Cuando uno se encuentra con personas libres, auténticas, seguras… dan un fuerte impacto. Imagínate, lo que impresionaba Jesús, su profunda libertad. Y es que donde abunda el amor, rebosa la libertad. Jesús no vino a quitar leyes (Mt. 5, 17), pero sí a ponerlas en su puesto.
Las leyes, cuando son la expresión viva del respeto y el amor a toda persona humana, son normas que dan vida; de lo contrario son esclavitud.
Los fariseos, mal interpretando las palabras del Deuteronomio: “Escucha las leyes que yo te enseño para que las pongas en práctica. Así vivirás… y serás inteligente” (Dt. 4, 1.6), habían creado un fuerte movimiento a favor del cumplimiento de las leyes como casi único medio de salvación.
La ley, para ellos, había pasado a tener más estima que el mismo hombre y hasta que Dios. La bondad o maldad de una persona la cifraban en el cumplimiento o no de la ley.
Jesús ve los errores a los que les llevaba esta actitud ante la ley y les dice: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí… Lo que sale de dentro, es lo que hace impuro al hombre” (Mat. 7, 6.23).
La bondad o maldad del hombre no está en cumplir leyes o no cumplirlas. La bondad o maldad del hombre sale del corazón: Se pueden cumplir todas las leyes del mundo y, sin embargo, tener un corazón de piedra.
Podemos decir “yo ni robo ni mato”; pero, a la vez, ser unos corruptos y despreciar al hermano. Se puede ser fiel físicamente; pero tener un corazón adúltero (Mt. 5, 27-28).
Unos esposos pueden vivir bajo el mismo techo y aún en la misma cama; pero tener el corazón muy lejos el uno del otro. Un hijo puede llegar a su hogar a la hora dicha por sus padres; pero ser un vagabundo auténtico antes de llegar a su casa. La bondad no está en el tiempo ni en las horas.
Un cristiano puede cumplir con todas las leyes de la Iglesia; pero no tener amor alguno al hermano. Baja una bonita fachada, puede esconderse una persona que no vive lo que dice (Mt. 23, 27-28).
El sacerdote de la parábola del buen samaritano cumplía muy bien las leyes; pero no tenía corazón (Lc. 10, 25-37). El fariseo se presentaba ante Dios como el fiel cumplidor de las leyes; pero despreciaba a los demás (Lc. 18, 11-12). El hijo mayor de la parábola del Padre bueno decía: “Yo nunca te he desobedecido”; pero fue incapaz de perdonar al hermano (Lc. 15, 29-30).
Para Jesús la bondad o la maldad no está en cumplir o no cumplir leyes: la letra mata, pero el espíritu da vida (2 Cort. 3, 6). La cuestión está en la clase de corazón que tenemos. Dios no mira fachadas, se fija en los corazones. Dios no mira lo que hacemos, sino el cómo lo hacemos.
El centro de toda moral está en el corazón. De ahí sale lo bueno y lo malo (Mc. 7, 14-23). Por eso Jesús nos llama a la conversión del corazón, porque sabe que el hombre vale lo que valga su corazón.
De ahí, que nos llame a tener una justicia mayor que la de los escribas y fariseos (Mt. 5, 20). Que nos presente como actitud fundamental de la vida el amor a Dios y al hermano (Mt. 22, 37-40).
San Pablo decía a los cristianos de Corinto: Siendo libre me he hecho esclavo de todos… y todo para todos” (1 Cor. 9, 19.22).
Solo quien ha descubierto el amor es capaz de vivir una vida y convivencia dignas. El amor va más allá de toda ley. Donde la ley termina allí sigue el amor. El amor solo busca el bien para todos.
El autor es sacerdote.