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No sabemos qué tal resultará como político, pero como boxeador, Manny Pacquiao fue una excelente noticia para el deporte mundial. Un peleador combativo, hacia adelante siempre, nada de especulaciones, sino en la línea de fuego todo el tiempo, generando emociones y construyendo un legado que no podrá ser devorado por el olvido.
Pacquiao fue espectacular no solo por su valentía, talento y habilidades, sino porque fue capaz de atrapar ocho títulos en categorías distintas y por esa flexibilidad y versatilidad que le permitía subir o bajar de peso para enfrentarse a los mejores boxeadores de su generación. No fue perfecto, pero la palabra cobardía no salía en su diccionario.
Y quizá lo más admirable, es que surgiendo de las entrañas de su pueblo, de la gente con menos oportunidades, no se dedicó a lamentarse, sino que se hizo cargo de sí mismo y se abrió camino hacia la grandeza, la que alcanzó sin lugar a dudas, pero nunca perdió contacto con su gente y ha estado cercano a sus necesidades más apremiantes.
Siempre lució físicamente resplandeciente, incluso en el tramo final de su extendida carrera, pero no fue propiamente un boxeador fino, de esos que suelen moverse con sutileza y elegancia, pero sí tuvo ritmo y ofreció obras colosales en el ring que perdurarán en la memoria colectiva como parte del patrimonio sentimental de los aficionados.
Pacquiao fue un boxeador como se los ha concebido desde su origen, potente en su golpeo, resistente en su defensa y hábil para moverse con cadencia y esquivar al oponente. Y cuando se movió hacia atrás, fue para contragolpear, pero no para rehuir una confrontación como lo hacen los Floyd Mayweather y otros simuladores del pugilismo.
El filipino fue una máquina de arrasar oponentes sin importar su categoría. Y aunque sus batallas memorables son un cúmulo de demostraciones de valentía y clase, resulta imposible dejar de pensar en su cuarta batalla con Juan Manuel Márquez, cuando fue sorprendido por un derechazo que le apagó el mundo en el sexto asalto en 2012.
El disparo de Márquez fue, como diría Shakespeare en Julio César, «como el cuchillo, que entra en silencio, con la carne desprevenida». Y al igual que el dictador romano, Pacquiao se fue al piso y no se levantó más aquella noche de noviembre en Las Vegas, generando mil preocupaciones no solo sobre su futuro, sino sobre su vida misma.
Pero Pacquiao regresó para ganar más combates y agregar más títulos a su currículum, pero también perdió, como el pasado 21 de agosto en Las Vegas ante el cubano Yordanis Ugás, con el cetro welter de la AMB en juego. El filipino no pudo ganar ese combate, pero quedó constancia de su durabilidad y consistencia a lo largo de su carrera.
Junto a Márquez, Pacquiao brindó cuatro tórridas batallas. También tres que fueron memorables con Erik Morales. Ante Miguel Cotto ofreció 12 asaltos de pura candela. Destrozó a Ricky Hatton, precipitó la salida de un veterano Oscar de la Hoya, bajó de las nubes a Antonio Margarito y le dio su buena dosis de castigo a Marco Antonio Barrera.
Eso sin contar sus tremendos combates con Jorge Solís, David Díaz, Joshua Clottey, Jorge Eliécer Julio y Emmanuel Lucero, entre otros, a través de una carrera impresionante en la que acumuló 62 victorias (39 nocauts), con ocho derrotas (tres nocauts) y dos empates, que sirven para darle forma a un legado impresionante de este pugilista.
Si la estatura de un campeón está definida por el nivel de sus rivales, Pacquiao es uno de los más grandes de todos los tiempos. De las comparaciones se encargará el futuro, pero no hay dudas que el filipino tiene con qué estar en las discusiones junto a las más brillantes luminarias que han alumbrado el boxeo en toda su historia.
Edgard Rodríguez está en Twitter: @EdgardR
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