-¡Felices Pascuas, tío! Dijo Bob, ¡Dios os guarde!
-¡Bah! -dijo Scrooge- ¡Patrañas!
-Pero, tío: ¿una patraña la Navidad?
-¿Qué derecho tienes para estar alegre? ¿Qué razón tienes? Eres bastante pobre.
– ¿Y qué derecho tenéis para estar triste? ¿Qué razón tenéis para estar cabizbajo? Sois bastante rico.
-No estéis enfadado, tío.
-¿Cómo no voy a estarlo viviendo en un mundo de locos? ¡Felices Pascuas! ¡Buenas Pascuas te dé Dios!
Llega un señor y le dice que están recogiendo dinero para Navidad de los pobres y pregunta con cuánto contribuiría, ¡Con nada! respondió.
Novela de Charles Dickens en la que narra la historia de Scrooge, contador avaro, tacaño, insociable hasta con la familia. Una noche, se le apareció Marley, su socio muerto. Le anunció la visita de tres espíritus, quienes lo conducen por tres tiempos, demostrándole su comportamiento y lo que le esperaba. “En esta época –dijo el Espectro– sufro lo indecible. ¿Por qué atravesé tantas multitudes con los ojos cerrados, sin elevarlos nunca hacia la bendita estrella que guió a los Magos a la morada del pobre?”
Primer Espíritu, el pasado, lo trasporta a lugares donde reconoce amistades y se alegra. Después van a una escuela desierta. Estaba un niño solitario leyendo. Scrooge dijo que lo conocía. Se sentó y lloró al verse retratado, abandonado, como en su infancia, de la que se había olvidado. A donde iban, la gente hablaba mal de él y pidió al Espíritu que lo sacara de ahí.
Soy el Espectro de la Navidad Presente, le dijo el Segundo Espíritu. Recorrieron la ciudad y a pesar del frío invierno y la nieve, la gente festejaba. Lo llevó a lugares donde celebraban la Navidad. Algunos se reían porque no le creían. El sobrino expresó: “Dijo que la Navidad era una patraña”.
El último de los espíritus lo trasportó al futuro. La gente hablaba de su muerte, vendían sus pertenencias y se reían: “¿veis? Durante su vida ahuyentó a todos de su lado, para proporcionarnos ganancias después de muerto”. Se estremeció: “El caso de ese desgraciado puede ser el mío. A eso conduce una vida como la mía. ¡Dios misericordioso!”
Después le mostró un lecho con un cuerpo abandonado, sin nadie que lo velara ni llorara. Y pensó: «Si este hombre pudiera revivir, ¿cuáles serían sus pensamientos? ¿La avaricia, la dureza de corazón, la preocupación por el dinero? ¿Tales cosas le han conducido, verdaderamente, a buen fin? Yace en esta casa desierta y sombría, donde no hay un hombre, una mujer o un niño que diga: «fue cariñoso».
¿Quién era aquel hombre que hemos visto yacer en su lecho de muerte? El Espíritu le mostró un cementerio. E indicó una tumba. Scrooge avanzó temblando. Leyó en la abandonada sepultura: Ebenezer Scrooge. ¿Soy yo el hombre que yacía sobre el lecho? exclamó cayendo de rodillas. Y pidió al Espíritu le ayudara a cambiar esas imágenes:
“Honraré la Navidad en mi corazón y procuraré guardarla todo el año. Los espíritus de los tres no se apartarán de mí. No olvidaré sus lecciones. ¡Oh, decidme que puedo borrar lo escrito en esa piedra!”. El Espíritu se alejó. Él volvió a su casa y comprobó que todo estaba ahí, no vendieron sus pertenencias, como lo mostró el Espíritu. “Estoy ligero como una pluma, dichoso como un ángel, alegre como un escolar, aturdido como un borracho. ¡Felices Pascuas a todos! ¡Feliz Año Nuevo a todo el mundo! ¡Hurra! ¡Viva!”
Envió un pavo a su sobrino y llegó a celebrar la Navidad. En la calle lo saludaron: “¡Felices Pascuas, señor!» Dijo después que, de todos los sonidos agradables que oyó en su vida, aquellos fueron los más dulces.
-¡Dios me valga! ¿Quién es?
–Soy yo. Tu tío Scrooge. He venido a comer. ¡Felices Pascuas, Bob!, tantas como he dejado de felicitaros.
“No volvió a tener trato con los aparecidos, pero sí con amigos y familiares, y se dijo que, si algún hombre poseía la sabiduría de celebrar respetuosamente la fiesta de Navidad, ese hombre era Scrooge”.
“¡Ojalá se diga con verdad lo mismo de nosotros, de todos nosotros!”, nos dice Charles Dickens, escritor inglés (1812 – 1870).
Doraldina Zeledón Úbeda es educadora.