Todos percibimos que el clima está cambiando. El año pasado, en un tiempo menor que lo que le tomó a la luna completar su órbita, dos huracanes azotaron a Nicaragua. Por un lado se inundan casas y caen puentes, por otros lados los pozos se secan y en otros lados los bosques se incendian. Todo parece estar fuera de control y poniéndose peor.
Activistas como Greta Thunberg y otros famosos profetizan que el mundo está ante una amenaza existencial. Los gobiernos del mundo se comprometieron con el Acuerdo de París a limitar el aumento en temperaturas a no más de 2 °C, pero preferiblemente 1.5 °C, en lo que resta del siglo.
Existe consenso sobre el hecho que el clima está cambiando, que el aumento en temperatura acelera este cambio, y que la principal causa del alza en temperatura es el acrecentamiento de la emisión de gases de efecto invernadero (GEI) provocado por actividades humanas.
Resulta obvio que un objetivo compartido de la humanidad debería ser reducir la emisión de GEI para mitigar el cambio climático. Lo que no resulta tan obvio es cuáles son los costos de implementar las medidas de mitigación, y quiénes los deben asumir. ¿Cuál es el balance óptimo entre los costos y beneficios? ¿Deberían todos los países compartir el costo? ¿Deberían todos los países reducir sus emisiones de GEI?
No hay consenso sobre las respuestas a estas preguntas. ¿Qué hacemos? Si escuchamos a Greta y compañía debemos hacer todo lo necesario, cueste lo que cueste y a máxima velocidad antes del 2050, para que el planeta tenga chance de sobrevivir. En esta visión no cabe lugar para otras consideraciones económicas o soluciones tecnológicas que puedan desarrollarse en el camino. Pero esta visión sufre del mismo fatalismo que llevó a instituciones, académicos y políticos, aterrorizados por la posibilidad de una inminente sobrepoblación humana y consecuente hambruna, a acciones tan extremas como cuando en 1976 el gobierno de la India esterilizó obligatoriamente a más de 6 millones de hombres.
Si escuchamos a voces no menos idealistas, pero más reflexivas, como Bill Gates la ruta a seguir es la reducción total de las emisiones netas de GEI. Según Gates, la acción que más contribuye a este objetivo es la transformación de la generación eléctrica hacia métodos con no emitan GEI, incluyendo la energía nuclear. Pero como su meta es cero emisiones, Gates también propone un largo menú de recomendaciones, incluyendo la reducción del consumo de carne y leche ya que la ganadería anualmente emite el equivalente al 4 % del total de los 51 mil millones de toneladas de GEI que él pretende se eliminen. Algunas personas aterrorizadas por el cambio climático se han valido de esta última recomendación para afirmar que la ganadería se debe abolir, cosa que el mismo Gates ha negado.
Otras voces como las de Bjorn Lomborg, del Copenhagen Consensus Center, y William Nordhaus, ganador del premio Nobel por calcular los impactos a largo plazo del cambio climático, apuntan hacia un camino más pragmático y ajustado a la realidad de cada país.
Aplicando el concepto de costo-beneficio, Lomborg calcula que la implementación del Acuerdo de París solamente generaría 11 centavos en beneficios por cada dólar invertido. Concluye que el Acuerdo es una pobre inversión que solamente reduciría las emisiones en un 1 % de lo que sería necesario para mantener el incremento de temperaturas en 1.5 °C. En el caso de países con altos niveles de pobreza, Lomborg señala que las ambiciones de cambio climático gestadas a nivel global resultarían en un mayor grado de pobreza y por ende en una menor capacidad de adaptación. Esto es particularmente relevante en Nicaragua ya que el cambio climático nos afecta desproporcionalmente: emitimos solo el 0.02 % de GEI a nivel global, pero clasificamos como el sexto país más vulnerable para el periodo 1998 a 2017. Lomborg razona que los países con altos niveles de pobreza deberían priorizar el desarrollo económico incluyente como su principal estrategia para enfrentar el cambio climático, aunque esto implique aumentar su emisión de GEI.
Esto no quiere decir que debemos abandonar el Acuerdo de París, en donde sí hay excepciones para países con economías pequeñas. Pero debemos reafirmar que el enfoque primordial de Nicaragua debe estar en crear prosperidad para que nuestro pueblo pueda adaptarse al cambio climático.
No obstante, para alcanzar la prosperidad debemos mejorar significativamente nuestra eficiencia en la relación de riqueza creada por cada unidad de GEI emitido.
Nicaragua es el país centroamericano cuyo sector productivo más GEI emite. A la vez, tenemos la eficiencia más baja en generación de riqueza por unidad de GEI (US$ Valor/Tonelada de GEI). En cambio, Costa Rica es el país que mayor riqueza genera por unidad de GEI, seguido por Guatemala. ¿A qué se deben estas diferencias?
Con un peso muy importante en Nicaragua, la ganadería extensiva genera poco valor con relación a la cantidad de GEI que emite. A diferencia, la agricultura más intensiva con el uso de fertilizantes y riego en Costa Rica y Guatemala genera mucho mayor riqueza por unidad de GEI.
Pero no debemos vilipendiar la ganadería. Más bien, debemos mejorar su eficiencia a través del mejoramiento genético, el uso de vacunas, riego, fertilizantes y silos. Debemos alinear los incentivos y fortalecer los eslabones de la cadena productiva e implementar tecnologías como tanques de enfriamiento para reducir perdidas. Debemos seguir adoptando prácticas regenerativas en asocio con arboles que contrarrestan la emisión de GEI.
También debemos intensificar nuestro sector agrícola cultivando rubros de mayor valor como frutas y hortalizas y usando insumos de nueva generación como microbios, nano-fertilizantes y nano-pesticidas que además de ser más efectivos son más amigables con el medioambiente.
Debemos mejorar el uso del millón de manzanas que están en tacotales. Gran parte de estas se pueden destinar a reforestación o a cultivos perennes en alianzas de “carbón insetting” con compradores internacionales. Necesitamos volcarnos hacia las ciencias. Nuestras universidades deben enfocarse más en investigación y desarrollo de tecnologías productivas y variedades resilientes. Necesitamos que nuestros agrónomos se actualicen continuamente con técnicas modernas de producción. Requerimos que más jóvenes se preparen en carreras como ciencia de clima y econometría para que ayuden a diseñar políticas que contribuyan a una mayor creación de riqueza por unidad de GEI.
Ante el cambio climático, aumentar la prosperidad del país es nuestro imperativo moral. Por eso es importante que todos nos involucremos en la creación de una visión compartida de largo plazo que trascienda ideologías y preferencias políticas.
El autor es productor y emprendedor agropecuario.