Es tiempo de jolgorio en El Carmen. Daniel Ortega y Rosario Murillo celebran en su búnker residencial la burla que le están jugado al pueblo nicaragüense, al despertar falsas expectativas de elecciones presidenciales en noviembre. Por unas pocas semanas el pueblo logró echar un vistazo a la fiesta cívica que son las campañas electorales: a las discusiones para determinar la fecha de los debates, a la pugna y los celos entre precandidatos, a las pequeñas mezquindades de políticos ambiciosos, a las calumnias y ataques en las redes sociales. En otras palabras, un campaña electoral como en cualquier otra parte del mundo.
Todo fue que los precandidatos, llevados por las circunstancias, se vieran forzados a buscar inscribirse en la única casilla disponible para que la dictadura apretara la tuerca y pusiera en práctica el libreto cubano para permanecer indefinidamente en el poder.
A estas alturas, ya van cuatro precandidatos detenidos. Posiblemente cuando esto se publique el escenario será peor, pues es difícil mantenerse al día con la orgía represiva del binomio sandinista.
A Arturo Cruz lo arrestaron por ser preparado y tener contactos en el exterior; a Cristiana Chamorro por temor a su apellido y un supuesto lavado de dinero; a Félix Maradiaga lo apresaron por hablar ante un organismo de la ONU, a Juan Sebastián Chamorro por la Ley 1055, tan general que se le puede aplicar a cualquiera.
A pesar de haber montado un proceso a todas luces cargado a su favor, a Ortega no le basta jugar con naipes marcados, sino que ni siquiera quiere correr el riesgo que ocurra algún imprevisto a la hora de alterar los votos. El objetivo es eliminar sistemáticamente a cualquier candidato que tenga la más mínima posibilidad de despertar el entusiasmo popular y permitir únicamente al que le garantice un reconocimiento de su triunfo electoral.
Es inconcebible que sea Ortega quien decida el candidato de la oposición. Los grupos opositores tiene la obligación moral y política de exigir la libertad de los precandidatos detenidos y, por añadidura, de todos los presos políticos. Sin la participación de los aspirantes presos, la selección de un candidato único quedaría reducida a un juego de las sillas y las elecciones serían una farsa dentro de un fraude.
Las circunstancias parecen estar contra Nicaragua.
La opinión internacional es tan impredecible como el pronóstico del tiempo. El Parlamento europeo lo dominan socialistas que no dudan en apoyar a la dictadura cubana. La OEA es una sala de compraventa de votos a cambio de intereses nacionales.
De la empresa privada nicaragüense no puede esperarse mucho. El Frente Sandinista se propuso desde un comienzo acabar con la libre empresa, lo que fue posible porque los mismos empresarios vieron en su alianza con el FSLN un matrimonio de conveniencia. Y 40 años después, Ortega está cosechando los frutos.
El objetivo de Ortega y Murillo es demostrarle al pueblo por qué debe aceptar la situación actual como inevitable. Grabar en la mente de los nicaragüense que solo hay una realidad, que es su control absoluto del país, respaldado por una falange de policías indoctrinados por asesores cubanos, paramilitares reclutados entre la delincuencia local y un ejército privatizado.
Pero en lugar de resignación, el valiente pueblo nicaragüense debe encontrar en esa barbarie una mayor motivación para salir del régimen. Hay que perseverar. Muchas cosas pueden ocurrir y aunque la dictadura controla las armas, no controla las vueltas que da el destino, ni mucho menos los milagros que otorga Dios.
El autor es abogado