El valor del respeto

En la medida en que cambie mi actitud de enjuiciar a los demás y me abra a olvidar el pasado y llenarnos de esperanza porque es posible un futuro distinto en el que brote agua en el desierto y corran los ríos en el desierto (Is. 43, 19-20). Como lo vivido por San Pablo hablando de sí mismo: “Olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que está por delante, corriendo hacia la meta, al premio al que Dios me llama desde lo alto en Cristo Jesús” (Fil. 3, 13).

Jesús, nos invita a cambiar actitudes en la vida y construir el sueño de un “hombre nuevo”: “Déjense de tirar piedras a los demás… Dejen de condenar a los otros y demos siempre la mano para abrazar a todos y salvar” (Jn. 8, 1-11).

Tenemos actitudes en la vida que dañan la convivencia y nos echan en cara la enorme falta de respeto que aún tenemos hacia los demás. ¿Es que no nos damos cuenta que el respeto al otro es lo más elemental que debemos tener todos, si, en verdad, queremos construir una sociedad en la que se haga posible llevar a cabo una convivencia feliz?

El valor más importante en un ser humano es el respeto. Cuando una persona tiene respeto, el resto de los valores se dan solos; si respetas brindas libertad, si respetas vives mejor con las personas que te rodean; por eso, vamos a practicar el respeto, vamos a dejar de hacer esas cosas que violan la dignidad de los demás… Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz.

Pero no; seguimos pensando que nosotros somos los perfectos, los que poseemos la verdad, los únicos que valemos y lo sabemos todo, los únicos santos y, por eso, somos capaces de condenar, como los escribas y fariseos: Ellos se creían, falsamente, no solo los entendidos de la sagrada escritura, sino también los santos, los perfectos; por eso, Jesús, con toda autoridad, les hace ver su hipocresía: “Aquel de ustedes que no tenga pecado, que le arroje la primera piedra” (Jn. 8, 7).

¡Y todos se fueron yendo, empezando por los más viejos! Porque cómo dice el refrán: “Cuanto más viejos, más chismosos”.

No es con pedradas ni con faltas de respeto al otro como se construye un una comunidad, una familia, una vida, un país, sino uniendo el esfuerzo de todos, brindando misericordia, promoviendo el perdón y la misericordia, dando una oportunidad al que ha fallado en la vida…

No es con sangre ni con latigazos como se corrige al que anda por mal camino, sino brindándole la oportunidad de que se corrija y se salve.

No es con pedradas como se iba a salvar la mujer adúltera. La violencia solo engendra violencia. La misericordia, sin embargo, engendra salvación y paz.

No es pisoteando al otro como le vamos a levantar de sus caídas, sino dándole la mano para que pueda levantarse.

No es marginando como se crea una sociedad más justa, sino haciendo que todos tengan la posibilidad de gozar de pan y de paz.

Nosotros hoy seguimos tirando piedras, condenando y hundiendo a los demás con nuestro rechazo; se nos hace muy difícil brindar la mano para crear reconciliación. No hemos aprendido que el valor del respeto, el perdón, es lo único que nos salva.

Más vale una mano amiga que se brinda para salvar, como la de Jesús ante la mujer adúltera, que mil pedradas que se lanzan para condenar. Jesús no humilla a la mujer adúltera, la misericordia de Dios es grande. Es la actitud divina que abraza, es la entrega de Dios que acoge, que se presta a perdonar.

El Señor jamás se cansa de perdonar. ¡Jamás! Nadie puede verse excluido de la misericordia de Dios. Por eso, se puede decir que la misericordia es el carné de identidad de nuestro Dios.

El autor es sacerdote católico.

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí