El que sabe servir es capaz de amar

Jesús, en la última cena, antes de dar a sus discípulos el nuevo mandamiento: “Ámense los unos a los otros como yo les amo” (Jn.13, 34), se puso a lavarles los pies (Jn.13, 4-11) y les mandó que ellos hiciesen también lo mismo (Jn.13, 14). ¿Por qué hizo Jesús este gesto? Por una sencilla razón: porque quería demostrarles que solo quien sabe servir, es capaz de amar.

Con Pedro, Jesús actúa al revés; primero lo examina sobre el amor: “Pedro, ¿me amas?” y, una vez que ha aprobado el examen, le dice: “Apacienta mis ovejas” (Jn. 21, 15-17). Con ello estaba diciéndole: el cargo que te voy a dar es una misión de servicio y solo sabe servir quien es capaz de amar.

Por ello lo propio del cristiano en todos los ámbitos de la vida es servir. Lo propio nuestro, desde el papa al más pequeño de los cristianos, es servir.

Cuando los discípulos estaban peleando por el poder, Jesús se les acerca y les dice: “Ustedes saben que los que se consideran jefes de las naciones, las gobiernan como si fueran sus dueños, y los que tienen algún puesto, hacen sentir su poder. Pero no sea así entre ustedes. Al contrario, el que quiera ser el más importante entre ustedes, que se haga el servidor de todos y el que quiera ser el primero, que se haga siervo de todos. Así como el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir” (Mc.10, 42-45).

Cuando optamos por el poder sin amor ni servicio, aplasta con mucha facilidad; el poder oprime y anula a los demás. La historia del poder mal utilizado ha sido muy lamentable, nos ha llevado hasta la guerra.

Solo hay una manera de amar y es sirviendo. Se cuenta que un joven, decepcionado por la falta de solidaridad en el mundo, se escapó a la montaña a vivir en soledad. Un día, en uno de sus paseos, se dio cuenta de algo muy extraño: una liebre estaba dándole de comer a un tigre que estaba malherido.

La misma escena la contempló durante varios días, hasta que el tigre empezó a valerse por sí mismo. Aquello le impresionó tanto que se dijo: “Si esto lo hacen los animales ¿por qué no lo podemos hacer las personas?” Y se bajó de la montaña a la ciudad para hacer la experiencia: se tiró al suelo simulando que estaba herido y se puso a esperar que alguien le ayudara.

La gente pasaba por su lado, pero nadie le hacía caso. El joven cada día estaba más flaco y estuvo a punto de agarrar una grave enfermedad. Entonces empezó a ponerse enojado y a pensar que la humanidad no tenía remedio. De pronto, oyó una voz que le decía: “Mira, deja de hacer de tigre y empieza a comportarte como la liebre”.

Y es que todos soñamos en ser tigres y ninguno en ser liebre, en el poder, en sentirnos más que los demás, en creer que todos deben estar a nuestro servicio, pero nosotros no tenemos que servir a nadie. El afán de poder lo llevamos en las entrañas, pero muchas veces somos incapaces de servir y hasta lo creemos una humillación. En nuestra vida de creyentes el poder mal empleado no debe tener cabida sino el servicio.

Por eso, el orgullo y alegría más grande que podemos tener en la vida, es ver que hemos sido útiles y hemos estado siempre al servicio de los demás. El orgullo de nuestra fe debe ser servir. Ya lo decía el poeta Tagore: “Yo dormía y soñaba que la vida era alegría. Desperté y vi que la vida era servicio. Serví y vi que el servicio era la alegría”.

El que sabe servir es capaz de amar. 

El autor es sacerdote católico.

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