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LA PRENSA/ ARCHIVO

Nicas en el mundo: Los que se fueron para no volver

Aunque llevan a Nicaragua en el corazón, no planean regresar. Su vida está lejos de la tierra que los vio nacer. Te contamos cómo estos nicaragüenses salieron del país y encontraron un motivo para no volver.

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De Tipitapa a Holanda

Francisco Reyes Altamirano tiene 25 años viviendo en Holanda. “Es el mejor país del mundo”, cuenta, mientras empieza a nombrar cada una de las bondades que tiene ese pequeño país europeo.

“Se usa mucho la bicicleta, la gente no te discrimina, es bien seguro. Vos podés estar en el parque a medianoche con tu computadora y nadie te hace nada. ¿Podés hacer eso en Nicaragua?”, cuenta.

Francisco salió de Nicaragua en 1983 junto a su familia, cuando él tenía 14 años, después de que su hermano mayor y su padre fallecieran en el Servicio Militar Patriótico (SMP). La familia es originaria de Tipitapa, y en ese tiempo, recuerda Francisco, era una ciudad que permanecía militarizada.

Como él era el único hijo que le quedaba a su mamá, ella hizo todo lo posible por sacarlo del país y lo envió a Costa Rica con un primo.

En Costa Rica, Francisco pudo terminar de estudiar su secundaria y a los 19 años se fue con su mamá a los Estados Unidos, pero a él no le gustó. “Me discriminaban por ser latino. Una vez me golpearon y me dijeron en inglés que me regresara a mi país”, cuenta.

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En los Estados Unidos, Francisco trabajó en construcción, y tiempo después, su madre falleció y como él ya no tenía nada más en los Estados Unidos, decidió irse a vivir a Europa con su primo, con el que había vivido en Costa Rica y que en ese momento estaba estudiando en Alemania.

Francisco vivió dos años con su primo. Aprendió a hablar Alemán y trabajó en varios lugares, sobre todo en hoteles y restaurantes. Fue en un hotel, donde Francisco conoció a una holandesa llamada Sherida Van Veenendal.

“Era una mujer preciosa y me sonreía y yo no hallaba que hacer”, recuerda Francisco. Cuando la holandesa estaba por dejar el hotel, Francisco se llenó de valor y le pidió su número y ella se lo anotó en un papel.

Días después él llamó a ese número. Primero le respondió un hombre y en un segundo intento, fue la holandesa quien le respondió y le dijo que había sido su papá el que había contestado el teléfono la primera vez.

Francisco dice que cuando los exiliados nicaragüenses realizan actividades opositoras en Holanda, él procura participar. CORTESÍA

Después, ella lo invitó a visitarla en Holanda, y con el tiempo, el nicaragüense y la holandesa terminaron por casarse y ahora Francisco tiene doble nacionalidad. Ya tienen 10 años de casados, pero todavía no se deciden a tener hijos.

La última vez que Francisco estuvo en Nicaragua fue en 2010 porque fue a visitar a sus familiares y resolver varias cosas pendientes que dejó su mamá, dice. “Estaba muy diferente Nicaragua. Ya había vuelto Daniel Ortega y yo siempre dije que ese iba a hacer desastres como ya había hecho”, relata.

Ahora, Francisco dice que no tiene planes de regresar a Nicaragua y que si vuelve sería con su esposa para que ella conozca su país, pero que su vida está en Holanda.

Chef en Ibiza

Aníbal Guido Hernández es un esteliano que salió de Nicaragua junto a su familia a finales de los ochenta, debido a la guerra civil en la que se encontraba el país en aquel entonces. Él tenía ocho años cuando su familia migró primero hacia Panamá.

Desde pequeño, Aníbal supo que quería dedicarse a la cocina. Él se ponía a ayudarle a su mamá, a su abuela y a sus tías cuando estaban preparando el almuerzo o la cena, y a veces se ponía a inventar platos, pero lo regañaban porque desperdiciaba la comida, cuenta entre risas.

A los 20 años, Aníbal se fue a trabajar a Curazao como camarero en varios restaurantes. “Mi sueño siempre fue convertirme en chef y con algo tenía que empezar, así que acepté ser camarero”, relata.

En esa isla del caribe trabajó dos años y luego emigró a España en donde también empezó trabajando como camarero. En los restaurantes que trabajaba, Aníbal poco a poco se fue integrando a la cocina. Primero estuvo como lavaplatos y después fue ayudante de cocina por cinco años.

Aníbal Guido Hernández, chef nicaragüense en Ibiza, España. CORTESÍA

Durante ese tiempo, Aníbal fue estudiando para convertirse en chef. En 2017, a sus 36 años, el hombre pudo completar sus estudios y en 2020 recibió un diploma de máster de alta cocina.

Hoy, Aníbal tiene 41 años y vive muy ocupado. Acepta hablar con la Revista DOMINGO rápidamente, mientras se da unos minutos para almorzar. Ahora trabaja como chef en un restaurante en Ibiza, una isla de España ubicada en el mar mediterráneo. Su especialidad, dice Aníbal, es el sushi.

En Ibiza vive con sus dos hijos a quienes planea llevarlos a Nicaragua para que conozcan sus raíces, comenta. “Ya irme a vivir a Nicaragua está difícil porque aquí está mi vida, mi familia, mi trabajo. Sería dejar todo por lo que he luchado, pero siempre llevo a mi país en mi corazón, eso sí”, indica el chef.

Nueva generación

La alarma de Kerstin Sofía Miranda Murillo suena a las cinco y media de la madrugada de lunes a viernes. No quiere despertarse, pero a las ocho de la mañana tiene que estar en el call center donde trabaja y que le permite financiar su carrera de artista.

Miranda Murillo tiene 23 años y prefiere que le llamen “Morena”, porque ese es su nombre artístico. Es originaria de Masaya, pero desde agosto de 2018, cuando tenía 19 años, vive en San José, Costa Rica. Llegó a este país después de la Operación Limpieza que desató la dictadura de Daniel Ortega en su ciudad.

“Venía con la esperanza de que iba a ser temporal. Unos tres meses porque Daniel Ortega se va a ir, pero no”, comenta. Ahora, Morena ya se acostumbró a las mañanas frías de San José que cada vez le provocan más sueño cuando saca a pasear a su perrita “Canela”.

Morena se dedica a la poesía, la música y las artes escénicas. Empezó su formación musical en 2015 y escogió la guitarra como su instrumento principal. En 2016, publicó su primer poemario titulado “Corazón Desnudo”, y en cuyos poemas aborda temas como el amor, el erotismo y la protesta social.

El nombre artístico de Kerstin Sofia Miranda es “Morena”. CORTESÍA

Estudiaba Arquitectura en la Universidad Centroamericana (UCA) y se vinculó a las protestas de abril de 2018 recitando poemas alusivos a la Rebelión de Abril. Tras la Operación Limpieza en Masaya, sintió temor y por su seguridad decidió exiliarse en Costa Rica. Desde entonces, su vida está en ese país.

Cuando llegó a Costa Rica, pudo apoyarse en amigos y conocidos que le acondicionaron diferentes lugares para dormir, hasta que pudo empezar a ganar un poco de dinero gracias a su arte.

Padece de asma, pero en ese momento no requirió de atención médica y por ello, dice sentirse afortunada porque habría sido difícil conseguir esa atención si hubiese padecido alguna crisis.

Morena cuenta que el arte para ella fue como su refugio, porque tuvo que esperar más de seis meses para obtener un permiso laboral, y durante ese tiempo se dedicó a recitar poemas en algunas actividades, a cantar y tocar en conciertos. También participó como actriz en una serie de producción nicaragüense sobre exiliados en Costa Rica.

La joven tiene estudios técnicos en Diseño Gráfico y relata que, cuando obtuvo su permiso laboral, envió solicitudes a varias empresas para trabajar como diseñadora, pero jamás recibió respuesta.

Sin embargo, como habla inglés, Morena optó por un call center y desde 2020 trabaja en este tipo de empresas. Asegura haber encontrado estabilidad en algo en lo que no se especializó, pero que le permite financiar sus proyectos y su carrera artística. “Tuve que madurar mucho más rápido de lo normal”, comenta.

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Su obra más reciente llamada “Condena” es un trabajo que combina producción musical, composición, poesía, actuación, y producción audiovisual para contar una historia de pasión, amor y dolor.

Morena no sabe si volverá a Nicaragua en el corto o mediano plazo. Costa Rica ya le aprobó su refugio y ella ha hecho su vida en este país. Dice que le gustaría regresar a Nicaragua ya sea para invertir o para abrir una academia de arte.

“Aunque Daniel Ortega se vaya, no volvería inmediatamente porque uno tiene que aspirar a crecer lo más que pueda y lamentablemente Nicaragua no nos ofrece eso”, valora.

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