No pocas personas atribuyen el desordenado rumbo que ha tomado Latinoamérica al supuesto descuido de administraciones estadounidenses que no han comprendido, anticipado, diagnosticado ni respondido oportunamente a los retos sociales y políticos de la región.
Sin embargo, la capacidad de las agencias de Inteligencia norteamericanas, civiles y militares en sus múltiples ramas, con tecnología sofisticada conocida y no conocida, más contribución de socios internacionales, no está en duda. Sabido es que reportes al Ejecutivo y comités claves del Congreso son clasificados. Por su parte, las embajadas alrededor del mundo tienen fuentes de información que permiten elaborar anualmente un informe del país al que están asignadas, abarcando temas y casos sensibles, que son publicados por el Departamento de Estado. Es de asumir que las sedes diplomáticas también transmiten valoraciones periódicas adicionales.
¿Cómo explicar, entonces, lo que parece inercia estadounidense hacia la región? ¿No interesa Latinoamérica? Habrá quienes opinen que, si se ha informado con precisión la realidad de naciones y gobiernos, incluyendo recomendaciones, estas encontraron obstáculos insalvables en escritorios y pasillos de los burócratas. ¿O quizás han sido otras las consideraciones que han primado?
Siendo que los presidentes Jimmy Carter (1977-1981), Ronald Reagan (1981-1989), George H. Bush (1989-1993) y Bill Clinton (1993-2001) tuvieron conocidos enfoques, unos valorados débiles y otros fuertes, me refiero a lo que pudiera considerarse —salvando variables— el denominador común entre los presidentes George W. Bush (2001-2009), Barack H. Obama (2009-2017), Donald J. Trump (2017-2021) y Joseph Biden (2021 a la fecha).
Como recordatorio: el mundo cambió a raíz de ataques terroristas en 2001. Y si no todo el mundo cambió, Estados Unidos sí lo hizo; la fantasía de que la nación militar y económicamente más poderosa del mundo ya no lo es y se derrumba, es eso, una fantasía producto de desinformación, frustración, animadversión o repetición de propaganda enemiga; las encendidas discusiones partidarias, el ejercicio de libertad de expresión o acalorados debates políticos, lejos de ser muestras de debilidad, son precisamente lo contrario; finalmente la nación, cuando la política exterior defiende legítimos intereses nacionales, cierra filas.
Dicho esto y volviendo a las últimas dos décadas, aunque cada presidente imprime su sello particular en la Casa Blanca, que define y ejecuta la política exterior, resaltan —dejando a un lado la retórica ocasional— por simple observación, algunas consideraciones en relación con Latinoamérica y otras regiones. Entre estas: 1.- La advertencia, ya demostrada, que habrá respuesta contundente a quien represente amenaza real contra la seguridad nacional. 2.- En un mundo con economías interdependientes, sanciones o estímulos económicos y comerciales, se estiman de utilidad. Demuestran que se observa a dichos gobiernos, se aprueba o desaprueba su rumbo y fomenta esperanza en sus poblaciones. 3.- La promoción de valores democráticos, libertad y derechos humanos, a veces en tercia con sensibles intereses geoestratégicos, hace que en ocasiones los últimos sean priorizados o avancen paralelos, algo no siempre comprendido. 4.- Los pueblos deben aprender de sus errores y experiencia dolorosa, necesaria para evitar repetirlos. Unos maduran antes y otros después. 5.- La diplomacia pública y la privada tienen su momento. De la privada no se conoce de inmediato ni completa. 6.- Acciones deben ser preferiblemente acompañadas por aliados dentro o fuera de la región. 7.- Muy difícil apoyar con eficacia causas justas cuando no existe contraparte interna organizada o confiable. 8.- Hay países considerados muro de contención actuales o potenciales, y merecen una relación de mutuo beneficio. 9.- Se piensa estratégicamente a mediano y largo plazo. 10.- Voces exógenas son escuchadas, pero no son determinantes.
Seguramente estos no son todos los ejes ni herramientas que conforman la política exterior estadounidense. Cambios y ajustes ocurren en relación con circunstancias y dinámicas en particular, siendo las causas de los conflictos más importantes que los síntomas. No creo se haya “descuidado” a Latinoamérica. Estoy convencido que otros criterios intervienen, así como que nada escapa al radar y todo tiene su momento.
El autor es periodista.