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El amor es el arte de vivir

En muchas ocasiones confundimos el amor con un deber, con una ley, con un mandamiento a cumplir y acatar y, con ello, le rebajamos de categoría o el mal uso de su término nos conduce a trivializarlo.

Cuando el amor lo convertimos en ley o mandato a cumplir, el amor se hace odioso. Cuando el amor se legaliza, se esclaviza y achica. Cuando el amor es una obligación, deja de ser amor. Cuando el amor es una palabra banal se pierde.

El amor traspasa los muros de la ley. El amor es vida y la vida es amor. El amor es la esencia de la vida: vida con mucho dinero, pero sin amor, no es vida. Vida con mucho placer, pero sin amor, no es vida. Vida con mucha ciencia y sabiduría, pero sin amor, no es vida.

El amor es la vida misma, por eso decía San Pablo en su carta a los Corintios: “Si no tengo amor, nada soy” (1Cor.13, 2).

Los cristianos hemos hablado mucho del amor como mandamiento y ley a cumplir, pero hemos insistido muy poco en el amor como la vida misma. En la medida que la vida sea más amor, más se dinamiza la vida, más crece y se despliega.

El amor es lo que hace que la vida se mire desde una perspectiva positiva y creadora. Se desarrolle en un ambiente de alegría y sabor agradable. Se sienta ligera y libre.

Se construya más allá de la distancia de nuestro propio yo. Se haga comunión. Se haga fe, esperanza y caridad.

Se sienta con fuerza para superar: todo egoísmo que infantiliza. Toda indiferencia que nos aísla. Todo rencor que nos encadena. Toda soledad que nos entristece.

Donde está el amor, está la vida. Vida sin amor no es vida. Quien no ama ni se siente amado es como un cadáver ambulante, una papa sin sal, un mar sin arena…

Jesús nos habla del amor como una novedad: “Un mandamiento nuevo les doy: Que se amen los unos a los otros como yo les he amado” (Jn.13, 34).

No porque el amor en el Antiguo Testamento fuera algo desconocido (Lev. 19, 18), sino porque a raíz de Jesús el amor adquiere una insospechable novedad: Amar al otro es una novedad porque no es amar a un cualquiera, es amar a un hermano (Mt. 23, 8).

Amar al hermano es una novedad en Jesús por su universalidad: el amor es a todos. El amor no tiene fronteras ni murallas (Mt. 5, 44).

Amar al hermano es una novedad por su significado: es el signo auténtico y válido de que amamos a Dios (Jn. 13, 35; IJn. 4, 20).

Amar al hermano es una novedad porque el amor ha tomado unas dimensiones infinitas: “Amar como Jesús nos ama” (Jn.13, 34).

En Jesús, el amor, más que un deber, es la exigencia de la propia vida. Vivir es amar, el amor es la vida.

Dios es amor (1Jn. 4, 16), es vida. Nosotros somos hijos del amor (1Jn. 4, 7). Lo nuestro es el amor (Jn.13, 34). Nada somos sin amor (1Cor. 13, 2).

Jesús confía a los discípulos el mandamiento de su amor, la verdadera señal que les autentifica como seguidores suyos. Su hora es la de la Pascua de su amor. Su amor hasta el extremo vence la muerte y renueva todo.

Como cristianos, hemos renacido en la Pascua amorosa de Jesús y este mandamiento nos recuerda que nuestra existencia cristiana, en cuanto existencia pascual, es vivir realmente este amor el cual manifiesta en verdad que somos nuevas criaturas.

Vida sin amor no es vida, el amor es la única respuesta satisfactoria al problema de la existencia humana. El amor no es un deber; el amor es el arte de vivir.

El autor es sacerdote católico.

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