Larreynaga dejó escrita una amplia bibliografía. Mencionamos así su Discurso sobre las Artes (1798); su Discurso pronunciado en las Juntas Públicas de la Sociedad de Guatemala; su traducción de la Retórica de Aristóteles (1799); su Prontuario de todas las Reales Cédulas, Cartas Acordadas y Ordenes comunicadas a la Audiencia del Reino de Guatemala (1807), obra monumental, aun no editada, considerada por sus contemporáneos como de extrema utilidad para el conocimiento del régimen jurídico colonial; Método para extractar las causas (1807), Exposición dirigida a la Asamblea Nacional Constituyente, México (1823); Pareceres y Dictámenes Jurídicos; Guía para los funcionarios de Justicia en primera instancia (1829); Discurso que en el Aniversario de la instalación de la Academia de Ciencias pronunció el Lcdo. C. Miguel Larreynaga, Guatemala (1837); Discurso del 15 de Septiembre de 1838 por el ciudadano Miguel Larreynaga, Presidente de la Corte Suprema de Apelaciones (1838); Sobre jueces perpetuos, Guatemala (1842). Meses antes de morir, don Miguel se entretenía escribiendo una obra de teatro: “El quebrado ganancioso”, que no llegó a terminar, en la cual hacía una sátira de los comerciantes que no vacilaban en declararse en quiebra para retirarse con lucro de los negocios, a costa de las fortunas de otros. Se conservan algunos fragmentos de esta obra, reproducidos en Revista Histórico-Crítica de Literatura Centroamericana, San José, Costa Rica, Enero-Junio, 1975.
Pero la obra preferida de Larreynaga, entre su abundante bibliografía, no era de carácter jurídico, sino científico: su famosa “Memoria sobre el fuego de los volcanes”, que aparentemente Larreynaga proyectó escribir desde sus años juveniles, cuando recorría el trayecto entre Telica y León, y contemplaba los volcanes activos Telica y Momotombo.
Larreynaga estaba muy orgulloso de esta obra, que dio a la imprenta en Guatemala en el año de 1843 y que, antes de 1847, había sido “reimpresa en México, vertida en otros idiomas en Europa y analizada y comentada elogiosamente por la Revista Trimestral de Edimburgo, que era la primera publicación periódica en todo el mundo científico de su tiempo”, según nos informa su biógrafo Ignacio Gómez. Tanto apreciaba don Miguel este trabajo, que antes de morir dispuso que los originales del mismo fueran depositados dentro de una caja de plomo bajo su cabecera en su ataúd, junto con sus últimas observaciones inéditas sobre el tema. “Interesante será para nosotros, escribía Ignacio Gómez en 1847, “de aquí a algunos años, cuando los progresos de las ciencias naturales hayan hecho nuevos descubrimientos en el mundo físico, observar el juicio que se haya formado de la teoría de nuestro conciudadano”. Desafortunadamente, la ingeniosa teoría de don Miguel sobre el origen del fuego de los volcanes no es avalada por la ciencia contemporánea. En pocas palabras, la teoría de Larreynaga parte de la observación de que los volcanes activos suelen estar a la orilla del mar, o a poca distancia y nunca más allá de veinte leguas de los océanos. Cuando revientan arrojan materias del mar, como son conchas, caracoles, corales y piedras pelágicas redondeadas por el movimiento de las aguas. Esto demuestra, afirmaba don Miguel, que la fragua de los volcanes se encuentra en el lecho del mar, de suerte que si el mar se secara, se apagarían todos los volcanes. Esta es la primera hipótesis de la teoría. La segunda radica en considerar el agua de los océanos como inmensos lentes o “espejos ustorios”, que concentran los rayos del sol en determinados puntos del fondo del mar, que son precisamente las fraguas de los volcanes. “Cuando se forma el foco en la profundidad del mar, sostiene Larreynaga, sucede unas veces que da y hiere el suelo de una costa, o de una isla, o de un barco de coralinas… y otras veces no encuentra materia alguna sólida sino sólo agua. En el primer caso se percibe claro que ha de fundir y encender todo lo que encuentra, y ha de penetrar el suelo hasta mucha profundidad, pues el foco, como ya se dijo, forma una columna de fuego de mucha altura y diámetro; y dando oblicuamente sobre el fondo, porque el sol está bajo, a cierta declinación, ha de penetrar hacia lo interior de la costa. La materia encendida instantáneamente hace oficio de pólvora y debe hacer una explosión violenta ayudada del agua reducida a vapor, y de las otras materias sulfurosas, bituminosas y metálicas; y de aquí los torrentes de lavas, y temblores que se comunican a muy largas distancias”.
Sobre la teoría de don Miguel, Eduardo Pérez Valle nos da la siguiente opinión, que compartimos: “La teoría de Larreynaga, claro está que no hay que enjuiciarla a la luz de la ciencia actual, que le negaría todo valor. Para ser lógicos y ecuánimes hay que juzgarla según los conocimientos sobre la base de los cuales fue concebida y escrita. Entonces resulta un laudable y meritorio esfuerzo de especulación filosófica y científica, que habla muy en alto de la organización intelectual de su autor, de su erudición y propiedad de estilo”. “Pero también es importante porque da una idea clara y exacta del desarrollo de las ciencias naturales en Centroamérica a mediados del siglo XIX. Siendo Larreynaga uno de sus máximos exponentes, la medida que a este respecto nos brinde en sus escritos es ajustada y cabal”… “En su obra Larreynaga cita casi un centenar de autores, desde Aristóteles hasta Alejandro Humboldt; pero el más citado de todos resulta ser Feijóo. Desvirtúa, casi completamente, la hipótesis del calor central mantenida en vigor con variable intensidad desde que Leibnitz la consignó por la primera vez en 1693, y que para mediados del siglo XIX, cuando se publicó la Memoria, era de aceptación casi general, sostenida primordialmente por Herschel y Bischof. En cambio, le da una importancia desproporcionada y una vigencia ficticia a las viejas teorías químicas iniciada por Trogue Pompeyo y luego resucitadas por Parrot, Delamétherie, Davy, Gay-Lussac y Hoffmann, que hacían intervenir el agua de los mares como principal alimento de la actividad volcánica”… “Pero si la teoría sustentada en la Memoria resultó para su época científicamente atrasada e inaceptable, dio lugar a que en ella campeara, en todo su vigor, el genio de Larreynaga, y se distinguiera como hombre de mente organizada y organizadora, como hombre ilustrado y erudito, con las limitaciones derivadas del tiempo y el ámbito en que le tocó nacer”.
El autor es jurista y académico.