El incurable mal de Daniel Ortega

Hace ya 35 años, en 1986, se reunieron los presidentes centroamericanos en Esquipulas, Guatemala. Contrariamente a lo que creen algunas personas, en esa oportunidad no se dio ningún paso concreto para avanzar en la tarea de disipar la situación de violencia, extremismo e injerencismo de las potencias que entonces azotaba a varios países centroamericanos. Fue solo una reunión de recriminaciones y reclamos, en la que unos presidentes acusaban a otros de permitir que el territorio de su país fuera usado para organizar acciones en contra de otro, porque en esos días actuaban en El Salvador y Guatemala violentas guerrillas de extrema izquierda y en Nicaragua la llamada “contra”, que con el apoyo de los Estados Unidos procuraba derrocar al régimen marxista de Daniel Ortega, respaldado por Cuba y la Unión Soviética. En uno de los enfrentamientos verbales de esa reunión, el presidente de Costa Rica, Óscar Arias Sánchez, le dijo demoledoramente a Ortega: “La diferencia entre usted y yo es que yo estoy preparado para entregar el poder al final de mi período, usted no”.

Pasaron los meses y nada cambió. Siguió reinando la violencia, a pesar de las múltiples iniciativas diplomáticas que se habían formulado desde años atrás para poner fin a la crisis, entre ellas la del famoso Grupo de Contadora, que acumulaba reuniones y documentos sin ningún resultado concreto para poner fin a la crisis. Aquel nudo gordiano de guerra y de diplomacia infructuosa pudo por fin empezar a ser cortado en febrero de 1987, cuando el presidente Arias formuló una nueva propuesta, que presentó primero en San José a sus colegas de El Salvador, Guatemala y Honduras y después le llevó personalmente a Ortega a Managua. La propuesta no solamente se dirigía a poner fin a los conflictos armados, mediante el fin de la injerencia extrarregional, sino también a establecer compromisos concretos en cuanto a negociaciones entre gobiernos y guerrillas, reconciliación nacional, pluralismo político, libertad y democracia. Establecía además una calendarización para el cumplimiento de esos compromisos, y un sistema de verificación y seguimiento que impediría desnaturalizarlos o cumplirlos solo de modo aparente.

Al principio, la iniciativa fue recibida con recelo y desánimo, pero por una compleja serie de circunstancias, finalmente triunfó. La acción diplomática de Costa Rica logró el apoyo de Europa Occidental, de muchos países latinoamericanos y de importantes sectores políticos de los Estados Unidos. El mismo Ortega tuvo que reconocer que era la opción menos mala para su régimen, y en 1990 se arriesgó a ir a unas elecciones libres bajo el ojo vigilante de la comunidad internacional. Contra las predicciones de sus allegados, lo derrotó de modo indiscutido doña Violeta Barrios de Chamorro, una mujer que le dio a Nicaragua un gobierno de paz y libertad y entregó el poder a su sucesor después de unos comicios en los que no hubo ninguna imposición gubernamental.

El Daniel Ortega de 2021 sigue padeciendo del mismo mal que le diagnosticó Óscar Arias en 1986. La mejoría de 1990 fue solo aparente y de conveniencia: no está preparado, ni aparentemente lo estará nunca, para entregar el poder a quien el pueblo nicaragüense elija, con la ventaja de que, por diversas razones, los vigilantes observadores de antaño están viendo para otro lado, los intereses en juego son otros y para peores la pandemia entorpece o mitiga posibles acciones diplomáticas.

Duele profundamente ver al régimen orteguista detener hoy arbitrariamente a Cristiana Chamorro o a Arturo Cruz y espetarles cargos fantásticos para impedirles participar en las elecciones. Se les inhabilita a priori y se les da por culpados sin juicio, como se hará con cualquier otro posible rival, a fin de que no se ponga en peligro la continuidad de la dictadura, erigida ya, como en tiempos de los Somoza, en monarquía absoluta y familiar.

Triste manera de recordar el bicentenario de la independencia, con los nublados del día transformados en perennes tinieblas.

El autor es diplomático de carrera. Fue embajador de Costa Rica en Nicaragua. Artículo Publicado en el diario la Nación.

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