Javier González, su esposa Dayanara Gómez y su hija fueron secuestrados en México. LA PRENSA/Cortesía

Los 19 días de terror de una familia nica secuestrada por un cártel en México. «Miré a un hombre que tenía las manos cosidas»

En los últimos tres años los secuestros de nicaragüenses en la frontera entre Estados Unidos y México se han vuelto común, especialmente desde el 2020 debido a la huida de los nacionales de la represión y la crisis económica. Este uno de los relatos sobre las horas de horror que se viven en manos de cárteles.

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«¿Papa, ya estamos libres?», le pregunta Isabella González, de 3 años, a su papá Javier González, a quien se le entrecorta la voz narrando cómo fue secuestrado en México junto a su esposa Dayanara Gómez, su hija, cuñado y un amigo nicaragüense, cuando buscaban el sueño americano.

Javier y Dayanara, originarios de Tipitapa, tienen tres hijos: Zlathan González, de 11 años, Yavier, de 8 años, e Isabella a quien decidieron llevar consigo porque «la niña es de mayor cuido», dice Javier. Los dos varones quedaron al cuidado de los suegros de él.

En una maleta llevaban más leche que ropa, unos biberones y algo de ropa. Su salida de Nicaragua fue rápida, fue el 20 de octubre. «Teníamos necesidades económicas como familia, no teníamos trabajo, y tenía que darle un futuro a mis hijos y yo veía que en Nicaragua no lo podía lograr», justifica.

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«Empeñamos la casa. Decidí salir con ella (su esposa) porque no puedo hacer nada sin ella, nos trajimos a la bebé. Ella es un cuido especial. Con este viaje teníamos la esperanza que todo iba a salir bien», dice ahora desde Miami, Estados Unidos donde fue acogido junto a su familia por unos tíos después de ser liberado por los secuestradores.

Ellos salieron en una excursión de Nicaragua hacia Guatemala. Cuenta que en Guatemala los esperaba el «coyote». Iban cinco nicaragüenses y un hondureño. «Llegamos a la frontera de Guatemala con México, ahí estuvimos tres días porque el coyote dijo que estaba muy caliente la parte de México. Después cruzamos la frontera y cruzamos el país, llegamos a una ciudad que se llama Palenque, ahí estuvimos dos días», recuerda.

La pesadilla inició cuando llegaron a Villahermosa, en el estado de Tabasco, en México. «Es ahí donde comienza nuestro martirio porque el coyote no pagó un reporte a los cárteles que tienen la zona controlada y resguardada y que no pasa nadie sin que ellos se den cuenta», afirma.

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Por seguridad y miedo, Javier no dio nombre de los cárteles, pero en ese Estado fue donde quedaron secuestrados. «Al coyote lo golpearon duro, casi lo matan, pero no pasó a más. Lo hicieron defecarse y orinarse de tantos golpes», recuerda los momentos de horrores.

«No nos vendaron, nos tenían en un cuartito en el piso, era como un cuartel de dos pisos, había una sala con un montón de cámaras donde monitorean cada zona, yo escuché que en todos lados había eso (cámaras) y tenían más lugares así. Donde nosotros estábamos había aire acondicionado, pero lo tenían helando bastante y nos tenían congelados», describe.

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Asegura que cuando llegaron a este lugar, vieron a un hombre, «más muerto que vivo, tenía las manos todas cosidas, zurcidas, esposado, hediondo, pura sangre, parece que él era coyote también y no había pagado el reporte, entonces nos llenamos de miedo pensando que eso nos iba a pasar a nosotros», relata Javier con voz quebrantada.

«A nosotros no nos golpearon físicamente, pero sí psicológicamente. Ver pasarlos a cada rato con armas, ver personas drogadas fue duro, yo tenía que cuidar a mi hija y a mi esposa porque sentía que en cualquier momento me las quitaban para violarlas, para robarlas, o llevarlas a otro lado, y después que nos mataran en cualquier momento, fue horrible eso», cuenta Javier a LA PRENSA.

«Los doctores no me daban probabilidad de vida»

Javier se define como un joven humilde, trabajador y de buen corazón, y relata que desde los 12 años sufrió adicciones de drogadicción, tabaquismo y alcoholismo. «Me volví una persona mala y solo hacía daño, pero hace 9 años que Dios cambió mi vida y me tocó poniendo como prueba dos derrames cerebrales, los doctores no me daban probabilidad de vida, y yo le prometí a Dios que si vivía yo cambiaría y me dedicaría a ayudar a los jóvenes, a guiarlos en el buen camino por medio del deporte», dice Javier.

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Con esta promesa por delante, Javier impulsó el deporte en Tipitapa. «Comencé a trabajar en actividades deportivas, culturales, y Tipitapa se convirtió en un semillero deportivo. Se hacían actividades sociales. Creamos plataformas digitales y con eso impulsamos negocios locales y apoyamos a los emprendedores del municipio», cuenta.

Sin embargo, con hacer todo esto, asegura se ganó enemigos, lo difamaron y entró en depresión. «Duele que te señalen, mis intenciones solo eran ayudar. Yo creo que eso me impulsó a salir de Nicaragua, me involucraron que yo era parte del gobierno, que yo era de la oposición, yo nunca participé en ningún partido político, todo lo que hice fue para agradar a Dios, y lo hice porque estaba agradecido con Dios por haberme cambiado y dado una segunda oportunidad de vida, de sacarme de las drogas, de alcoholismo, y con todas estas actividades yo sentía que estaba agradando a Dios, mis espacios libres yo se los dedicaba a estas actividades porque tenía que servir a la comunidad», dice Javier.

Sembrar para cosechar

Javier recuerda que fueron secuestrados la mañana del 1 de noviembre y por la tarde les permitieron hacer una llamada a un familiar y decirle que estaban secuestrados y que si no pagaban, morían. «Yo llamé a un tío en Estados Unidos porque era el único número que me sabía, y él llamó a mi familia para informarles. Al día siguiente llamé a mi hermano por videollamada en Nicaragua y les dije en llanto que estábamos secuestrados, detrás teníamos a un hombre con arma intimidándonos», dice.

Explica que los del cártel exigían 10,000 dólares por cada uno. «Yo me sentía vencido, sentí que nos íbamos a morir, pero Dios empezó a obrar en nosotros y se nos acercó otra persona del mismo cártel y nos dijo que le consiguiera 20,000 dólares por mi familia y 6,000 dólares por el otro muchacho que andaba», dice.

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«Yo les dije a los del cártel que veníamos en familia, mi cuñado (Magdiel Gómez), mi esposa, mi hija y yo, y los otros dos que venían independiente, pero que eramos del mismo grupo», dice Javier. El amigo era Miguel Sáenz y un hondureño, llamado Jeffry.

Javier González junto al equipo de Tipitapa Unidos por Amor, fundación que ayudó a recaudar fondos para pagar su rescate. LA PRENSA/Cortesía

Fue entonces que su familia comenzó hacer actividades para recaudar fondos y las actividades que ellos hicieron, eran las mismas que Javier hacía en Tipitapa para recaudar fondos y apoyar a personas de escasos recursos o con alguna necesidad. «Todo eso que hice fue con amor, y nunca pensé que eso que yo hice fuera fundamental para recoger y poder salir del hoyo donde estábamos metidos», afirma.

Después de varios días se logró recoger el dinero que pedían los secuestradores. La familia de Javier hizo el depósito de los 26,000 dólares, y los de cártel aseguraron a Javier que pagando esa cantidad los pondrían en Estados Unidos porque no había boleto de regreso. Sin embargo, el cártel cambió de opinión y les dijeron que ese dinero era el pago de sus vidas, que si querían llegar a Estados Unidos, debían pagar 1,500 dólares más y que no había salida hasta que no pagaran eso. «Teníamos que hacer lo que ellos nos decían porque estábamos en sus manos», dice Javier, quien se muestra muy agradecido con su familia y sus amistades por lograr recolectar la cantidad.

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Fueron 19 días de sufrimiento, afirma Javier. Asegura que del estrés perdieron peso. «Dios hizo el milagro de recoger tanto dinero, y se pagó poco a poco, hasta que ellos nos iban moviendo a la frontera. Nos tocó dormir en el monte con frío, dormimos en casas abandonadas. Los del cártel solo me daban chance de llamar a mi familia en una hora específica del día y con tiempo limitado, y solo podía hablar con mi hermano y nadie más».

«Los del cártel nos soltaron cruzando el río al lado de Reynosa y no me la creía que estábamos libres, no estaba emocionado porque estaba en Estados Unidos, estaba emocionado porque estaba libre, y fue cuando nos entregamos a migración, donde estuvimos en un albergue y nos hicieron el proceso en migración. Dilatamos siete días comiendo solo galleta con agua, aguantando frío, pero ahora estamos en Miami, donde mi familia y tratando de recuperarnos de ese trauma porque en las noches nos despertamos y queremos olvidar ese trago amargo», dice Javier.

«Mi esposa estaba muy triste, destrozada, y mi hija en su inocencia no sabía lo que estaba pasando, pero estaba desesperada porque no podía hacer bulla, y me duele porque mi niña me dice papa ya estamos libres porque ella sabía que estábamos prisioneros», relata Javier.

Padrino de niños discapacitados

El sueño de Javier y su esposa es poder traerse a sus dos hijos a Estados Unidos y empezar de cero. «Yo amo mi país, pero ya no encajo en Nicaragua», dice, sin embargo, no olvidarán sus raíces nicaragüenses, y continuarán cumpliendo su promesa de vida: ayudar a los necesitados de Tipitapa y promover el deporte en los jóvenes.

Javier González junto a su esposa Dayanara Gomez, de 31 años. LA PRENSA/Cortesía

«No me gusta la injusticia, me gusta ayudar a las personas necesitadas, a los ancianos, a los niños con discapacidad, no hay una ayuda en Nicaragua para esta población, y yo trato de ayudar a muchas personas haciendo actividades de recolecta, me gusta la obra social, soy de los que deja de comer para darle al otro, no lo hago para agradar a la gente, lo hago porque Dios me toca», cuenta Javier.

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Por ahora tiene a cuatro niños con discapacidad que apadrinó y piensa aumentar la lista. «Séque el dinero no es lo más importante para buscar felicidad, pero en este mundo sin dinero no sos nada, sin dinero no podés ayudar a nadie, creo que Dios me tiene aquí para ayudar a mucha gente, le pido que me de fuerza para seguirle sirviendo a esa gente, a los niños con discapacidad», dice el hombre emocionado.

En los últimos tres años los secuestros de nicaragüenses en la frontera entre Estados Unidos y México se ha vuelto común, especialmente desde el 2020 debido a la huida de los nacionales de la represión y la crisis económica.

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