Vivir la cruz

Frecuentemente escuchamos personas que se quejan diciendo que sus cruces son muy pesadas. Otras la comparan con las de otras personas. En fin, andan con cara de desánimo, frustración, pena y dolor por lo que les ha tocado vivir.

Jesús vislumbró su sufrimiento: «El Hijo del Hombre tiene que sufrir mucho y ser rechazado por las autoridades judías, por los jefes de los sacerdotes y por los maestros de la Ley. Lo condenarán a muerte, pero tres días después resucitará”. (Lc. 9, 22).

El madero de la cruz, en tiempos de Jesús, efectivamente era signo de muerte destinada a criminales. Pero el madero de la cruz y cargar nuestras propias cruces no significa lo mismo.

La fuerza de las injusticias y la voz profética de Jesús lo condujeron a predicar el amor, la justicia, la alegría, la solidaridad y un mundo mejor. Eso le costó la vida. Jesús vivió en total donación y entrega al pueblo sufriente y por eso murió en el madero.

Fue la envidia, el egoísmo y el afán por el poder de una minoría pudiente que le condujeron a ser asesinado. Aun así, el Maestro sigue trayendo la salvación y nos ayuda voluntariamente a vivir como bendición y amor.

También Jesús nos invita: “Si alguno quiere seguirme, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz de cada día y que me siga”. (Lc. 9, 23).

Muchas personas interpretan cruz, como parte de la carga que deben llevar en su vida: una relación tensa, un trabajo ingrato, una enfermedad física. Con orgullo de autocompasión, dicen: Esa es mi cruz que tengo que llevar. Tal interpretación no es lo que Jesús quiso decir cuando dijo: Toma tu cruz y sígueme.

Lo que sí significa es estar dispuesto a morir para seguir a Jesús. Esto se llama, morir a sí mismo. Es un llamado a la entrega absoluta. Cada vez que Jesús mandó a llevar la cruz, Él dijo: “Porque el que quiera salvar su vida, la perderá, pero el que pierda su vida por mí, la salvará. ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, y sin embargo pierde o se destruye a sí mismo?” (Lc. 9, 24-25). A pesar de que el llamado es duro, la recompensa es inigualable.

Seguir a Jesús es fácil cuando la vida se ejecuta sin problemas, nuestro verdadero compromiso con Él se pone de manifiesto durante las pruebas. Jesús nos aseguró que las pruebas vendrán a sus seguidores (Jn. 16, 33). El discipulado exige sacrificio, y Jesús nunca ocultó ese costo.

Aunque hay momentos de dolor y de sufrimiento, el camino de la vida es una invitación para aprender a amar, compartir y vivir desde la alegría de la esperanza. Nuestras cruces nos ayudan a encontrar nuevos sentidos a la vida.

No se trata de vivir jubilosos cuando nos vemos enfrentados al dolor. Más bien, todos podemos encontrar valor y crecimiento personal de la mano del Dios que escucha nuestro clamor y que baja a socorrernos cuando el camino se hace arduo y pesado.

El compromiso con Cristo significa tomar su cruz cada día, abandonando sus esperanzas, sueños, posesiones, incluso su propia vida si es necesario por la causa de Cristo. Solo si voluntariamente, toma su cruz puede ser llamado su discípulo (Lc. 14, 27).

La recompensa vale la pena el precio. Jesús siguió su llamado de morir a sí mismo («Toma tu cruz y sígueme») con el don de la vida en Cristo: «Porque el que quiera salvar su vida, la perderá, pero el que pierda su vida por causa de mí la encontrará» (Mt. 16, 25-26).

Que podamos, bajo la fuerza del Espíritu, descubrirnos para encontrarnos con el Resucitado y, así negar nuestro yo para detectar la presencia de Dios quien siempre auxilia, bendice y fortalece. Así podremos caminar con nuestras cruces con la misma alegría esperanzadora del Maestro.

El autor es sacerdote católico.

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