Nicaragua es una novela distópica

Si la historia reciente de Nicaragua se llegara a escribir de una forma novelística, el mejor género literario sería la distópica, y aunque William Shakespeare saltaría de su tumba para reclamar que su tragedia sobre Macbeth encaja 100 por ciento con la tiranía ambiciosa de Ortega y Murillo (tendría razón), uno simplemente no podría dudar que muchas novelas distópicas, sobre sociedades autoritarias, manipuladas por gobiernos sin escrúpulos, son sumamente similares a lo que se vive en el país bajo el régimen orteguista… Da hasta escalofrío leer tantas similitudes.

Las características son fáciles de mencionar: desde el control absoluto de los poderes del Estado donde el pueblo vive bajo una amenaza policial y delincuencial, un poder legislativo que no tiene separación del Ejecutivo, un sistema judicial que aplica las leyes y normas del país al gusto y antojo de la pareja dictatorial y la manipulación de la mayoría de los medios de comunicación no-independientes, transmitiendo las “noticias” que ayudan a mantener desinformado a quienes consumen lo que ellos ofrecen.

Tampoco se puede descartar que en una sociedad distópica muchos de los ciudadanos, debido a años de adoctrinamiento y mística, convirtiéndolos en borregos sumisos, repitiendo y obedeciendo sin cuestionar, son un poder más de aquellos que apenas salen de su casa. Esa parte de la sociedad sirve como ojos, oídos y hasta brazo armado de quienes buscan controlar a todos por igual.

Nicaragua es una novela distópica.

Pero, sobre todo, es un país donde el villano (o en este caso, los villanos) cumplen con las características de un tirano y demagogo que sube al poder gracias a la ambición y manipulación política (aquí Shakespeare también levantaría la mano para hablar). Daniel Ortega y Rosario Murillo son personajes (o mejor dicho una mezcla de personajes) sacados de las mejores novelas sobre sociedades que viven en una ruina moral y social. Los que han tenido el placer de leer algunas novelas del género distópico reconocerán cada personaje y hasta quizás dirán “es cierto… ¡Igualito!”

Por ejemplo: Ortega es el presidente Snow de Los juegos del hambre de Suzanne Collins —un dictador paranoico y vengativo que manda a asesinar a quienes se ponen en su contra o de su gobierno—. Snow llegó a envenenar hasta a sus aliados al creer que podrían llegar a ser su enemigo más adelante, demostrando que hasta un tirano puede llegar a ser alguien inseguro.

Ortega es Napoleón de La granja de animales de George Orwell —donde el líder de la antigua Granja Mannor, la cual se cambió después de la revolución, pero renombrado cuando el cerdo toma control absoluto y se vuelve igual a los humanos de capitalista—, toma crédito por proyectos que nunca llegaron a ejecutarse, acusando y enjuiciando a animales inocentes y eventualmente purgando a la granja al matar a quienes se pusieron en su contra. Napoleón (y por ende Ortega) es Stalin… Orwell lo escribió así.

Por su parte, Murillo es “Squealer”, el cerdo que sirve de propagandista al estilo Molotov, quien se encargaba de transmitir los intereses de Stalin al mentir, distorsionar y persuadir a un pueblo controlado por las armas y el miedo.

Murillo también es la “Big Brother”, o en este caso la “Gran Hermana”, la voz que habla a todos cada día por pantallas que transmiten, pero además vigilan a todos, conociendo todos los movimientos en su contra en una sociedad dominada por un partido terrorista, en la obra 1984 —también de Orwell—. En esta sociedad, la información es manipulada por una voz que retuerce las palabras a su medida; donde la paz es realmente la guerra y el amor es el odio.

En la misma obra, ambos hacen la función del “Ministerio de la verdad”, utilizando la práctica habitual de los soviéticos de escribir los libros de historia a como ellos lo quieren ver, eliminando los nombres de quienes han llegado a ser traidores a su versión de “democracia”, alabando a los muertos que nunca llegaron a ver como ellos son realmente, incluso glorificando a ellos mismos, casi llegando a un nivel de dioses en su propia nación, mientras los malos siempre serán los que han ido en contra de sus intereses (excepto a William Walker… Daniel ya lo convirtió en héroe).

Asimismo, Ortega es el capitán Beatty de la obra de Fahrenheit 451 de Ray Bradbury, un personaje que aparece poco, pero habla mucho, dando discursos que hablan de la historia de una forma muy peculiar. El capitán Beatty no es ningún tonto; sabe la verdad, pero para él es más importante mantener todo controlado para así no destruir lo que ya se ha logrado.

Puedo continuar, pero creo que si has leído hasta aquí estás claro de que hay muchos personajes literarios (no solo del género distópico) que comparten características con los que viven en El Carmen y mandan con autoritarismo sobre Nicaragua. Uno que me viene a la cabeza es el personaje de Voldemort de la serie de Harry Potter. Quizás otro día escriba sobre él.

El autor es maestro y escritor de obras sobre la rebelión de abril en Nicaragua.

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí