Reflexiones históricas. La primera desilusión gringa

En vísperas del Bicentenario de nuestra independencia es oportuno hacer una serie de reflexiones sobre algunos aspectos de nuestra historia. Las dos primeras abordan el rol que jugó Estados Unidos (EE. UU.) en la Nicaragua del Siglo XX. El tema cobra mayor relevancia ante los acontecimientos de Afganistán, lugar donde fracasó el intento de estabilizar y democratizar dicha nación. Porque un aspecto, poco conocido, es que uno de los mayores objetivos de las intervenciones de EE. UU. en Nicaragua fue lo que llaman “nación building”, construcción de una nación democrática y viable.

Esto lo ignora la demonología histórica promovida por la dictadura. Para ella el “imperio yanqui” fue una fuerza nefasta que vino a imponer dictadores y saquear nuestros recursos. Es cierto que EE. UU. intervino en Nicaragua por sus propios intereses. Su primera preocupación no era el bienestar de la población, sino la estabilidad política de una región muy cercana a su inversión estratégica más importante: el canal de Panamá, y la posibilidad que Nicaragua fuese una segunda ruta. Su interés no era económico, sino geopolítico. Los inicios del siglo XX eran tiempos de grandes rivalidades entre el imperio norteamericano y los imperios europeos, que también salivaban por una ruta canalera.

Enfrentado en Nicaragua con un dictador, Zelaya, quien ofertaba la ruta a Alemania y que era desafiado por una rebelión liberoconservadora, EE. UU., pretextando el fusilamiento de dos norteamericanos, no vaciló en mandar sus marines a resguardar Bluefields, capital de los insurrectos. Las tropas “gringas” no trabaron combate, aunque bloquearon el suministro de armas al Gobierno provocando su caída en 1910.

El reto para EE. UU. era entonces asegurar la estabilidad de los nuevos gobiernos, factor importante para salvaguardar sus intereses canaleros. No sería fácil. Nicaragua estaba quebrada. EE. UU. la asistió financieramente con la condición de administrar las aduanas —fuente principal de ingresos fiscales— y asegurarse el pago de la deuda. Peor aún, en 1912 estalló una nueva guerra civil iniciada por el general conservador Mena y apoyada por los liberales. Ante la anarquía EE. UU. volvió a desembarcar marines que esta vez trabaron combate, siendo el más famoso el del Coyotepe, en que peleó y luego murió Benjamín Zeledón. Suprimida la revuelta quedó en Nicaragua una delegación de marines prácticamente simbólica. Hasta 1925 no pasó de cien soldados.

En 1914 EE. UU. logró su ansiado derecho exclusivo a construir un canal en Nicaragua, mediante el famoso tratado Chamorro-Bryan, dando como contrapartida 3 millones de dólares. Comparado con el tratado Ortega-Jing fue mucho menos oneroso y lesivo a la soberanía. Los 3 millones de 1914 equivaldrían a 66 millones de dólares de 2010, una suma no despreciable para una economía diminuta, tan es así que la suma representaba casi el 40 % de sus exportaciones. Ese porcentaje, en 2017, equivaldría a dos mil millones. Wang Jing, hasta la fecha, no ha dado a Nicaragua un solo dólar a cambio de increíbles derechos sobre canal, tierras, reservas monetarias, etc.

Buscando estabilizar el país EE. UU. procuró dotarlo de un sistema electoral confiable, (la Ley Dodds) y un ejército apolítico; la constabularia, integrado por liberales y conservadores. Pero la presencia de un contingente militar estadounidense, por diminuto que fuera, era una señal de violación de la soberanía que rechazaban muchos nicaragüenses. El obispo Simeón Pereira alegó que “al realizarse la liberación de Nicaragua de las armas estadounidenses, la paz más absoluta, el orden más estricto, reinará entre sus conciudadanos”. Estaba equivocado.

El 3 de agosto de 1925 se fueron los marines y apenas siete semanas después, el 25 de octubre, Emiliano Chamorro dio el golpe de Estado conocido como “El Lomazo”. Politizó la constabularia, se impuso la banda presidencial, y vino entonces otra tremenda guerra civil, la “constitucionalista”, el regreso de los marines en 1926, y la primera gran desilusión —más no la última —de los interventores. El embajador Eberhardt lo expresó así: “…no ha llegado el tiempo, si es que llegará alguna vez, en que tendrá éxito en Nicaragua una guardia militar no partidaria… simplemente no se la desea. Sea conservador o liberal el presidente, insistirá en que esté compuesta por miembros de su mismo partido”.  Palabras de hace casi cien años que parecen actuales.

Próxima entrega: Segunda gran desilusión gringa.

El autor fue ministro de Educación y autor del libro “Buscando la Tierra Prometida”, historia de Nicaragua de 1492 a 2019, que hoy está disponible en Amazon Kindle.

Opinión bicentenario dictadura EE.UU. Nicaragua archivo
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