Ha sido impactante el reportaje de la periodista Lidia López sobre la situación del magisterio, titulado “Los maestros hacemos magia con el sueldo mensual. La realidad de los docentes del sector público”, que LA PRENSA publicó este martes 29 de junio con motivo del Día del Maestro nicaragüense.
El Día del Maestro de Nicaragua se celebra en esta fecha en honor a Emmanuel Mongalo y Rubio, el maestro de escuela que brilló por su valor personal en la primera batalla de Rivas de la guerra contra los filibusteros que ocupaban Nicaragua. El hecho ocurrió el 29 de junio de 1855. Mongalo corrió con una antorcha en la mano, esquivando las balas de los enemigos, hasta una gran casa donde estaban atrincherados los filibusteros y la incendió obligándolos a huir.
Pero el homenaje imperecedero a Mongalo no es solo por su acto heroico de guerra. Lo es también y sobre todo por su condición de maestro, esa vocación más que un oficio que es determinante para la apropiada formación de todas las personas en las primeras etapas de sus vidas.
Se reconoce que el magisterio es vocacional porque la vocación es la felicidad que sienten las personas al hacer lo que les ilusiona y el estímulo moral que reciben por ello. El sentido vocacional del magisterio está en sus orígenes, cuando no era un oficio o profesión que se hacía para obtener dinero y ganarse la vida. Era una actividad que por espontánea voluntad comenzaron a realizar aquellas personas que tenían ciertos conocimientos y quisieron compartirlos con los demás. Así lo explica el reconocido maestro y enciclopedista jurídico argentino, Guillermo Cabanellas.
Cuando se estableció la enseñanza obligatoria de manera gradual en los diversos países del mundo, el magisterio se convirtió en una función profesional. Muchas personas se dedicaron a la enseñanza ya como un oficio remunerado.
Pero el magisterio siguió siendo una vocación que requiere abnegación, desprendimiento y espíritu de sacrificio. Por eso, y por el valor de la educación para el progreso cultural, económico y social, a los maestros se les honra en todas partes del mundo y se respeta su dignidad de educadores.
Pero el reconocimiento a los maestros no es y no debe ser solo simbólico y moral. Tiene que ser también material. Y ante todo su retribución salarial debe corresponder a la calidad de su trabajo educativo, a los costos que invierten en su preparación profesional, a la intensidad de sus esfuerzos y a los frutos de su trabajo educativo.
Lamentablemente esto no ocurre en Nicaragua. En este país el tratamiento que se da al trabajo de los maestros del sector público y su remuneración salarial son indignos, y no solo de su profesión sino también de su condición humana. Así lo demuestra el reportaje de Lidia López publicado ayer en LA PRENSA, en el cual se informa entre muchas otras cosas sobre el magisterio, que los sueldos de los maestros de primaria y secundaria oscilan entre 8,300 y 9,000 córdobas mensuales, equivalentes a 236 dólares y 256 dólares.
Esos no solo son sueldos bajos, son salarios de hambre que ofenden la dignidad profesional y humana de los maestros; los que además sufren las presiones políticas y tienen que aceptar la manipulación ideológica partidista de la educación pública, ahora destinada a formar borregos de desfile y no ciudadanos conscientes y libres.
Mientras tanto se derrochan los recursos en fuerzas armadas y aparatos de guerra que ningún beneficio reportan y son una carga onerosa para el Estado y la sociedad.