Los misteriosos Cabiros

En un lugar de Beocia, antigua región de Grecia situada en la ribera norte del golfo de Corinto, había un bosquecillo sagrado. Allí se rendía culto a Perséfone, esposa de Hades y reina del mundo de los muertos.

Bosque de Cabiria lo llamaban, porque este era un sobrenombre de Deméter, la madre de Perséfone.

Quien se atrevía a profanar el bosque Cabiria era castigado severamente por la diosa. Solamente sus sacerdotes y los iniciados en su religión podían entrar en aquel bosquecillo donde realizaban sus cultos mistéricos.

Una antigua leyenda decía que cuando el ejército persa de Jerjes invadió Grecia, en la segunda de las Guerras Médicas, y devastó la región de Beocia, algunos soldados invasores por ignorancia o provocación profanaron el bosquecillo sagrado de Cabiria. Los profanadores enloquecieron colectivamente, se arrojaron al mar y se ahogaron.

En otra leyenda se decía que cuando Alejandro Magno invadió la Beocia, algunos de sus soldados habían hecho lo mismo y también fueron castigados mortalmente. Solo que en esa ocasión un rayo fulminó a los profanadores.

Pero no solo en Beocia se rendía culto a Perséfone. También se le adoraba en Tebas, Lemnos y sobre todo en Samotracia, donde en su honor se celebraban unas solemnes fiestas que llamaban las Cabirias.

Esas celebraciones eran nocturnas y secretas. Solo podían participar en ellas los sacerdotes de Perséfone, llamados Cabiros, y los iniciados en su culto, los que para ser aceptados tenían que pasar por unas pruebas que se decía eran espantosas.

Pero nadie decía en qué consistían exactamente tales pruebas. De aquel rito misterioso solo se sabe que el iniciado, después de pasar por las terribles pruebas era sentado en un trono iluminado por innumerables antorchas. Le ceñían la cintura con una faja de púrpura y le ponían sobre la cabeza una corona de ramas de olivo, como las que colocaban a los atletas que ganaban en los juegos olímpicos. Y a su alrededor los demás iniciados bailaban danzas que solo se practicaban en esas fiestas.

Se decía que los Cabiros eran hijos de Perséfone engendrados por Zeus, a pesar de que ella era la esposa de Hades, el dios del mundo de ultratumba.

Los Cabiros eran divinidades ctónicas, como se dice de aquellas que moraban y reinaban debajo de la tierra. Y se les llamaba así en oposición a los dioses celestiales. Ellos protegían a la gente, sobre todo a los marineros, y se les reconocía la potestad de absolver a los criminales.

Heródoto, el insigne geógrafo e historiador griego del siglo IV antes de Cristo, escribió que este culto de Perséfone fue introducido en Samotracia por los pelasgos (pueblo matriarcal antecesor de los helenos) y luego se extendió a otras partes del mundo griego.

Pero no era cualquier persona que se podía iniciar en aquel culto misterioso. Tenían que ser personas prominentes, distinguidas por sus virtudes o por su valor personal.

El francés Jean Francois Michel Noel dice que entre los consagrados por los Cabiros estuvo Orfeo, quien bajó al infierno en busca de su esposa Eurídice y fundó la religión órfica. También Herakles o Hércules, el héroe de las hazañas más fabulosas de la antigüedad; Agamenón, el rey de Micenas que encabezó a los ejércitos griegos en la Guerra de Troya; Eneas, sobreviviente de Troya que emigró a Italia y de su estirpe salieron los fundadores de Roma; Odiseo, el héroe de uno de los grandes relatos de Homero; y Filipo de Macedonia, el padre de Alejandro Magno.

Llevado a Italia por Eneas, el culto de Perséfone (llamada Proserpina por los romanos) se difundió entre los pueblos itálicos que integraron a los Cabiros entre sus dioses domésticos.

Opinión grecia archivo
×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí