Creo en Dios compasivo y misericordioso

La verdad es que muchas veces hemos escuchado a personas que están pasando por momentos difíciles decir palabras como estas: “Pues yo se lo digo a Dios de verdad: Para que esté sufriendo como fulanito, mejor que me quite la vida”.

Creo que esta era la misma forma de pensar de aquellos que se acercaron a Jesús a preguntarle sobre la matanza que realizaron los romanos a unos galileos en el Templo de Jerusalén o de aquellas dieciocho personas que murieron al caer la torre de Siloé.

Es la cuestión de siempre: ante las desgracias que nos ocurren parece que lo más espontáneo que nos viene a la cabeza es echarle la culpa a Dios, como si a nuestro Dios, el Dios de Jesús en el que creemos, le encantara hacernos sufrir .

Esta manera de reaccionar ante las desgracias nuestras o de los demás no es propia de la gente sencilla y humilde, he escuchado a muchos decir: “Esto ha sido castigo de Dios”.

Esta manera de hablar de Dios como el que se goza mandando el mal para hacer sufrir a la gente, unas veces por castigo, otras veces para probarlos y otras porque los ama o no se sabe por qué, no es el Dios que nos reveló Jesús

El padre Anthony de Mello cuenta que terminada la Segunda Guerra Mundial, una señora le comentaba a otra: “Durante los bombardeos Dios ha sido muy bueno con nosotros, rezábamos sin parar… ¡Y todas las bombas caían en la otra parte de la ciudad!” Cuántos religiosos y laicos en Ucrania oran y se entregan a los demás para ayudar.

Así pensaban los que se acercaron a Jesús (Lc. 13, 1-9) y así seguimos pensando en el siglo veintiuno. Este Dios sigue muy vivo en nuestros hogares y, sobre todo, en nuestros hospitales donde permanentemente está presente el mal, el dolor, las lágrimas y el sufrimiento de los hombres.

Este Dios no es el Dios de Jesús y así se lo dice a quienes se acercaron a Él y así nos lo grita también hoy a nosotros. El Dios en quien yo creo, no nos manda el problema, sino la fuerza para sobrellevarlo.

Dios no es como nosotros que no descansamos hasta que nos paguen todo el daño que nos han hecho. Dios no es vengativo.

Dios es: “El que es… El Dios de Abraham, Isaac y Jacob” (Ex. 3, 14-15). Es decir, el Dios que se hace historia con nuestra historia, el Dios que camina con su pueblo, el Dios que ríe y llora con su pueblo, el Dios que libera (Ex. 3, 8).

Dios no es un verdugo de los hombres, que todo se lo guarda para cobrárselo más tarde o más temprano; Dios no nos “espera en la bajadita” para vengarse de nadie.

El día en que ante el sufrimiento de la enfermedad o de la dureza de la vida, nuestra sensibilidad espontánea no reaccione diciendo: “Señor, ¿por qué me mandas esto? ¿Qué mal te he hecho?”; sino más bien: “Señor, sé que esto te duele como a mí y más que a mí; sé que tú me acompañas y me apoyas, aunque no te sienta…”

Ese día el Dios de Jesús recuperará para nosotros su verdadero rostro. A lo mejor ese día comprenderemos y estamos plenamente seguros que Dios es el gran compañero que sufre con nosotros y nos comprende.

Dios no es vengativo; Dios siempre es amor. Dios es amor, verdad inconfundible.

Dios es apoyo y consuelo en el dolor, la tristeza, la enfermedad… Y es tal su inmensidad, que ante su amor no existe el imposible. El cristiano cuanto más ofrece, entrega y encomienda su vida y dificultad a Dios que es compasivo y misericordioso, sabe que más al cielo se acerca.

El autor es sacerdote católico.

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí