Ideas peligrosas

El diario La Nación, de Buenos Aires, Argentina, publica en su edición del domingo 1 de agosto un artículo del periodista José Claudio Escribano, titulado “Ideas peligrosas sobre libertad, cultura de la cancelación y verdad”.

Vale la pena comentar este escrito que se refiere a las amenazas y acciones contra la libertad de pensar y de expresar las ideas, que ocurren en todas partes pero por razones conocidas son peores en algunos países, como Nicaragua, Venezuela o Cuba.

De entrada el periodista Escribano nos recuerda que la libertad de pensamiento “es uno de los derechos esenciales con que nacemos”.

Sin embargo, “desde la remota antigüedad ha sido un batallar inacabable que todos lo entiendan de esa manera”.

Se menciona en el artículo que el rey de Inglaterra en la primera mitad del siglo XVI, Enrique VIII, decretó la pena de muerte para quienes imaginaran que él podría desaparecer y dejar el poder. Y en España, durante el reinado de Isabel II a mediados del siglo XIX, el jefe de gobierno y general del ejército, Ramón Narváez, aseguró que no era suficiente acabar con los malos periódicos, que era necesario también matar a los periodistas.

Esos y muchos otros datos ilustrativos de las vicisitudes históricas de la libertad de expresión, informa Escribano, se encuentran en el libro del escritor estadounidense Erick Berkowitz, titulado Ideas peligrosas, publicado recientemente.

El periodista argentino señala que en el libro se dice que en Estados Unidos (EE. UU.), a pesar de que la Primera Enmienda de la Constitución prohíbe cualquier ley o acto administrativo que atente contra la libertad religiosa y para limitar la libertad de expresión y de prensa, en los colegios fue prohibida la lectura del libro de Lewis Carroll, Alicia en el país de las maravillas, porque supuestamente promueve las fantasías sexuales.

Refiere Escribano que en el libro sobre las ideas peligrosas se menciona que los nazis de Adolfo Hitler prohibieron todos los diarios, el arte y la literatura que según ellos tenían efectos destructivos en la vida de la nación alemana.

Pero antes de los nazis, en la Rusia soviética se había prohibido criticar a los bolcheviques y Lenin sentenció que la libertad de prensa no era para todos, y menos para los burgueses, solo para los trabajadores y los comunistas. Todos los periódicos y revistas independientes de Rusia fueron cerrados, solo quedaron los periódicos comunistas, sobre todo Pravda, o La Verdad, como por hiriente ironía se llamaba el periódico del partido comunista.

En el artículo del periódico La Nación se cita al juez de la Suprema Corte de EE. UU., Oliver Wendell Holmes (1841-1935), quien estableció en una histórica sentencia que “la libertad de pensamiento no es para quienes coinciden con nosotros, sino para quienes piensan de una manera que hasta odiamos”.

Sin embargo, para ser justos con la historia hay que decir que antes del juez Holmes de EE. UU., la comunista libertaria polaca Rosa Luxemburgo había dicho algo igual. Al enfrentarse a Lenin y al poder soviético porque prohibieron la oposición, ella les reclamó: “La libertad solo para los partidarios del gobierno, solo para los miembros de un partido, por muy numerosos que sean, no es libertad en absoluto. La libertad es siempre y exclusivamente para aquel que piensa de manera diferente”. Para aquella singular dirigente revolucionaria, el partido, el poder político o la revolución solo podían tener sentido moral si respetaban y garantizaban la libertad para todas las personas.

 

Editorial Adolfo Hitler La nacion archivo
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