Nueva derrota

Desde el 2018 (año del estallido social) los voceros del régimen Ortega-Murillo han intentado convencer a la comunidad internacional del supuesto golpe de Estado que, según ellos, se gestó en contubernio con las ONG nicaragüenses, algunos partidos políticos y los Estados Unidos de América. El papel de víctima fue la bandera primordial en todos los foros internacionales. Sin embargo, a pesar de todos los esfuerzos del régimen, las naciones no cayeron en el teatro que se creó a través de su propaganda mediática.

La última sesión de la Organización de los Estados Americanos (OEA) dejó ver, otra vez, la ineficiencia del delegado del Gobierno de Nicaragua para sostener la patraña de su política interna en el exterior del país. El representante de Nicaragua se limitó a responder de manera prepotente y ofensiva a los graves señalamientos de violaciones de los Derechos Humanos en Nicaragua y la responsabilidad concreta del Gobierno en estos hechos.

El discurso cínico e intolerante del señor Luis Exequiel Alvarado es apenas una representación del actuar total del régimen Ortega-Murillo. Un discurso donde la desacreditación, la mentira y la falacia sustituyeron los argumentos que una reunión de esa envergadura demandaba. Luis Exequiel hizo uso en todo momento de la falacia ad hominem. Nunca refutó los señalamientos con bases firmes y sólidas, sino con ataques personales dirigidos a los distintos representantes que asistieron a esa reunión.

Lo que llama aún más la atención de estas falacias es el punto de donde surgen. Por ejemplo: Alvarado hizo señalamientos de las deficiencias del sistema educativo costarricense, cuando es muy bien sabido que Nicaragua está detrás de Costa Rica y de muchos otros países en materia de educación. También señaló las persecuciones a las poblaciones indígenas en países como Uruguay, Canadá y Costa Rica, cuando en Nicaragua los colonos invaden, asesinan y desplazan a las comunidades indígenas ubicadas en la Costa Caribe a vista y paciencia de las autoridades “competentes”; o cuando se sabe que este mismo Gobierno perpetró la masacre en los barrios indígenas de Monimbó y Sutiaba durante la Operación Limpieza. No es esta la persona adecuada para realizar señalamientos en los cuales también está involucrada.

Por otra parte, no se debe obviar la actitud esperanzadora que tuvieron los delegados de algunos países en que Ortega cambie el rumbo del país de manera positiva: que libere a los presos políticos, prepare elecciones libres, justas, y transparentes con observación nacional e internacional, y que ponga alto al terrorismo de Estado al que ha sometido a Nicaragua desde abril del 2018. Incluso, algunas de las intervenciones aseguraron que no será el art. 21 de la Carta Interamericana lo que mejorará la crisis de Nicaragua, sino la disposición de los actores políticos.

La pelota está nuevamente en la cancha de Ortega. Se le ha presentado una oportunidad para reflexionar en cuanto al destino de Nicaragua. Está en sus manos ofrecerle a los nicaragüenses un futuro lleno de democracia, institucionalidad, respeto a los derechos humanos y bienestar económico. Es momento para realizar hechos concretos que garanticen procesos electorales creíbles dentro y fuera del país. El pueblo de Nicaragua merece el poder elegir a su próximo mandatario con la plena convicción de que su decisión será respetada.

El autor es licenciado en Ciencias de la Educación

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