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La Iglesia del silencio

El régimen ha arremetido de nuevo contra la Iglesia católica de Nicaragua, al cerrar siete radioemisoras de la Diócesis de Matagalpa que se dedicaban exclusivamente a difundir la palabra de Dios. Además la Policía allanó y profanó el templo parroquial de Sébaco y la capilla sagrada del Niño Dios de Praga.

Ante esto, el cardenal Leopoldo Brenes dijo al medio Portavoz Ciudadano que le pide al Gobierno “que detenga todo acto de violencia contra la Iglesia, los sacerdotes y la feligresía. Nosotros —dijo monseñor Brenes— no somos enemigos del Gobierno; la Iglesia predica el amor, la paz y la reconciliación. Todos estos actos contra la Iglesia son expresiones de violencia y nosotros responderemos con la palabra de Dios”.

Esta deplorable situación nos hace recordar a la “Iglesia del silencio” del siglo pasado. Así se le llamaba a la Iglesia católica de la Unión Soviética y demás países comunistas de Europa central y del este; de China, Corea del Norte y Vietnam en Asia, y de Cuba en América Latina, que sufría el rigor de la intolerancia y la persecución del Estado.

Aquellos regímenes totalitarios querían extirpar la religión de la conciencia humana, liquidar a la Iglesia y convertir en ateas a todas las personas.

Eran tres los procedimientos principales que utilizaban contra la Iglesia católica. Uno, imponer una iglesia paralela, separada de Roma, oficialista e integrada con un clero comprado o sumiso. Dos, reprimir a los católicos mediante encarcelamientos, torturas, deportaciones y delaciones hasta de los propios familiares que eran obligados a hacerlo. Tres, una campaña integral de ideologización para erradicar la fe religiosa y sustituirla con el ateísmo.

Florencio Hubeñak, un escritor argentino nacido en la antigua Checoslovaquia, doctor en Ciencias Políticas e Historia y profesor universitario, escribió un libro titulado precisamente Historia de la Iglesia del silencio. Este libro, se dice en su presentación, “refleja el drama religioso de millones de cristianos sometidos a la dura prueba del martirio, así como de los desplazamientos humanos, deportaciones y persecuciones constantes por regímenes
que enarbolaron la bandera del ateísmo y con el mayor desprecio por el hombre
lo sometieron a la prueba del pensamiento único”.

Al respecto el arzobispo metropolitano de la Arquidiócesis de la Madre de Dios, de  Moscú, monseñor Paolo Pezzi, escribió lo siguiente:

“Los protagonistas de esta historia son los fieles católicos, pero en algunos países y en ciertos períodos también cristianos de otras confesiones, sobre todo de la Iglesia ortodoxa, hombres y mujeres que pertenecieron y pertenecen a la Iglesia en este tiempo y en este espacio geográfico. Son ellos, miembros de la Iglesia de Cristo, quienes han estimulado y alimentado toda la vida que ha latido hasta la donación total de sí mismos en la sangre del martirio. Los miles de hombres y mujeres que han sufrido la persecución de los regímenes comunistas y han mantenido con dolor y sacrificio pura y firme su fe, contribuyendo así a un nuevo humanismo”.

Por su parte, el sacerdote y teólogo católico español, José Carlos Martín de la Hoz, comentando el libro La historia de la Iglesia del silencio ha escrito que “la restauración de la Iglesia en Rusia, en los países del antiguo bloque soviético y en algunas zonas de China, muestra que la Iglesia gobernada por el Espíritu Santo tiene su arraigo en la familia y en el santuario de la propia conciencia, donde Dios es y seguirá siendo divino consuelo y sustento para la existencia”.

Por supuesto que esto es válido también para la perseguida Iglesia católica de Nicaragua.

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