Lo que no hay

La alegría. Separada por un largo espacio de años desde la última vez, Sara, una mujer de 87 años, me contó desde la cama de hospital que recordaba la forma de la alegría. Era un triángulo. Brillaba. Tenía el color de una piel tostada.

Un trocito de pastel de manzana en un lugar que lo hacían como en ningún otro, con un bizcocho suave. Hacía una década fue la última vez. La llevó allí su último familiar con vida. No es que todo, desde entonces, hayan sido malos momentos, pero aquella porción de pastel fue la última vez que recuerda si piensa en la alegría.

El amor. Olía fatal. Pero ya no pesaba. Su cuerpo, me dice Ricardo, al recordar las últimas horas de su mujer, que murió de cáncer. Sucedió unos días antes, cuando ella se dio cuenta de que ya no le alcanzaba el tiempo ni las fuerzas para ir por sí misma al baño. No era justo que le ocurriese tan pronto, con dos niñas tan pequeñas por cuidar. Su cuerpo, me dice Ricardo, ya no pesaba. Le dijo que no se preocupase, que a partir de entonces él la llevaría en brazos adonde quisiera, como se hace con la novia en un día de boda. Aquella fue la primera vez que la llevó al baño porque ella había luchado por contenerse sin lograrlo. Se había empapado todo el vestido. Lo que más le avergonzaba era el olor, dice. “Tápate los ojos”, le pidió mientras la llevaba al baño. Pero él bromeaba diciendo que, si lo hacía, acabarían tropezando y que, además, el olor no entraba por los ojos. “De acuerdo”, dijo ella, “pero no me mires”.

Ahora, cuenta, si imagino el amor, solo puedo recordar aquel peso sin peso de su cuerpo, y el olor. No puedo evitarlo. No era ella la que yo llevaba en brazos, sino era yo aferrándome a que no se fuera, como queriendo salvarnos mutuamente. Hasta entonces, tenían toda la vida por delante. Él cuida ahora de las niñas, y no ha podido llenar aquel hueco de su cuerpo.

La compasión. Cuenta hasta tres en silencio. Juan sabe lo que tiene. Él lo llama “chinches”. A veces despiertan y le anda por dentro. Escucha sus patitas caminando entre el cráneo y su cerebro. Lo arañan, ¿sabes?, aunque algunas veces siente cosquillas. Y entonces, no puede concentrarse. Quiere echarlas, pero ahí viven. Solo si se tomas esas pastillas, se duermen y lo dejan tranquilo. Otras veces se alborotan. Eso lo hace gritar. Grita mucho, todo el tiempo, grita porque no se escucha, con todo ese ruido en la cabeza. Una vez, vino otro paciente, desde el cuarto de al lado. Lo llevó a un patio, donde había sombra y unas mecedoras. Se sentaron. Lo escuchó. ¿Qué le dijo? Antes de nada, que contase hasta tres en silencio. Pero, al principio, Juan lo hizo mal. Contó rápido y empezó a hablarle, a gritarle más bien. No, no. Le insistió el compañero. Cuenta hasta tres de verdad: en cada número inspira y expira. Y entonces, sí, las patitas de las chinches se detuvieron y lo dejaron conversar con aquel amigo nuevo. Es la última vez que recuerda que alguien lo escuchase de verdad. Y qué le dijo. No sabe, no recuerda. Serían tonterías sin importancia, pero en mi cabeza por fin había silencio.

Todas estas personas respondieron a una única pregunta: ¿qué es lo mejor que recuerdas entre las cosas que ya no hay en tu vida? Seleccioné estas por lo concreto de una alegría en un trozo de pastel, del amor de un cuerpo sin peso en medio de malos olores, de la sencilla compasión con la que alguien te escucha si cuentas hasta tres en silencio. No hay ya nada de eso en sus vidas. Pero existe, que no es lo mismo. Se trata de experiencias sin tiempo. Lugares recónditos en la memoria que mantienen en pie la dignidad durante las largas noches de piedra. Pequeñas certezas. Siguen de pie, y no siempre es fácil, pero demuestran lo saben: que la vida fue una vez de otra manera, y no se conforman ahora. Quieren que vuelva.

El autor es periodista.
@jsanchomas

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