En cuatro artículos de opinión publicados el mes pasado en LA PRENSA, Humberto Belli se erige como el estándar de la moralidad de los nicaragüenses y fustiga a quienes no comparten su particular interpretación de la “decencia” y la moralidad. Para Belli, no son “decentes,” o suficientemente “decentes,” los que no han sido formados dentro de la tradición judeo-cristiana, los cristianos que no van a misa, las parejas que no se casan o se divorcian, los que no practican “la castidad,” (27/12/21), los que viven el presente “sin planificar el futuro” (20/12/21), y los que no se indignan frente a las cosas que lo indignan a él (13/12/21). Y si nos atenemos a otros artículos de Belli, los nicaragüenses “indecentes” incluyen también a los homosexuales, las lesbianas, las feministas, los marxistas….
Frente a tanta “inmoralidad,” Belli propone organizar una cruzada evangelizadora liderada por un “puñado de ciudadanos […] influyentes” (13/12/21) que nos enseñen a leer y entender la Biblia tal como la entiende él. No hay que ser mal pensado para saber que Belli se ve, espada en mano y sobre un brioso caballo, liderando este “puñado” de buenos cristianos y virtuosos ciudadanos.
Carlos Muñiz (LA PRENSA, 04/01/22), responde a Belli y le dice que sus argumentos son “injustificados y sin prueba.” Efectivamente, casi nada de lo que Belli asegura está adecuadamente justificado o demostrado, a pesar de que firma sus artículos como “sociólogo” y que, por lo tanto, debería respetar al menos algunas de las normas de prueba y justificación que exigen las ciencias sociales.
Los nicaragüenses no somos ni amorales ni políticamente irresponsables, reclama Muñiz. En el caso de los pobres, continúa, ellos no tienen el tiempo o la energía, para priorizar la política, la institucionalidad democrática y otros temas que interesan a Belli porque “sus preocupaciones inmediatas, que son muchas, predominan.” Luego señala algo que los consensos académicos más fuertes generados por la sociología moderna, la sicología social, las corrientes más importantes de la filosofía y, sobre todo, el conocimiento generado por las ciencias cognitivas en las últimas seis décadas, coinciden en señalar: En el fenómeno de la moralidad social “todo va ligado.” Tanto “la educación,” como “la pobreza, [y] el subempleo,” sugiere Muñiz, condicionan la moralidad de los miembros de una sociedad y forman interrelaciones que no se deben ignorar.
La idea de que “todo va ligado” encuentra un sustento empírico y teórico en el principio de la “mente encarnada.” De acuerdo a este principio, nuestro cerebro opera dentro de un cuerpo que lo nutre y estimula. A su vez, este cuerpo, mediante sus capacidades sensorimotoras, estimula y es estimulado por su ambiente y su historia. De tal forma que lo que pensamos y creemos no es independiente de las condiciones socio-materiales en las que nos desarrollamos. Y aunque la educación que recibimos puede jugar un papel importante en la formación de nuestra moralidad, la “transmisión de valores” (20/12/21) que sugiere Belli jamás va a lograr, por ejemplo, que el soldador que recorre los barrios de Managua bajo el sol, anunciando sus servicios con la esperanza de conseguir el pan que necesitan sus hijos para sobrevivir, priorice, en su profundamente incierta vida cotidiana, la defensa de “el Estado de derecho” o la “libertad de expresión.” Preguntémosle a este hombre y a Belli lo que piensan de la “libertad de mercado” y entenderemos la sabiduría del refrán que dice: “Todo el mundo habla de la feria [de la vida] como le va en ella.”
Hoy en día, expertos en bioética como Peter Singer, sicólogas como Susan Carey, neurocientíficos como Jean-Pierre Changeux, expertos en la evolución del lenguaje como Robert Logan, sicobiólogas como Laila Craighero, Ned Block, y otros, confirman lo que algunas mentes brillantes intuyeron antes de ellos: nuestra moralidad no baja de las nubes, como piensa Belli, sino que es producto de nuestras experiencias como individuos, como seres sociales y como miembros de nuestra especie.
Si aceptamos que nuestras mentes están condicionadas por nuestras experiencias debemos también aceptar que en Nicaragua coexisten múltiples realidades sociales y, por lo tanto, múltiples moralidades que la debilísima formación de nuestro Estado, de nuestro sistema económico, y de nuestra identidad nacional, no ha logrado armonizar dentro de un sentido compartido del bien y de la ley. El reconocimiento de esta realidad debería movernos a indagar con seriedad, y sin arrogancia, lo que viven, sienten y piensan los nicaragüenses que no son como nosotros. Indagar, por ejemplo, lo que mueve a muchas personas honradas a votar por la impresentable pareja presidencial. Indagar también, por qué millones de nicaragüenses hemos abandonado la Iglesia dentro de la que Belli quiere que todos nos arrodillemos.
Solamente conociendo las complejas raíces de nuestras diversas formas de sentir y pensar, aprenderemos a apartar el trigo de la cizaña en nuestro sufrido país, y a cerrar, en vez de agrandar, los terribles abismos que nos separan.
El autor es profesor asociado del Departamento de Ciencia Política de la Universidad de Western Ontario, Canadá, catedrático de Teoría del Estado y Teoría Política Comparada.