Enrique Bolaños (El otro)

Recuerdo la tarde que me llevó mi amigo Eduardo Abaunza Luna a la desmotadora de su tío Enrique, en Saimsa, carretera Masaya-Tipitapa. Era un día soleado de 1977. Aunque ya lo había visto antes en Masaya —donde todo el mundo se conoce—, todavía no lo había tratado personalmente. Ya en su oficina se levantó de su silla para extenderme la mano. Quedaba viendo fijo con su mirada felina y transparente, detrás de unos ojos escondidos, como encuevados bajo las cejas. Tenía una gorra de esa que usan los detectives ingleses; fumaba con pipa. Pocas personas en Masaya lo hacían, entre ellos otro amigo en común, el finado Santos Cermeño Cordón.

Pidió un refresco para nosotros. Nos mostró las instalaciones de la desmotadora y habló sobre las siembras del algodón. Había tractores afuera aparcados —en una formación, como la de los aviones en los aeropuertos. Ante mí tenía a una persona muy interesante. Su oficina era ordenadísima. Todo en su lugar, meticulosamente como para que ahí lo dispusiera una persona con solo el tacto. Con pulcritud y gracia estaban los retratos de sus hijos y de su amada Lila Teresita. Él se sabía los nombres de todos los tractoristas —que no eran pocos; conocía los procesos productivos, las maquinarias, los gastos de la contabilidad, y otros tantos datos que memorizaba y explicaba con sumo cuidado y marcada tranquilidad.

Mi primera impresión de él fue que era un hombre reposado y curioso por aprender bien todo lo que girare a su alrededor.

Después, el poeta Mario Cajina-Vega me llevó a El Raizón; ahí nos veríamos con Alejandro Bolaños Geyer, que quería traducir su libro sobre W. Walker, al español. También estaba don Enrique. La conversación fue variada y humorística. Conocí mejor a don Enrique. Nos quedamos comunicando.

En 1996, me dijo que quería escribir su biografía. Así pasé muchas horas y días conversando con él. Me mostraba fotografías, cartas, documentos, notas dispersas, sus cuadernos “Corona” donde llevaba la contabilidad del San Fernando (que durante tanto tiempo habían sido las tarjetas de crédito de las pulperías, como dice mi hermana Eleonora). Me llamó la atención el orden y nitidez de sus cuentas, todo hecho a mano, con buen gusto, sin tachas ni borrones, con lápiz de grafito y, entre calados, asteriscos o notas escritas con una letra esmerada, clara.

Por las circunstancias políticas vividas, me convertí en su secretario político. Era un trabajo duro, complicado; por tanto, humanamente intenso, por todos los obstáculos y conflictos naturales.

Fui descubriendo a otro Enrique Bolaños: el que leía La Prensa Literaria. Comentaba los poemas y otros escritos. Y eran comentarios válidos… Me preguntaba frecuentemente: ¿Y eso es poesía?

Fui dándome cuenta de que el ingeniero escribía sus recuerdos de su enamoramiento con doña Lila. Un día me dijo: “Quiero enseñarte algo muy personal”. Me leyó con voz muy pausada, pero sin ocultar una emoción larga y hondamente sentida:

“Recordás, Lila T. aquella tarde que iba detrás de vos… en la procesión…”.

El relato me cautivó. Era un prosema. Y en él, don Enrique, con sumo cariño, tejiendo las palabras más con el corazón que con la memoria, describía a su Lila T. que entonces tendría unos catorce años. (Ella iba forzada a una procesión de Semana Santa; y su enojo lo enamoró).

(Aclaro, no lo recuerdo todo. Pero los que han leído ese sensible y poético recuerdo, entenderán que, a partir de ahí, emprendería con esmero los relatos sobre sus antepasados más cercanos).

Sus últimos años, además de estar dedicado a esa literaria tarea, construía su gran biblioteca virtual. Él me contaba todo lo que escribía. Eran unas descripciones precisas, cortas, pero no por ello menos emotivas o tiernas. Todo bien hilvanado. Todo entrelazado con mucho sentido del humor, gracia; como si de la vida, él escogiera el lado feliz de lo vivido.

Don Enrique era un hombre de números. Pero también era de letras.

Un día me dijo. “Te estaba esperando para que leyeras este poema. Velo qué lindo y sencillo”.

El poema comienza así: “Cuando ya nada pido y casi nada espero, y apenas puedo nada, es cuando más te quiero, Basta que estés, que seas, que te pueda llamar…”

En ese poema maravilloso él encontraba mil veces a su doña Lila, como en un romance trascendente. Era un hombre con una gran curiosidad natural y mil talentos. Era un ser con mucha sensibilidad para las letras.

Enrique Bolaños Geyer, en verdad, era un ser sorprendente.

El autor es politólogo.

Opinión
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