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Desde que las instalaciones de LA PRENSA fueron tomadas y nuestro gerente general, Juan Lorenzo Holmann, fue detenido. ¡LA DICTADURA NO PUEDE OCULTAR LA VERDAD!

¿Tenemos mucha o poca moralidad?

La pregunta es importante, pues la repuesta que se le dé tiene grandes consecuencias prácticas. Si es positiva producirá un sentimiento de satisfacción con el presente, e inducirá a pensar que las desgracias de la colectividad se deben más a la inmoralidad de una minoría que a faltas de la mayoría. Si es negativa producirá insatisfacción con el presente junto con un sentimiento de culpa por los infortunios colectivos, lo que probablemente conducirá a pensar que el cambio debe comenzar por uno mismo.  

¿Cuál es la repuesta más veraz: tenemos mucha o poca moralidad? En un artículo reciente yo afirmaba que muchos de los males que padecemos, incluyendo dictaduras y falta de democracia, se deben en parte a “un grave problema de moralidad que se encuentra arraigado en amplios sectores de la población” por lo que hay que “moralizar a la población”. En cambio, mi entrañable compañero de promoción, el brillante economista Carlos Muñiz, en su artículo “Los nicaragüenses si tenemos moralidad”, discrepó diciendo: “creo que a Humberto se le pasó la mano e ignoro en que basó esta aseveración que considero injustificada y sin pruebas”. Para él las calamidades políticas sufridas por nuestra nación son más bien producto de “la falta de ética, abuso, e impunidad de una minoría.” La mayoría, por el contrario, no es amoral, sino que son “nicaragüenses que luchan diariamente trabajando y/o buscando empleo para darle de comer a sus hijos y comprar sus medicinas.” 

Afirmaciones optimistas como estas pueden sonar más agradables al olfato que la crítica descarnada que detecta pus. ¿Pero son más veraces? El problema para determinarlo es respaldar con pruebas concretas aseveraciones sobre temas tan complejos como la moral. Carlos, aun cuando las echa de menos, no presenta prueba alguna a favor de su opinión. Hay, sin embargo, ciertas realidades observables y ciertos observadores confiables que contradicen su optimismo. Una de las primeras es el abandono paterno que sufren la mayoría de nuestras familias. Estos padres irresponsables, contra los que tronaba el gran Azarías Pallais, no son minoría, son legión. Y son el sumun de la inmoralidad, porque lejos de luchar por darle de comer a sus hijos y comprarles sus medicinas, los abandonan en la mendicidad. Son entonces las madres abandonadas las que tratan de salvar los desechos del naufragio, como bien lo retrató en su día el otro grande, Pablo Antonio Cuadra. Si la moral falla en la primera célula social que es la familia, ¿cómo no fallará el resto del organismo? 

Igual son plaga y legión la mentira y el robo. Los que hemos vivido suficiente tiempo en Nicaragua tenemos sobrada experiencia con lo común y extendida que son estas prácticas inmorales. Probablemente le consta al lector: el robo del pobre, el robo del medio y el robo del rico; la mentira o la doblez, tan bien retratada en el personaje arquetípico del nica, el Gueguence. Conductas que no son privativas del nicaragüense sino de gran parte de Latinoamérica. Decía al respecto el escritor Octavio Paz: “Nuestra vida diaria sería inexplicable sin la mentira que la alimenta, la hipocresía que la vela y la complicidad de todos los que no nos atrevemos a denunciar nuestra miseria y pequeñez”. “La mentira inunda la vida mexicana: ficción en nuestra política electoral… farsa en el movimiento obrero, mentira en las relaciones amorosas, mentira en el pensamiento y en el arte, mentira por todas partes y en todas las almas”. 

Pablo Antonio Cuadra, en su libro El Nicaragüense se preguntaba si no sería la mentira “uno de nuestros pecados nacionales”. Igual fue PAC quien detectó otra realidad que niega Carlos, y es que en Nicaragua “la mayoría del pueblo tiene sentimientos cristianos, pero no moral cristiana”. Si Carlos dejase por una temporada su acogedora residencia en Estados Unidos y se diera una vuelta por las iglesias de su tierra, descubriría al menos dos cosas: que el 80 por ciento o más de los asistentes son mujeres, y que son pocas las menores de 50 años. Quizás reconsideraría entonces su afirmación de que nuestra piedad religiosa es muy profunda. Y si preguntase a las feligresas si tienen marido, quizás reconsideraría también el título de su artículo. 

El autor, sociólogo y ex ministro de educación, es autor del libro “Buscando la Tierra Prometida” (Historia de Nicaragua 1492-2019), de venta en librerías y en Amazon.

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