En la Parábola del Hijo Pródigo (Lc. 15, 1-32). Dios es un padre bueno, amoroso, el Abba, el papito y en los dos hijos podemos ver el retrato de cada uno de nosotros. Tres son los personajes, pues, principales de la parábola:
Un papito que es todo corazón, dedicado exclusivamente a sus hijos con amor sin límites y dos hijos, que solo piensan en sí mismos, encerrados en el santuario de su yo.
Un papito que trabaja y se afana para dar a sus hijos lo mejor y dos hijos que malgastan y botan sin interesarle mucho el sudor de su padre.
Un papito que siempre perdona porque siempre ama y dos hijos irresponsables que no les importa malgastar su vida cayendo en las trampas de los falsos valores que la sociedad les brinda.
Un papito que respeta al sumo la libertad de sus hijos y dos hijos que no saben merecerse la confianza del padre y convierten la libertad en libertinaje.
Un papito que sufre y llora las experiencias erradas de sus hijos y dos hijos que no les importa que el corazón del padre se deshaga en lágrimas por ellos.
Un papito que nunca se cansa de esperar la vuelta de sus hijos y dos hijos que creen que, si vuelven a la casa paterna, el padre les va a rechazar o los va a castigar convirtiéndolos en esclavos (Lc. 15, 19).
Un papito que hace fiesta ante los hijos que vuelven y dos hijos que son incapaces de sentir la felicidad que el padre siente al ver que, de nuevo, sus hijos están en la casa paterna.
Nosotros somos fieles retratos de los dos hijos de la parábola; nuestro Dios, el Dios de Jesús, es el fiel retrato del papito.
Todos los dioses que nos han dado o nos hemos forjado nosotros mismos, si no están en sintonía con el papito de la parábola, son ídolos, no son el Dios de Jesús. Nosotros tenemos mucho parecido con los dos hijos de la parábola; ahora nos hace falta que nos demos cuenta que debemos parecernos muchísimo más al papito Jesús.
Tenemos que empezar a sentir, como el papito, que toda persona vale, por el hecho mismo de ser hijo de Dios y hermano nuestro. A amar incondicional y desinteresadamente como el Padre ama, con un amor compasivo y misericordioso.
A respetar hasta lo último la libertad de los otros, como el papito la respeta y orar con mucha fe por los que desvían el camino. El amor auténtico, como es el amor del papito, nunca esclaviza, siempre libera.
A estar siempre dispuestos a dar la mano para levantar, como el papito lo hace. A sentir la alegría del perdón y de la reconciliación porque el perdón siempre salva; por eso, merece que termine siempre en fiesta, como lo hace el Padre.
Ese papito es lleno de gestos: ve venir a su hijo pródigo, se enternece, se conmociona, corre y llena de besos. No le interesan las explicaciones. No pregunta a qué vuelve ni por qué. Y corta el discursito que el hijo intentaba soltar. Ni hace caso de lo poco que le pide su hijo.
En cambio, tira la casa por la ventana, dando saltos de alegría porque tiene al hijo de nuevo en casa. Aún tendrá que hacer esfuerzos para que aprenda lo que es ser hijo y descubra de una vez cómo es de verdad el corazón de su padre y cómo se vive en aquella casa. Sin humillaciones, castigos, condiciones ni exigencias. Solo el deseo y el empeño de que sea y se comporte como hijo. Ese es mi Dios, ese es mi papito.
El autor es sacerdote católico