En la historia humana y de la religión han pretendido siempre construir sus propias imágenes de Dios, sus dioses hechos a su imagen y semejanza. Hay un autor que afirma que “existen tantos dioses como creyentes”. Dios ha sido siempre el personaje más manipulado por los hombres:
Manipulan a Dios los políticos para manipular, a su vez, a los pueblos. Manipulan a Dios los padres para manipular, a su vez, a los hijos. Los religiosos según su perspectiva quieren manipular las conciencias. Todos, en alguna manera manipulamos a Dios, de una manera u otra.
Precisamente una de las características de Jesús está en que siempre dejó a Dios ser Dios: Nunca lo manipuló ni lo desfiguró. Nunca abusó de su condición de Dios Hijo.
Jesús dejó a Dios ser Dios; por eso siempre decía: “Padre, que no se haga mi voluntad sino la tuya” (Mt 26, 42; Lc 22, 42; Jn 4, 34; 5, 30; 6, 38).
Es desde Jesús y a partir de Jesús como nosotros podemos conocer a Dios. Y es desde Jesús y a partir de Jesús como nosotros solo podemos concebir a Dios como Padre, Hijo y Espíritu.
En Jesús Dios se nos ha revelado como “Padre”: que da la vida a los hombres (Jn 3, 16), que está a favor de los hombres (Jn 3, 16), que tiene como orgullo estar con los hombres, su viña preferida y amada (Is 5, 1-7).
En Jesús Dios se nos ha revelado como “Hijo”: Cercano a los hombres; tan cercano que se ha hecho uno de nosotros, igual a nosotros menos en el pecado (Jn 1, 14). Familiar nuestro que comparte nuestros éxitos y nuestras mismas debilidades (Fil 2, 6-8).
Amigo cercano (Jn 15, 14) que siempre nos brinda su mano para enseñarnos el camino que nos conduce a la verdadera y plena vida (Jn 10, 10). Señor único que siempre salva (Jn 3, 17) sin hundir y siempre eleva sin humillar.
En Jesús Dios se nos ha revelado como “Espíritu”: Como fuego (Hch 2, 3) que siempre arde brindando el calor del corazón, del amor a quien en él cree. Como paloma (Mt 3, 16) que une cielo y tierra, haciendo divino lo humano y lo humano divino. Como libertad (2 Cor 3, 17) que no se casa con cadena alguna.
Creer en el Dios de Jesús: Padre, Hijo y Espíritu conlleva: romper con todo absoluto que no sea Dios, con todas las imágenes que nos fabricamos de Dios y que solo son ídolos que insultan el verdadero rostro de Dios.
Luchar contra todo totalitarismo o paternalismo humano, social, económico, político, familiar o religioso que pretenda manipular a Dios.
Seguir al Hijo en su actitud de obediencia y fidelidad al Padre hasta lo último porque el Padre se lo merece.
Abrirnos a la novedad de la historia que nos evangeliza y nos recuerda que no podemos escondernos en la cobija de la seguridad del pasado sino lanzarnos al futuro con la gracia del Espíritu.
Caminar en brazos de la libertad rompiendo con toda cadena que nos impide caminar como hijos de Dios en el amor que crea comunión.
Construir la verdadera comunidad que nos une a todos al estilo de la comunidad trinitaria: Padre, Hijo y Espíritu.
Quien ha conocido al Dios de Jesús no lo manipula, no lo cambia por ningún ídolo ni por ninguna imagen construida con nuestras propias manos. ¡Deja a Dios ser Dios!
El autor es sacerdote católico.