Dentro del claustro de catedráticos de comunicación de la UNAN Managua, Chepe Molina tenía un carisma cargado de una didáctica sencilla para enseñar a sus alumnos las técnicas de redacción periodística. Su presencia física en el salón de clase no causaba ninguna impresión, con una barba al estilo de Fidel Castro y unos flojos pantalones jeans y muchas veces portaba una boina al estilo del poeta José Coronel Urtecho y de una mediana estatura.
Sus enseñanzas eran prácticas, nos decía que ahora la gente no está para andar leyendo mucho, está cargada de información y en los dos primeros párrafos deben informar a sus lectores.
“Antes el periodismo era literario, para informar en un diario la muerte del papa el periodista empezaba narrando: “Cuando las monjitas se dirigían a la Capilla Sixtina al rezo del santo rosario, vieron que su santidad se venía desvaneciendo y entregó su alma al Creador…”
Ahora —decía el maestro Chepe Molina— ustedes van a escribir de manera directa: muere el papa Juan Pablo II a consecuencia de un infarto…
En su clase usaba solo dos marcadores acrílicos porque era un hombre práctico. Sabía enseñar para la vida, recuerdo que una vez nos decía: “ustedes si van a una barrera pueden decir el olor a mierda era insoportable”. Una alumna se escandalizó y a lo inmediato nos dijo vayan a leer El coronel no tiene quién le escriba y verán que termina con la palabra mierda. A lo inmediato me fui a la biblioteca y desde allí se convirtió en una de mis obras favoritas de Gabriel García Márquez.
Era gran amigo de sus alumnos, pero si una crónica no estaba bien redactada te mandaba a volverla a escribir, porque estaba consciente de que era un apóstol de la educación. Llevó una vida modesta con un pequeño vehículo que la mayor parte del tiempo lo caminaba en mal estado.
Siempre se interesó porque la carrera tuviera los equipos técnicos necesarios, pero nunca obtuvo respuesta de las autoridades de la Escuela de Español, mucho menos del rector Panchito Guzmán que a lo mucho llegó a comprar tres grabadoras de casete. Era la generación del año 2000, donde el mundo se abría a la tecnología, pero las autoridades académicas no se adecuaban a los tiempos.
“¿Ustedes saben por qué Chepe Molina es relegado en esta carrera?, porque hizo alianza con ustedes los estudiantes…” nos dijo una vez uno de sus mejores amigos, el excelente catedrático de publicidad Jorge Portocarrero, quien siempre reconoció el talento de Chepe Molina.
Era un hombre que sabía captar la atención de sus alumnos, entre enseñanzas y chistes que supo guardar hasta el último día, cuando lo llegamos a ver a su casa en una cama postrado, batallando con un cáncer de colon.
—¿Cómo esta profesor? —le dijimos al entrar a su cuarto.
“Aquí echo leña, pero enfrentando las vicisitudes del mundo”. Nunca mostró una derrota, era un hombre que conocía muy bien la filosofía de la brevedad de la vida.
Hoy su estilo de redacción vive en la pluma de muchos periodistas que laboran en diferentes medios de comunicación del país.
El autor es periodista.