y dos dedos de la mano izquierda. No le daban muchas esperanzas.

Mientras tanto, en Mozonte la noticia comenzó a correr como pólvora. “En el pueblo, todos sentían lástima de decirnos sobre el accidente. Fuimos los últimos en saberlo”, recuerda Elvia Guadalupe Pérez, esposa de Dimas. Se encontraba en una actividad escolar cuando una vecina llegó con el mensaje. La noticia la impresionó. Se desmayó y lloró. “No lo creíamos hasta que nos mostraron una foto en la camilla del hospital y vimos que era Dimas”.

Miguel Ángel cuenta que tuvo pesadillas de la tragedia por casi dos años. Sentía que no había superado los traumas del viaje. “Es algo que uno nunca va a olvidar. Lo tengo claro como si fuera ayer, lo que uno tiene que hacer es vivir con el recuerdo, pero olvidar jamás. Superarlo sí es necesario, para sobrevivir”.

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“La vida le cambió de un momento a otro. Se vio sin sus piernas y sin dedos. Fue un golpe demasiado fuerte”, recuerda Miguel Ángel que su amigo despertó al siguiente día del accidente y estaba desconcertado ni siquiera recordaba lo ocurrido. Fueron treinta y cinco días que Dimas permaneció hospitalizado en México.

Tenía su mente bloqueada. Recordaba el viaje, pero no entendía las operaciones en sus piernas. Miguel Ángel poco a poco le relató todo lo acontecido a Dimas. Lloraron con amargura en la camilla del hospital mexicano. En solo tres semanas de viaje, habían pasado, del sueño a la pesadilla. “Yo sinceramente prefiero ya no recordar el accidente porque siento lo mismo que sentí antes, una sensación fea”.

En Mozonte, su familia impulsó una campaña para su repatriación. Elvia cuenta que salieron a las calles a pedir dinero y realizaron distintas actividades para reunir los fondos. Buscaron apoyo con todas las autoridades del gobierno y con Migración y Extranjería. Valió la pena porque se logró gestionar el regreso de su esposo y su amigo. “Yo no recuerdo la cantidad exacta porque fue mi suegra quien estaba a cargo, pero nos costó muchísimo esfuerzo reunir ese dinero para retornar a los muchachos”.

"Me confié. Me monté al tren y me dormí", relató Dimas cuando regresó a Nicaragua. FOTO/ ARCHIVO

El 5 de enero de 2017, Dimas volvió a Nicaragua. “Estaba irreconocible. Solo era huesos. Yo lo cargaba para moverlo de un sitio a otro de la casa”, lamenta Elvia.

“Uno queda como traumado”, asegura Miguel Ángel, aunque se quedó unos días más en México, esperando su repatriación a Nicaragua. Perdió el interés de continuar su viaje a Estados Unidos a raíz de la tragedia de su amigo. Se negó a volver a montar “La Bestia”.

Agradece a Dios que regresó con sus dos manos y sus dos pies después de la travesía. Reconoce que al momento de emigrar pensó que iba preparado para todo lo que aconteciera en su trayecto, pero el accidente de Dimas le cambió su visión por completo y confirmó que psicológicamente le afectó.

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Desde el accidente de Dimas, cambió la economía familiar en el hogar de Los Figueroa. Cuando volvió estuvo postrado en una cama dos años, luego permaneció en una silla rueda casi cuatro años y no hace mucho empezó a dar los primeros pasos con prótesis en ambas piernas, gracias a una donación. Ha tenido avances en el proceso de sanación, sin embargo, su esposa dice que ya no es él mismo. “Sin sus piernas no puede trabajar igual. No voy a decir que no me ayuda, pero aquí en Nueva Segovia los trabajos son temporales”, se lamentó.

Por años, la carga completa del hogar cayó en los hombros de Elvia. Ella se ganaba el sustento familiar con empleos temporales como secado de café en la zona que a duras penas le generaba ingresos de 2,500 córdobas al mes. Tiene 37 años de edad y recientemente fue operada de una histectoromia abdominal. Se encuentra en proceso de recuperación y no puede trabajar. El matrimonio vive con su hijo Dimas. Tiene 16 años. Asegura que su hijo menor es el único que por ahora está aportando económicamente al sustento del hogar. Mientras, que su hija Berenice de 18 años cursa sus estudios de medicina en la capital.

Para Elvia el “sueño americano” es una ilusión que causa daño en la familia.

Su familia ha sido un sostén para Dimas. FOTO/ CORTESÍA

Recuerda que en seis años que Dimas trabajó en Estados Unidos. Ella recibía cerca de cincuenta dólares de remesa al mes que al cambio de ese momento eran casi novecientos córdobas. Con una media sonrisa de vergüenza confiesa que todo ese tiempo su esposo no hizo nada. “Solo alcanzó a comprar la casa donde vivimos y, al ser albañil, la hizo más grande”. Con las últimas noticias de tragedias de migrantes yendo a Estados Unidos, Elvia siente que ha revivido la propia y, casi siempre le solicita a su esposo que evite ver tanta información al respecto porque se va a traumatizar a lo que Dimas le responde que le gusta informarse de la realidad.

Miguel Ángel, vive con su esposa y su hijo de once años en una propiedad que heredó de su padre quien falleció hace seis meses. Lo poco que gana a duras penas le ajusta para el diario vivir. Desde hace casi seis años que volvió de su intento fallido de conquistar el sueño americano no ha podido levantar su casita. “Solo me queda luchar y luchar”, expresó vía telefónica antes de ingresar a la montaña para trabajar en labores agrícolas donde se pierde toda comunicación.

Está convencido que el sueño americano existe, aunque él no haya sido favorecido. “Yo sí creo en el sueño americano y sigo creyendo que buscar cómo salir adelante con la dirección de Dios, es posible”. Algunas personas se le acercan a pedirle consejos porque tiene el interés de emigrar. Miguel Ángel se limita a responderles que esa decisión es muy personal. “Hay situaciones y personas que tenemos ese sueño de sacar adelante a nuestra familia, y hasta yo me incluyo”.

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