Enriquecido por mis amistades

En estos tiempos de terror y tristeza que estamos pasando los nicaragüenses, nos conforta además de la familia la amistad.

Algunos escriben sobre sus amistades una vez que partieron. Pero eso no vale. En el cielo no se permiten lecturas y las amistades no saben lo que las añoramos.

Por eso les escribo a mis amigos hoy sin desearles por supuesto que se retiren pronto. No los cito individualmente porque excedería con creces el límite de este escrito y porque a esta altura del partido se me olvidarían algunos. Pero ellos saben quienes son.

Todos me trataron de enseñar lo bonito y noble de la amistad y de ser un buen nicaragüense. Digo trataron porque no sé si lo he logrado, pero se los agradezco.

A mi primer amigo lo conocí a comienzos de 1950 en Sajonia, Managua. Vivía enfrente a la Iglesia del Perpetuo Socorro. Luego vinieron los amigos del Colegio Calasanz.

Después junto con mi primer amigo y dos del Calasanz me pasé al Colegio Centro América en Granada, donde hice varios amigos de por vida. Desafortunadamente doce ya partieron.

Mi papá temía que me metiera en política y al mes de mi graduación me embarcó con mi primer y segundo amigo (no en orden de cariño) a estudiar en Estados Unidos. Ingresé a la Universidad de Georgetown, donde conocí a un gran amigo nicaragüense y a otro venezolano. De Georgetown pasé a la Universidad de Chicago, donde me hice amigo de un gran mexicano y de varios chilenos.

Fue en esos años donde conocí a mi gran amigo de por vida; un nicaragüense del que he aprendido mucho y, junto con mis padres, personifica la excelencia como guía de vida.

De Chicago, luego de una breve pasantía en el Fondo Monetario Internacional (FMI), ingresé al Banco Central de Nicaragua (BCN). El BCN de ese entonces era un avispero de jóvenes brillantes y algunos no tan jóvenes con gran experiencia; todos con un gran talento y devoción a Nicaragua. Fue un privilegio trabajar con ellos y nuestra amistad y recuerdos son parte de mi vida diaria.

Cortesía de Daniel y sus filibusteros tuve que salir de Nicaragua, sin un peso en 1979. Un buen amigo nicaragüense y uno de Panamá me ayudaron a entrar al Banco Mundial luego de que el FMI, por influencia política de México, me retirara su oferta de trabajo.

Al rato, ya con las aguas más calmas, otro buen amigo nicaragüense me pidió que regresara al FMI, donde tuve la fortuna de cultivar amistad con profesionales de gran talento y humanidad. Me sentí en casa como en el BCN. El director del Departamento me recibió, diciéndome: “te pueden quitar todo, menos lo que tenés en la cabeza”.

El FMI me distinguió como jefe de misión a varios países de América Latina y el Caribe, apoyado por economistas y amigos de primera. También me envió como representante a sus tres plazas más importantes en América Latina —Chile, Argentina, y México—. En Chile en tiempos difíciles por la crisis de la deuda de 1980 mis amigos de Chicago me integraron a su equipo económico como uno de ellos y además hice amistad, que conservo, con varios excelentes chilenos. En Argentina solo tuve un par de amigos siendo uno gobernador peronista, a quien luego sacaron por decente.

En México renové mi amistad de Chicago y la de un querido compañero nicaragüense del BCN, con quien he compartido buenos y malos tiempos. También inicié una amistad, que ha perdurado, con varios jóvenes nicaragüenses brillantes que han sido muy exitosos tanto en México como en Nicaragua.

Luego de retirarme del FMI pasé algunos años en Nicaragua colaborando con Funides, donde conocí a profesionales de lujo y directores de primera; todos amigos con mucho amor por Nicaragua. Renové mi amistad con antiguos amigos nicaragüenses e hice nuevas amistades. Algunos de ellos sufren actualmente la perversidad y el terror del régimen y la tristeza del exilio.

En los últimos años he añadido nuevos amigos. Uno en Miami y dos en Managua del extinto El Nuevo Diario y de LA PRENSA viva, a quienes aprecio mucho. Igual soy amigo de la nueva generación de profesionales de Funides; tan brillante y motivada como la anterior.

Como podrán ver, además de mi familia, he estado ligado, influenciado y enriquecido por mis amistades. A todos mi agradecimiento.

Como digo al comienzo de este escrito de opinión, los nicaragüenses estamos pasando en la actualidad por momentos muy difíciles y de mucha tristeza. Por eso es que este escrito se lo dedico particularmente y de manera muy especial, a mis amigos Francisco Javier Aguirre Sacasa, Luis Rivas, Arturo Cruz y Juan Sebastián Chamorro, quienes hoy están presos en la infame cárcel de El Chipote.

El autor es bachiller del Colegio Centro América de Granada.

Opinión FMI Luis Rivas Nicaragua archivo
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